Porlamar
22 de junio de 2018





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"Náufrago soy en tenebrosa orilla"
Respiramos el paisaje hasta encontrar en el interior de nuestra humanidad greda, barro, polvo, sedimento sideral, añadidos a ese estado transitorio de la materia que llamamos agua.
Ramón Ordaz | rordazq@hotmail.com

7 Jun, 2018 | Un hombre sin paisaje es un hombre sin alma. El hombre es naturaleza por mucho que la antropología cultural lo diferencie dentro del reino animal y pretenda entronizarlo como esa cumbre en cuyo ápice está Dios. Principios elementales de fisiología hermanan a animales y plantas. Nacemos unicelulares hasta alcanzar luego niveles complejos de organización. El mundo es una célula. Entre los protozoarios y los homínidos la diferencia es una comprensible distancia en la que las especies se estratifican, se separan hasta aterrizar en la escala que su peso molecular le tributa. Animales y plantas sufren y gozan igual que el hombre.

Respiramos el paisaje hasta encontrar en el interior de nuestra humanidad greda, barro, polvo, sedimento sideral, añadidos a ese estado transitorio de la materia que llamamos agua. Somos cuerpo, sustancia, segmento, geometría. Forma y movimiento de lo incorpóreo, de lo imponderable, inenarrable ceremonia motora del lenguaje. Vivimos en la trastienda de poderes ocultos; objetos, más que sujetos de una sospechosa, idealizada libertad, porque somos más fisiología que espíritu. ¿Quién me nombró a Gloria?, ese personaje de Eduardo Mallea que después de un inolvidable parlamento sobre la libertad, cautiva de sí misma en su habitación, concluía: "Luego entré en el cuarto de la más absoluta soledad. No había nadie, más que yo; y yo, no me necesitaba": Tremendo, desconsolador. Vuelve la náusea existencial.

En el vórtice de los sucesos, ¿quién no se despierta a la espera del advenimiento de algo singular, de un hecho conmovedor, trascendente, que cambie el destino de lo cotidiano? Malos jugadores, ¿quién no imagina un premio inesperado? Malos amantes, ¿quién no ha poseído para sí a Mae West o a Greta Garbo? Malos políticos, ¿quién no se ha sentido el hombre necesario, el líder de una nación? Malos escritores, ¿quién no ha escrito su imaginario discurso de orden en el recibimiento del galardón de la Academia? Castos y justos, ¿quién no se ha inmolado por una utopía? En el umbral de nuestra puerta, mientras tanto, de fondo la sequía del paisaje que implacable ha esfuminado los verdes de nuestro pequeño valle, la ilusión juega con nosotros hasta el desasosiego, casi como para expresar con Jacinto Gutiérrez Coll: "Náufrago soy en tenebrosa orilla".

La tarde suena como pécora vacía ante la ausencia de agua; no titilan, lagrimean los astros lejanos que caen como cristales en la noche menguante, mientras el suelo reseco exhala los vapores de una jornada más para otro día y no pasa nada, no llueve, se agota la reserva en la escarcela, palidecen los sueños de los redentores, la revolución no sale del coma de eclampsia que padece, la junta médica guarda silencio acerca del destino de la criatura; no pasa nada y yo empiezo a creer "que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son".




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