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Porlamar
20 de noviembre de 2017





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Contigo en la distancia
Pocos conocen la plenitud de la palabra ovario. Solo fanfarrias discurren en la noche, mientras un celo unánime, animal, empieza a poseernos. ¿Qué hay allí en ese canto, Magdalena? ¿Cuánto llanto falta para la absolución? ¿Por qué hiciste del amor un peregrino? Prorrógame la fe junto a tu estancia y déjame tocar tu santidad.
Ramón Ordaz rordazq@hotmail.com

19 Oct, 2017 | Hay cielos prohibidos; lugares, firmamentos en donde se hace angosta la mirada; recintos donde la luz cae aluvional sobre los seres. Detenemos los pasos porque obnubila el mundo y un paso más sería el descenso hacia ninguna parte. Nuestra gente ignora el reposo del espíritu, la tranquilidad lunar del silencio; el hacer con las manos vacías allí donde incesantemente el tiempo es la gestación de un nuevo ombligo.

Pocos conocen la plenitud de la palabra ovario. Solo fanfarrias discurren en la noche, mientras un celo unánime, animal, empieza a poseernos. ¿Qué hay allí en ese canto, Magdalena? ¿Cuánto llanto falta para la absolución? ¿Por qué hiciste del amor un peregrino? Prorrógame la fe junto a tu estancia y déjame tocar tu santidad.

Amo y crezco entre las diamelas de tu pelo y el licor de los dos da de beber su porcentaje a los penates. Pasan los murmurantes, los gárrulos, los manirrotos, los tornadizos, tragaldabas y atajaperros, la sórdida caravana que se apronta a refundar un partido. Y nos quedamos huérfanos de la noche para fundar el día. Celestialízame, Isla de amor, hazme levitar entre los escombros, vuélveme estrella fugaz del amanecer.

Yo quiero la limpidez del beso y el clamor de la sangre en la hora final de los presagios. Vienen y se van chulingas y cardenalitos; se me despuebla el alma entre posibles albas, mientras ansiamos tocar un punto material del día. Intersticios de luz abren su omnipresencia desde el vasto pasado. Volverán como las golondrinas de Bécquer, como las de Capistrano. ¿Por qué han de ser oscuras? ¡Adiós desfile oficial! Vuelva la mía serenidad.

Emerge, salta, vuela Fénix, deja atrás el fragor de tantos espinares. El mar inmóvil argenta los prodigios para abrazar el mundo de otra manera. Sus velas ancestrales, un acordeón de llamas en el pasto, vomitan las cenizas del volcán que habitamos. Casto es el fuego donde yacemos, ese lecho de ánforas y luces en el que nuevos samaritanos lanzan sus redes.

Tienes mi compañía, desahuciado, paria por donde pasa el viento del eterno retorno. Tuyo es el placer de la semilla que hace trizas la cáscara que tiene la misión de perennizar las ofrendas de la patria insular: sueño y vida. Alguien nos ha soñado; ahora nosotros lo soñamos a él; ¿no es así, Chuang-Tzu? Seguimos, seguimos, porque hablar de regresos opaca la mirada, empobrece el espíritu, quita aliento al día que esperamos, porque los puertos de redención no existen, como no existe el poema si no lo crea esa gaseosa constelación de la palabra, que no es tuya ni mía, ahora óvulo, cielo, eclosión del silencio que no oímos ni vemos, pero sus grietas son ventanas, dimensiones ocultas.

Ahora que soy distancia, paralaje de un astro inexistente; ahora que se corrompe el más elemental sudor de nuestras manos, dejo a tu soledad lo que me queda para el próximo encuentro.




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