Porlamar
18 de septiembre de 2018





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Poesía a la brasa
Cada metáfora es un ladrillo cuya argamasa es la humilde palabra de la que nos servimos para enaltecer esa simbiosis que llamamos comunicación. La poesía nos ilumina, nos conduce a ese estado de gracia y de iniciación.
Ramón Ordaz

12 Jul, 2018 |Es más fácil escribir poesía que escribir sobre la poesía. Entre uno y otro acto no siempre hay puentes a la vista. El hombre cuando empezó a diferenciar el mundo exterior de su psique, es decir, la realidad palpable respecto al mundo interior que lo habitaba, la imaginación y los sueños fueron adquiriendo autonomía en su mente.

Quiso el hombre representar el mundo circunstante, dominar las fuerzas exteriores con las de su imaginación, esa primera voluntad de dominio que está en el arte cinegético, los bisontes en la cueva de Altamira, por ejemplo. Quiso el hombre expresarse como los pájaros y poco a poco fue llenando su entorno de signos y símbolos que en un proceso largo daría lugar a la escritura, a la que lentamente iría incorporando de su bosque sonoro los elementos particulares del habla hasta confluir en la babel de los lenguajes.

Provisto de tan maravillosa invención, no conforme con la pintura o el tallado en piedra, ante la imbatible muerte quiso el hombre eternizar su palabra, darle trascendencia a lo que vegetaba en su pensamiento. Ese primer hito fueron los cantos; la melodía de los elementos quedaría inmortalizada en esos silabarios con que trascendían la brevedad de la vida los hombres. Nacía la poesía del mundo cuyas obras más notables serían el Gilgamesh, el Libro de los muertos, la Ilíada, la Odisea, la Biblia, el Corán, el Bhagavad-gita, el Popol Vuh, entre otros. Son esas las prístinas fuentes de la poesía.

De las grandes cosmogonías, del saber milenario vertido en libros inmemoriales, brotará la imponderable poesía. Ella es parte de esa inagotable alfarería con que hemos construido el universo conocido. Cada metáfora es un ladrillo cuya argamasa es la humilde palabra de la que nos servimos para enaltecer esa simbiosis que llamamos comunicación.

La poesía nos ilumina, nos conduce a ese estado de gracia y de iniciación; nos vierte, nos abandona en esa tierra de nadie de la lucidez y el esplendor, vale decir, asumir que hay que cruzar el desierto en el que, por muchos oasis que haya, la sed es inapagable. En otras palabras, el poeta transita el camino de la soledad porque hay algo de sacerdocio en su misión, sin que seamos reos de viejos arcaísmos.

Ser poeta, asumir la poesía, es cosa seria; frívola puede resultar el agua bautismal, pero la circunstancia de ese estado, sea el amor o el dolor, es también un viacrucis: o se carga la cruz o se es parte de los fariseos. Un poeta no es un versificador ni un librecambista de cuñas literarias. Un poeta no está al acecho de la oportunidad que le ofrece el poder constituido para convertirse en servil de este; no se rebaja, no pone en juego la majestad de su palabra ante funcionarios y magistrados. Si traiciona su misión, su palabra, carece de oráculo; su voz, es voz de la intemperie.




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