Porlamar
16 de agosto de 2018





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Las arepas de Casta
Se montaba frente a la máquina Corona y con sus pretensiones de vidente enfocadas al falso infinito, trituraba sin piedad los granos muertos que darían vida a mi gente.
Mélido Estaba Rojas | melidoestaba@gmail.com

6 Jun, 2018 | Casta Secundina Ordaz, era bien amiga de las "chacaritas" de ron Chelía, que se conseguían en la bodega de Fernandito –en Punta Brava- a real y medio.

Respiraba incienso de libertad eterna y demostraba con sus gestiones diarias que la mejor manifestación de la felicidad es el analfabetismo. Hasta que la dejamos descansando en Bajo Negro –con sus arrugas de muerta jodedora- sudaba aquel olor a "maíz raspao" que alejaba al pueblo del hambre. Dónde diablos aprendería Casta que ignorar maldades es el reconocimiento a la gracia de Dios. Era (y es) una prenda amada de los días que buscan el retorno al entendimiento de la felicidad, demostrando que mientras más caminamos más nos devolvemos en los cinco minutos de esta oportunidad que llamamos vida. Ejerció con orgullo su doctorado en arquitectura de arepas. Nadie la supera como atizadora de brasas inclementes, hijas naturales de yaques, cujíes y blancos; productora de vientos con la voluntad de su boca para descubrir la llama provechosa; santiguadora de pelotas de masa con punticos que identificaban su destino y disimulaban la ventura de no saber leer. Y ya, cuando la tarde apuraba con las ganas de otro tanganazo para celebrar la rollería, voceaba llamando a los beneficiarios de su arepería vespertina: "¡Ven Virginiaaa!… ¡Ya las dos tuyas tan listas, Cruzooo!… ¡Apúrate Cirsantooo!... se esgañitaba citando al festín. Casta dio de comer a Altagracia por muchos años, sancochando y raspando maíz, a fuerza de cal. Los yaques y cuicas del fondo de su casa sabían el compromiso de la mujer y se reproducían responsablemente, entendiéndola. Tuvo aliados excepcionales, que no deben caer en el abandono del recuerdo, para la felicidad de los días. La ciega Irene fue su compañera de faena domando cazuelas y aripos para dar forma al manjar. Se montaba frente a la máquina Corona y con sus pretensiones de vidente enfocadas al falso infinito, trituraba sin piedad los granos muertos que darían vida a mi gente. Cuando la lluvia imprudente maltrataba los tocones de yaque, aparecía la figura de su hijo "Fucho" resucitando jachos para animar la candela recelosa. La masa olía a Casta pero más olía ella a aquella masa, combinación de vida y ausencia, que nacía cuando se transformaba en telitas identificadas con signos de un alfabeto que solamente leían: Casta, con sus ojos inmortales; y la ciega Irene, con la imprudencia de su tacto. Eran juicios inapelables. Para mi casa eran cuatro arepas –que allá les decíamos "las moradas de Casta"- por aquel color indescriptible que socorría el hambre de mis viejos y los nueve hermanos, siempre "esmayaos". Cuando la escasez apuraba, papá enviaba un referendo urgente para que la inteligente Casta le echara bastante sal a la masa, y así obviar lo que hoy conocemos como "el salao". Vale decir: nos comíamos la arepa seca. Casta debe estar ahora frente al fogón celestial, con los ojos trillados de llanto artificial, apurando a la ciega para que arrime las arepas porque se van a quemar. La misma candela que afloja la papa, sancocha el huevo.




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