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17 de agosto de 2019





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Educación y Conducta
Las conductas son observadas por los padres de forma natural, progresivamente se transforma en una preocupación, al observar que su niño no adquiere algunos patrones al mismo ritmo que otros niños, sobre todo a nivel escolar.
Juan C. Yánez O.| juancyanez@hotmail.com

13 Mar, 2016 | Desde los primeros días de vida, los seres humanos tenemos diferentes temperamentos, desde niños, algunas veces somos más irritables que otros, algunos infantes duermen más tiempo siendo más serenos, otros más activos e interesados en el ambiente.

Al principio, estas conductas son observadas por los padres de forma natural, progresivamente se transforma en una preocupación, al observar que su niño no adquiere algunos patrones al mismo ritmo que otros niños, sobre todo a nivel escolar, el cual inevitablemente será comparado con otros de su misma edad, algunas conductas que al principio parecían poco relevantes, se convertirán en signos de alerta que “algo está pasando” , es allí donde los padres y educadores debemos estar muy atentos en la diversidad de conducta en los siguientes aspectos: Aparición del lenguaje, dificultades motoras, capacidad de concentración, niveles de frustración, capacidad de finalizar los trabajos escolares, iniciación en aprendizajes cognitivos básicos, estados emocionales, agresividad, seguimiento de instrucciones, obediencia e hiperactividad.

Todos estos son procesos que se van adquiriendo, progresivamente a medida que el niño va desarrollando sus funciones cognitivas y motoras aunado con la capacidad de autocontrol, que dependerá de la función ejecutiva de los lóbulos frontales del cerebro donde logra su mayor progreso al alrededor de los siete y ocho años de edad, es por ello que estos signos de alerta se debe tomar más en cuenta con el ingreso al primer grado de escolaridad.

En una primera consulta de los padres con el terapeuta de conducta, la idea principal es conocer todas las conductas “no adecuadas” por parte del niño, su historia, desde el momento de la gestación, desarrollo evolutivo, alimentación, hábitos, relación con otros niños, puntos de interés, antecedentes familiares, y hasta condiciones de vivienda, de tal forma tener una visión integral de todos sus procesos de desarrollo.

Posteriormente se procede a evaluar al consultante con el fin de medir las conductas asociadas a una escalas especificas para hacer un diagnostico diferencial responsable para el correcto abordaje del problema conductual.

En conclusión, no debemos apresurarnos en los seis primeros años de vida para presumir condiciones conductuales de nuestros niños, tampoco debemos esperar hasta los primeros grados de educación primaria para hacer un abordaje de la situación con el especialista que corresponda.




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