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Porlamar
17 de octubre de 2017





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El protagonista
Por qué no seguí el curso de francés. Recuerdo algunas palabras. Regreso a su cabello que él lentamente aparta de su frente. Creo que dormirá. Ya se durmió. Sus ojos cerrados me envuelven de ternura. Siento un gran deseo de acariciar su frente. Obviamente no lo hago.
Dalal El Laden / ladendalal@hotmail.com / www.dalalelladen.blogspot.com

5 Ago, 2017 | Así como me ocurría en mi niñez y en gran parte de mi adolescencia, hoy ha vuelto a marearme este olor a avión. Tapo mi nariz con mi suéter de algodón. Creo que voy a vomitar. Piensa en algo bonito, me repito, y de inmediato llega, él llega a mis ojos y todo malestar desaparece.

Escucho su acento encantador. Como nunca, lamento haber interrumpido mis clases de francés. Busco en mi boleto el número de mi asiento y cruzo mis dedos pidiéndole a Dios que me permita quedar a su lado. Su cabello largo, sus ojos negros, su barba que apenas renace y su piel morena hacen que algo falte en mi respiración.
Dios, por favor, nunca te pido nada, pero ha llegado el momento de hacerlo y pues a ti no te cuesta nada… anda, por favor, déjame sentarme a su lado.

Me llega su perfume mientras detallo sus brazos al cargar su maleta de mano. Estoy a un paso de su cuerpo. Dios, ya sabes… Verifico mi número. A mi respiración le falta algo. Ay, Dios mío, ¡no hay duda de que eres grande!

Él, ya sentado, me sonríe y me invita a pasar a mi lugar junto a la ventanilla. Estoy a un centímetro de su piel; la mía se me pone de gallina.

Por qué no seguí el curso de francés. Recuerdo algunas palabras. Regreso a su cabello que él lentamente aparta de su frente. Creo que dormirá. Ya se durmió. Sus ojos cerrados me envuelven de ternura. Siento un gran deseo de acariciar su frente. Obviamente no lo hago.

Me llegan más palabras en francés y me siento lista para tener -por lo menos- una conversación básica, superficial con él.

He tomado mucha agua. Quiero ir al baño. No quiero despertarlo. En algún momento sentirá sed o hambre y se moverá y aprovecharé para levantarme, disculpándome, claro, en su idioma.

Tengo hambre. Cuándo despertará. No sé qué hacer. Decido comer. Tomo mucho jugo de manzana e imagino que sus labios tienen el mismo sabor. Me gusta observarlos cuando los abre y cuando, al sentir que empezará a roncar, los cierra automáticamente.
Jugo de manzana, pan con mantequilla y torta de no sé qué, hagan que sus olores lleguen a su nariz. Necesito pararme. Lamento haber comido. Quiero más jugo de manzana.
Por fin se está moviendo. Muy bien, despierta, buen chico, despierta, por favor. Al extender sus brazos, bosteza y abre aún más sus ojos, dirigiéndome una mirada que hace que me vuelva a faltar algo en la respiración. Me llega un sinfín de palabras en francés, como para yo impartir una clase de nivel avanzado y, como si me leyera la mente, me pregunta qué han servido para cenar. Recuerdo el pollo encebollado que jamás debí comer. Callo. Sí, después de tanto ensayar, callo. Corro al baño consolándome al pensar que seguramente mi silencio y mi sonrisa le dijeron que mi aliento necesita crema dental.

Contenta por haberme cepillado, camino a mi asiento. Recuerdo todas las palabras del menú que me acabo de aprender. Sí, le hablaré de mi amor por la cocina.

Llego a mi lugar. Me pregunto en qué momento comió y se quedó dormido. La aeromoza le retira la bandeja. Apenas rozándole sus piernas, logro saltar a mi asiento. Vuelvo a sus labios que ahora permanecen más abiertos que cerrados... ay, ay, ay, ¡pude haberle prestado mi crema dental!

Oh, pollo encebollado, te empeñaste en ser el protagonista de este relato.

*Del libro “Hasta donde me permita la vida” (de ensayos y relatos), de Dalal El Laden.




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