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11 de agosto de 2020





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"El conuco del río": Edén de mi infancia
Hoy, en el atardecer de mi existencia y, cuando pedazos de nubes negras se van dibujando en el ocaso, evoco aquel "conuco del río", que fue Edén de mi infancia.
Tarcisio Rodríguez

19 Ene, 2018 | "El conuco del río", aquel lugar mágico donde dejé sembrada, por siempre, la piel de mi infancia, en los surcos del tiempo de mi vida. Aquel pedazo de tierra fértil, donde se conjugaron hombre-naturaleza para dibujar el paisaje perfecto de aquel paraíso. Ese constante faenar, donde el silencio era interrumpido por el canto profundo del tutuel.

Cruz Quijada, agricultor, aprendió de su padre, Tomás Quijada, los múltiples secretos de ese arte de sembrar vidas. Labró la tierra con amor infinito. Hizo de la agricultura la esencia misma de su vida, y la trasladó a su familia. Su hijo, el Jr., le acompañó fielmente en sus labores.

Aquellas matas de mango frondosas, cinco en particular, distribuidas a lo largo del terreno. Una de ellas, la segunda, era el centro de acopio de los frutos recolectados para su selección y posterior venta; dos matas de cotoperí, ubicadas al borde izquierdo del conuco, colindando con el camino que lleva al río de Aricagua, donde cada año, por el mes de julio, producían grandes cosechas; una mata de hicaco, muy frondosa, mostraba los hermosos frutos carnosos, y los introducían en una mara para su venta; matas de lechosa, catuche, cambur, entre otras.

Cruz Quijada, como experto agricultor, incursionó en la siembra de ají. Pues un riachuelo, cerca del conuco, desperdiciaba mucha agua, y optó por construir un canal con láminas de zinc, y lo empalmó para regar, mañana y tarde, el ajizal.

"El conuco del río" fue fuente primigenia de Cruz Quijada para darle una mejor calidad de vida a su familia. Levantó su hogar a fuerza de trabajo. Temple fuerte. Carácter irascible. Su palabra era ley. Fue muy próspero en su oficio. Guiriguire, en Antolín, guarda en su memoria la estampa viva de este agricultor excepcional.

Hoy, en el atardecer de mi existencia y, cuando pedazos de nubes negras se van dibujando en el ocaso, evoco aquel "conuco del río", que fue Edén de mi infancia.




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