Porlamar
18 de junio de 2018





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A 100 años de la Revolución Bolchevique
Luego las murallas del Kremlin susurrando los chismes de la burocracia soviética en torno al sucesor.
Pedro Salima | psalima36@gmail.com

10 Nov, 2017 | Me recuerdo parado frente a la inmensidad de la Plaza Roja. Mis ojos asombrados con el colorido y las formas de la Catedral de San Basilio, una reliquia histórica. Cerca vi el Mausoleo donde todavía Vladimir Ilich Lenin podía sentir los pasos de su pueblo. Luego las murallas del Kremlin susurrando los chismes de la burocracia soviética en torno al sucesor.

Me acerqué a ellas sólo para saber de Máximo Gorki, el gran novelista que tuvo sus personajes en vagabundos, seres marginados, maleantes, que se hizo amigo de Lenin y abrazó las esperanzas de la Revolución Bolchevique, esa revolución que también albergó a sus personajes.

También estaba Yuri Gagarín, el astronauta soviético que jaló por la cola a las estrellas. Preferí obviar a Stalin, desde mis inicios en la Juventud Comunista no me lo calé. La Plaza Roja se abría a la invasión de blancas palomas que llovían de todos lados. Los adoquines, la gente, la Guardia de Honor, las banderas rojas eran elementos vivos del lugar.

En ese momento la Revolución Bolchevique, esa que en 1917 estremeció al mundo, que por primera vez dio nacimiento a un país no controlado por los poderes del capital y la Iglesia, que nació bajo el poder de los obreros y los campesinos, que hizo al pueblo llano, común, tener la posibilidad de construir su propio destino. La Revolución Bolchevique no solo fue el derrocamiento de un sistema político, económico y social, obsoleto y abusivo, sino que significó el fin de una época y una profunda transformación en los conceptos y valores del hombre.

Aquella tarde en la Plaza Roja, en 1983, se percibían las heridas en la Unión Soviética. La llamada Era Breznev había acrecentado el burocratismo, el gobierno se había alejado más del pueblo, la intolerancia ante las voces disidentes se incrementó. La mayor parte del funcionariado abandonaba sus tareas, la rutina reinaba en las oficinas públicas. La burocracia no se percataba de los cambios que se daban en el mundo. Las murallas del Kremlin eran de silencio, de ruptura con la realidad. Los grandes logros estaban. Yo los vi en una fábrica de automóviles donde los trabajadores disfrutaban de vivienda, educación, complejos deportivos, teatros, pistas de hielo. Pero la producción se medía por peso, por lo tanto los automóviles pesaban cada día más.

La dirección de la revolución, en manos de la clase obrera en un principio, pasó a manos de dirigentes. Los dirigentes se burocratizaron. Aparte de ello la presión del gran capital internacional, los grandes medios nunca dejaron de mentir sobre la URSS, la Iglesia llegó a incluir en el catecismo, en esa formación básica del católico, un capítulo completo contra la Unión Soviética equiparándola al infierno que atemorizaba a los creyentes. El socialismo fue presentado como doctrina del demonio. Por otra parte, la propaganda soviética siempre fue un bloque, gris, sin impacto positivo. Nos presentaba un mundo en blanco y negro, sin matices.

Hoy, a 100 años, las huellas de la Revolución Bolchevique están presentes en el mundo. Nuevos tiempos vendrán para el socialismo. Ojalá no se repitan los errores.




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