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21 de julio de 2018





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La fama de nuestro dictador
Apenas contra Augusto Pinochet hubo una condena por la Comisión de Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), en 1977. La OEA jamás le condenó. Contra los funcionarios de estas dictaduras jamás hubo sanciones de parte de Estados Unidos. Los gobiernos o expresidentes de otros países no se reunían para condenarlos ni cuestionarles.
Pedro Salima | psalima36@gmail.com

11 Ago, 2017 | En medio de la crisis que sufre el país, disfrutamos de notoriedad internacional. Cualquier habitante de cualquier país puede tener en primera plana de cualquier periódico las noticias sobre el baño de sangre, las violaciones a la Constitución, los asaltos a los poderes públicos que el dictador Maduro lleva adelante. Bien podríamos decir que nuestro tirano particular es la envidia de todos los dictadores. Un Chapita Trujillo, a pesar de sus desmanes en República Dominicana, de los casi 60 mil muertos que se le atribuyen, de la inmensa fortuna que hizo durante su dictadura; un Augusto Pinochet, quien necesitó de un estadio para meter los muertos de sólo sus primeros días, considerado el más represivo y sanguinario de los dictadores, que no hay cifras exactas de cuántas vidas humanas acabó, ni cuánta tortura y desaparición forzada cometió; ni un José Rafael Videla, quien en su primer año en el poder desapareció 15.000 personas, y todavía le suman muertos y desaparecidos en Argentina; ni Anastasio Somoza, que hizo de la Guardia Nacional de Nicaragua una fuerza criminal a su servicio y amasó una incalculable fortuna durante 20 años de dictadura; un Alfredo Stroessner que entre 1954 y 1989 se hizo famoso por la cantidad de asesinatos, deportaciones, encarcelamientos, torturas, persecuciones, desapariciones forzadas, y convirtió a Paraguay en el paraíso de los asesinos nazis que huían de las justicia; ni uno de ellos tuvo la atención en el mundo que hoy tiene Nicolás Maduro. Apenas contra Augusto Pinochet hubo una condena por la Comisión de Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), en 1977. La OEA jamás le condenó. Contra los funcionarios de estas dictaduras jamás hubo sanciones de parte de Estados Unidos. Los gobiernos o expresidentes de otros países no se reunían para condenarlos ni cuestionarles. Al contrario, Augusto Pinochet y José Rafael Videla compartieron sonrientes con el resto de mandatarios latinoamericanos en la sede de la OEA en 1977. Para la fecha en la Comisión de Derechos Humanos de la OEA había miles de denuncias contra estos dictadores. Oídos sordos.

El secretario general de la OEA de la época, Alejandro Orfila, les saludó de lo más cordial, casi como hermanos.

Con el tema de las matanzas, recordemos que 1966 Estados Unidos envía armas, asesores y “boinas verdes” a Guatemala, en el marco de una muy cristiana campaña contrainsurgente. Un informe del Departamento de Estado reconoce que: “para eliminar a unos pocos cientos de guerrilleros habrá que matar quizás a 10 mil campesinos guatemaltecos”. La OEA no se pronunció para nada, a lo mejor los campesinos le son insignificantes.

Con Venezuela, la OEA y gobiernos de países hermanos han mostrado su amor. Por ejemplo, cuando en 1948 un grupo de militares hambrientos de poder derrocaron el gobierno electo del novelista Rómulo Gallegos, la OEA no emitió ningún pronunciamiento. Tampoco lo hicieron los gobiernos de Colombia, México, Panamá y Perú, tan ocupados en seguirle los pasos a nuestro dictador particular de ahora.




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