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Procesión del Miércoles Santo
En las manos piadosas, las centelleantes velas, y en labios resecos, las plegarias. En actitud devota el cortejo sigue lentamente la procesión, hermanado por el milagro de su fe sencilla y pura.
Verni Salazar | cronistadediaz@gmail.com

23 Mar, 2016 | La procesión del miércoles Santo en La Asunción ocupa lugar preferente entre las hermosas tradiciones del pueblo margariteño. Las caravanas de fieles vienen de los distintos lugares de la Isla a rendirle culto a Jesús Nazareno.

Desde los remotos días de la Colonia un torrente humano, remozado por las generaciones se ha venido dando cita para acompañar apretujadamente en las angostas calles el paso del Hijo de Dios.

En las manos piadosas, las centelleantes velas, y en labios resecos, las plegarias. En actitud devota el cortejo sigue lentamente la procesión, hermanado por el milagro de su fe sencilla y pura.

Las imágenes del Nazareno, San Juan, La Magdalena y la Virgen, sujetas a sus respectivos mesones, hermosamente adornados con flores y candelabros, se columpian en el centro de la contrita multitud, sobre la cabeza de avezados cargadores que han hecho de este oficio una singular tradición.

Una especie de gremio existe entre los cargadores e imágenes, que comprende los maestros, los ayudantes, los peones y los aprendices. Los primeros consagrados en el oficio, llevan la responsabilidad del mesón; se colocan en las esquinas del mismo, dan las pautas del paso, dirigen los movimientos, los cuales deben responder a los compases del redoblante o de la marcha que interpreta la orquesta.

Sus órdenes son impartidas mediante golpes convencionales dados sobre las patas del mesón, bien para aligerar o acortar el paso, sincronizar el compás de la música, para corregir cualquier defecto de posición, iniciar el momento preciso para cruzar las esquinas, operación que ellos llaman dar el cuarto. El cuarto se da redondo, es decir, el mesón se desplaza en círculo en algunas esquinas como la formada por las calles Lárez y Fraternidad en el atrio del templo.

Los ayudantes se colocan en las partes laterales del mesón, los peones y aprendices en el centro; es de advertir, que los mesones principales como este del Nazareno son cargados por los más veteranos en el oficio y con raras excepciones, sólo se permiten cargadores por promesa.

Los pasos de los cargadores son lentos, cortos, unísonos. Cada pie al levantarse describe un semicírculo antes de posarse nuevamente, de manera que el paso se sostiene alternadamente sobre uno y otro pie. Este mismo movimiento da al mesón un suave vaivén de derecha a izquierda y viceversa, sincronizado al compás de la música. Los cargadores se protegen la cabeza con voluminosas rodillas (rollos de trapo superpuestos y cosidos entre sí), sostenidos por un largo paño cuyos extremos se atan por debajo de la mandíbula a manera de barboquejo. Su altura depende de la estatura del cargador, lo que permite una equitativa distribución del peso del mesón.

(José Marcano Rosas “El Nazareno de La Asunción” en Testimonios Margariteños; 1997)




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