Porlamar
21 de abril de 2019





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El chingo del autobús y el sin nariz de la perrera
Además, las tarifas de transporte en la región son de lo más bravas. Aquí hace rato que la ruta más corta está por los diez mil bolos, y qué decir de las rutas largas.
Carlos Villalba-Luna | villalbaluna@gmail.com

24 Jul, 2018 | Si bien respetamos la libertad para establecer el valor de la faena cumplida, analizando el caso de los pasajes en autobús en Margarita, consideramos que a los transportistas se les pasa la mano, máxime cuando de manera arbitraria fijan los precios bajo el parámetro de lo caro de los repuestos, cauchos y lubricantes, porque no son ellos los únicos que padecen de graves problemas para parapetear sus unidades –cualquier dueño de carro también los sobrelleva- y mucho menos los únicos tampoco en tratar de emparejar la economía familiar ante los elevados precios de la comida.

Además, las tarifas de transporte en la región son de lo más bravas. Aquí hace rato que la ruta más corta está por los diez mil bolos, y qué decir de las rutas largas. Pobrecitos los de Punta de Piedras, Juan Griego, San Juan Bautista, Manzanillo y todo Macanao, quienes se las ven negras para trasladarse, generalmente a Porlamar, punto de trabajo y de comercio. Ante tal escenario, los choferes tendrán que poner, como algunos esgrimen, puntos de venta en los autobuses, porque sencillo tampoco hay para pagar tan altos pasajes. Eso sin hablar de lo que significa tomar un taxi, algo como un ojo de la cara más el diez por ciento.

Pero existe otro gran problema que se está desarrollando y es el ya común enfrentamiento de choferes, colectores y fiscales con los usuarios. Muchos conductores aumentan los pasajes por encima de acuerdos entre líneas y autoridades de gobierno, lo que ocasiona malestar entre la población. Igualmente deciden abusivamente quién sube a sus unidades, dejando a estudiantes y adultos mayores en la cuneta, o en el mejor de los casos se montan si pagan completo.

Algunos llegan hasta la brutal expresión de decirle a cualquier pasajero que reclame, que el autobús es de ellos y que si no le gusta que se baje. Y eso no es nada frente a las groserías y la descortesía de los llamados colectores, una sarta de intratables muchachos, sin ninguna consideración ni educación hacia nadie, capaces hasta de irrespetar a sus madres, y cuya principal actividad, después de cobrar con brusquedad, es poner al más estridente volumen reguetones y bachatas de indecentes letras.

Así andamos de transporte público en Margarita, que al que no pela el chingo de los autobuseros despóticos, lo agarran los sin narices de las peligrosas pero paliativas perreras, sin que nadie le ponga la campanita a tan amenazante gato.




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