Porlamar
17 de diciembre de 2018





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Pantaletas y calzoncillos
Los arquitectos diseñaron el conjunto casi como un laberinto donde, entre uno y otro edificio, el espacio es tan estrecho que los vecinos comparten toda clase de suspiros.
Ángel Ciro Guerrero

3 Ago, 2018 | Flamean al aire a pleno mediodía. Se secan colgando de las ventanas de los nuevos edificios pintados de blanco. Menos mal, porque el rojo sangriento que identifica a la mayoría de los restantes de la misión vivienda en cualquier parte del país, atemoriza.

Se aprecia el colorido. Luce hermosa la policromía. Hay de todo.

Desde camisas, pantalones, faldas y sostenes hasta sábanas, fundas, colchas de retazos y cobijas.

Ocurre en el conjunto residencial que el gobierno construyó en “La Auyama”, costosos “lomito” urbano que limita los municipios Mariño y Maneiro.

Lugar del que la revolución también se adueñó y, por decisión que medio mundo aplaudió y la otra mitad rechazó, decidió como sitio “para que el pobre que no tenía casa viviese donde viven los ricos”.

Un derecho, sostuvo el ex gobernador Mata Figueroa.

Un paso democrático, dijeron algunos.

Una provocación, anotaron otros.

Los arquitectos diseñaron el conjunto casi como un laberinto donde, entre uno y otro edificio, el espacio es tan estrecho que los vecinos comparten toda clase de suspiros.

Cuando se anunció su comienzo y la maquinaria pesada interrumpió la paz que entre las lujosas quintas y condominios allí reinaba se desató una cruda batalla por las redes, con activa participación de aguerridos defensores y de antemano derrotados detractores.

No faltaron advertencias sobre la posibilidad de incrementarse, además de los siempre ineficaces servicios públicos, la inseguridad.

Algunos opinaron, por ejemplo, que se desvalorizarían las propiedades ya asentadas, que por miedo muchos propietarios se mudarían. Otros se alegraron porque, al fin, habría policías y guardias nacionales vigilando el sector.

Durante meses, porque había que entregarla previo a las elecciones, claro, varios cientos de chinos, que parecían hormigas, junto a obreros venezolanos, construyeron la urbanización “joya de la corona” de la revolución en Margarita.

Alguien del gobierno anunció que los nuevos vecinos a mudarse serían seleccionados; que recibirían cursos intensivos de cómo comportarse en sociedad, de sana convivencia, pues, para cumplir al pie de la letra toda clase de ordenanzas.

Quienes pasan por la avenida y ven guindando tanta ropa en las ventanas, se preguntan si sus dueños acaso no recibirían la lavadora y secadora prometida; si quizás los continuos apagones se las quemaron o, por costumbre, prefieren lo seguro, a puro sol.

Es como si en algún nuevo country club sus residentes hicieran lo mismo.

Todo un espectáculo.




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