Porlamar
20 de julio de 2018





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Un día en revolución
Paso por la ferretería y pido diez sacos de cemento, pero el dueño me ruega que me lleve veinte, y me regala la arena y el transporte para el trabajo que voy a hacer en la casa.
Mélido Estaba Rojas

7 Ene, 2018 | Me despierto feliz, como todos los días desde la bendita hora en que llegó la revolución bonita a salvarnos del imperialismo, apátridas y escuálidos. Mi mujer, rozagante y exquisita, me acerca el pocillo bien grande con café y cuatro lonjas de pan fresquecito (que pasan vendiendo diariamente bien barato) aunque evito embasurarme porque sé que entre un ratico me servirán el plato de "cuáker" con una panqueca, y a la hora legal me darán desayuno formal que ya cansa con las cotidianas ruedas de pescado frito, los trozos de aguacate, arepas criollitas, queso y mantequilla, y el tazón de leche. Los huevos fritos los aparté por causa del colesterol. Almuerzo, merienda y cena están seguros.

Tomo mis pastillas para la tensión y otros males, y las vitaminas que me llegan cada quince días con el Clap bien resuelto. Agarro el autobús rojito, los viejos no pagamos y vamos siempre sentados; paso por el CDI donde me obligan a controlarme la tensión y demás. Voy al banco, allí es una mantequilla sacar del cajero automático o de taquillas -que siempre están disponibles- la cantidad que quiera de mi dinero. En un taxi que cobra diez bolos hasta el centro, llego a escoger productos entre tantas marcas. En el trayecto el chofer me aconseja que no sea pendejo, que el gobierno da facilidades para obtener un carro baratísimo, que se mantiene fácil porque "lo más que hay son repuestos, cauchos y baterías, y eso mejorará mucho más porque seguirán instalando fábricas en el país… por gasolina y aceite, no se preocupe, que es lo más que hay". La carnicería y pescadería muestran los abundantes cortes con su lista de precios, que provoca tener más de una boca para disfrutar del baratillo y frescura, mientras los chinos de la esquina se mueren de fastidio esperando clientes con un almacén de productos hasta los tequeteques.

Paso por la ferretería y pido diez sacos de cemento, pero el dueño me ruega que me lleve veinte, y me regala la arena y el transporte para el trabajo que voy a hacer en la casa. Debo irme rapidito porque hoy pasa religiosamente el camión del gas y no quiero perder el chance, aunque sé que si luego llamo, el señor muy amablemente me lo lleva, porque dice que eso no le cuesta nada… además las carreteras están buenísimas y el tránsito fluye. Creo que tengo tiempo de pagar la luz, y ser responsable con ese servicio que nunca falla; a diferencia del agua que a veces escasea el domingo porque hacen mantenimiento. Del aseo ni se hable. Voy rapidito para la casa porque el presidente hace meses que no encadena.




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