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Porlamar
19 de octubre de 2017





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Hoy no me pasará nada
Confieso que he pasado noches casi sin dormir, preguntándome qué tendrá esta camisa, si se tratará de algo más que mala suerte. Tan bonita que es y lo elegante que me veo con ella. La compré el año pasado, justo en estas fechas de Ramadán. Yo estaba en Zahle, la vi exhibida, me la probé y, sin importarme su elevadísimo costo, la pagué, ¡y ni pedí descuento!
Dalal El Laden | http://dalalelladen.blogspot.com | Facebook: Correctora de Estilo Isla de Margarita

18 Mar, 2017 | -Ponte otra camisa, Ibrahim.

-No te preocupes, habibi, hoy no me pasará nada.

-¡Cámbiatela, por el amor de Alá!

-Hoy todo irá bien, lo presiento.

Lo que me ha sucedido ha sido por pura casualidad. Bueno, para no verme tan positivo, por qué no decirlo: pues sí, digamos que no he tenido muy buena suerte. Pero hoy todo saldrá de maravilla porque, para empezar, no me detendré en Jib Janin, por mi cóctel de frutas favorito, sino que seguiré mi camino hasta llegar a casa de mis suegros, en Baaloul, donde, para prevenir, no aceptaré ni una taza de café.

Confieso que he pasado noches casi sin dormir, preguntándome qué tendrá esta camisa, si se tratará de algo más que mala suerte. Tan bonita que es y lo elegante que me veo con ella. La compré el año pasado, justo en estas fechas de Ramadán. Yo estaba en Zahle, la vi exhibida, me la probé y, sin importarme su elevadísimo costo, la pagué, ¡y ni pedí descuento!

La estrené al día siguiente. Yo estaba feliz cuando empecé a saborear la cena, pero me distraje hablando con una de mis nietas, y el plato de hojas de uva, tabule y kibbe, que recién me habían servido, se me vino encima. A la semana, cuando volví a ponérmela, ya no me cayó la comida, sino el jugo que acepté en casa de mi primo. Luego fue el manaísh, durante el desayuno con los socios. Más adelante, el knafe dominical, en el SeaSweet, y bueno, digamos que la lista sigue, y es larga.

-¡Ahla u sahla! -muy alegre, me recibe mi suegra, quien en breve lamenta el problema con la tubería, que le ha causado un gran charco en todo el frente de su casa, aunque su risueño semblante regresa al yo entregarle las hojas secas de mlukhiyi que le mandó mi esposa, para la cena de este viernes.

-¡Itfaddal al ahwe! -me invita mi suegro, también muy contento, sin embargo, con mucha pena rechazo su rico café, con la excusa de que debo volver al trabajo, prometiéndole que el viernes, sin falta, sí se lo aceptaré.


Veo mi camisa limpia y cruzo la calle con el mismo gozo que siento al salir temprano de la oficina. A menos de cinco metros para llegar a mi vehículo, pasa una camioneta que transporta a mi pecho el agua estancada de la que acababa de quejarse mi suegra. Ya en Ghaza, entrando a casa, me libero de mi camisa aún húmeda y, mientras -¡con la ayuda de una gran tijera!- voy dejándola en pedazos, experimento el mismo gozo que siento al no ir a la oficina, mezclado con el gran placer que hace media hora viví, en Jib Janin, al disfrutar mi cóctel de frutas favorito.




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