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8 de diciembre de 2019





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Brevísima historia del libro
El metarrelato de los libros de la comunidad, por ejemplo, la Biblia, es obra también de la narración de hombres anónimos, independientemente de que se acredite a Mateo o a Juan cierta “autoría”. El apotegma de los latinos es ejemplar: “Vox populi, vox Dei”.
Ramón Ordaz | rordazq@hotmail.com

4 May, 2018 | El libro sigue siendo nuestro faro en el camino. Hay quienes han pasado por la vida sin hojear uno, sin ponderar una letra del alfabeto, y les ha ido “maravillosamente” bien. Se casaron, tuvieron hijos y fueron felices sin necesidad de cruzar el puente de un libro. Ese es el más crudo libreto que retrata a los pueblos ágrafos destinados a producir y reproducirse sin que, en apariencia, ningún objeto cultural perturbe el sereno acontecer de los días, hechos para obedecer a los instintos básicos y al dios que vigila desde las montañas del cielo. Eso es lo que podría inferir la mirada más elemental, pero no es así. La memoria de la especie es un inmenso palimpsesto, inconmensurable ya para la historia del tiempo conocido.

Por esas arterias ocultas hemos recibido toda la información que la industria del hombre ha ido vaciando en piedras, arcillas, cerámicas, pergaminos, hojas de papel y, más modernamente, en disquetes, CD, y en cada una de esas páginas virtuales que navegan por Internet. Homero es obra de un pueblo de rapsodas. El metarrelato de los libros de la comunidad, por ejemplo, la Biblia, es obra también de la narración de hombres anónimos, independientemente de que se acredite a Mateo o a Juan cierta “autoría”. El apotegma de los latinos es ejemplar: “Vox populi, vox Dei”. Los esclavos, los siervos de la gleba, trabajaban bajo el yugo, pero en cada oficio resonaba la voz de los antepasados, vale decir, el libro que representaba cada uno de ellos. Páginas y páginas de libros ancestrales son transferidos oralmente a cada miembro de la tribu. El más deslavado ignorante lleva consigo textos de los abuelos, de los padres, de los amigos, aunque nunca haya pisado una escuela. Por allí viene y va la historia del libro.

La IV edición de la Filcar pasó como llama al viento. Los precios quemaban el devaluado papel de nuestro signo monetario. Nada pudimos hacer con las cenizas. La Academia de la Historia de Nueva Esparta, la Asociación de Cronistas, entre otros amantes de pasiones margariteñas, organizaron el primer Encuentro del Libro Insular. Un primer ensayo, si bien no alcanzó la debida promoción en sus veneros y propósitos. El antropólogo e investigador histórico Francisco Castañeda fue el Pregonero. Una acertada escogencia que dio lugar para que Castañeda nos revelara una sorprendente historia del libro en Nueva Esparta que empieza en la Cubagua del rescate de perlas (1528) hasta nuestros días. Obras de Erasmo de Rotterdam, Apuleyo, Bocaccio, Esopo, entre otros, arribaron a Nueva Cádiz. Tanto es así, sugiere Castañeda, que dentro de una década estaremos celebrando los quinientos años de la llegada del libro a nuestras tierras y mares. Los ochenta años de Ángel Félix Gómez son motivo para esa siembra. Porque sí, el libro (en físico) es útil cuando el viejo no recuerda o cuando alguien pierde la memoria.




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