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Porlamar
24 de julio de 2017





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Ella, él…
Ella no tiene hambre. Sus necesidades ya no existen. ¡Y pensar las veces que se caló una cola para que le vendieran dos kilos de harina de maíz y medio de café!
Carolina Jaimes Branger / @cjaimesb

15 May, 2017 | Ella es venezolana y no tiene problemas. En el pasado, se preocupó por su seguridad. Salir de noche le resultaba una aventura. Sus padres no querían que saliera, pero ¿cómo no va a divertirse una joven?... Tomaba precauciones, salía en grupo, procuraba que la escoltaran. Dormía en casa de alguna amiga si la fiesta terminaba tarde. Chequeaba por los celulares que todos hubieran llegado a sus casas. Hasta buscaba salir con panas que tuvieran carros blindados. Pero ella, hoy, ya no tiene esa preocupación. Es una venezolana sin problemas, nada que ver con nosotros.

Él es venezolano. Y tampoco tiene problemas. Nada agobia su alma. Nosotros tan angustiados y él no se afana por nada. Cuando estudiaba, lo preocupaba regresar tarde a casa. Llamaba a sus padres a avisarles que iba saliendo. En ocasiones, le molestaba la angustia de su mamá, le parecía exagerada. Las conversaciones con sus padres se le antojaban infinitas. “Sí, papá, estoy bien”… “Sí, mamá, se me hizo tarde, pero ya voy de regreso”.

Ella no tiene hambre. Sus necesidades ya no existen. ¡Y pensar las veces que se caló una cola para que le vendieran dos kilos de harina de maíz y medio de café! Las noches que se acostó sin cenar son ya parte de la historia. Él tampoco tiene hambre. Ya no hace colas para conseguir alimentos para su abuelita. Ya no tiene que escuchar las quejas de sus compañeros de cola, ni pagarle a precios de gallina gorda al bachaquero, artículos cuyo costo son de gallina flaca.

Ella no necesita medicamentos. Nada la enferma, nada la turba. Atrás quedaron los días de buscar remedios en cuanta farmacia se encontrara. De pedir ayuda por Twitter, de pedir medicinas por el Facebook. Él tampoco los necesita. Un muchacho sano y deportista nunca los necesitó. Sus días de angustia por la diálisis de su tío terminaron.

Ella y él ya no hablan de lo que solían hablar con sus amigos. Están muy lejos los días aquellos cuando discutían hasta la madrugada sobre los problemas de Venezuela, de las decisiones sobre irse o quedarse, ni sienten la tristeza de despedirse de sus seres queridos.

Ella y él son felices. Sí, son felices, porque ya no sufren. Ni por ellos, ni por sus familias, ni por Venezuela. Ellos están en otro plano: y es que ambos fueron asesinados mientras protestaban por un país mejor.




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