Porlamar
22 de septiembre de 2018





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El duro oficio de cumplir años
Micoorganismo de subterráneas pasiones, en las grutas, en las cavernas, fluye la greda potencial de mis ancestros. Soy arcilla, losa, ánfora, múcura, tinajón. Tenaz, persistente, obstinado, constante, loco en la media luna, cuerdo en la otra.
Ramón Ordaz │ rordazq@hotmail.com

6 Sep, 2018 | Viril es una palabra maravillosa y secundándola está vigor. Vigor viril, ese estado de ánimo, esa energía que imprime el ADN, la fuerza molecular para sobreponerse a reveses y adversidades. Dos palabras con que la antigüedad levantó murallas y castillos, con las que Ícaro alzó vuelo y hasta la fecha solo sabemos que el sol derritió la cera de sus alas, pero poco sabemos de su itinerario celeste. Dicen que cayó en el mar. Ícaro vive, la lucha sigue.

Energía prístina, y en nuestro recuerdo adolescente acude Euglena viridis, aquel lugarcito microscópico donde observábamos a esa verde "ciudadana" de las aguas. Protozoo biflagelado, ese imperioso modelo de vida unicelular, ese tránsito de vida no observable al común de los mortales, pero vida, al fin, en su plenitud, con su linaje de millones de años.

Euglena potens fue una mujer maravillosa, una novia ocasional que se llevó la ventisca de esos años viriles en la universidad, castrados luego por nuestra soberbia de querer transformar el mundo y la otra soberbia, la de un poder que la frustraba. ¿Dónde estás Euglena potens? Siempre fue pequeño el mundo para mí, nimio, minúsculo, al pairo de sombras protectoras. Lo macro me era hostil, inmanejable, espurio.

Lo micro me redimía, reponía mi voluntad con más vigor que esas manoseadas hipérboles de lo grandioso, de lo espectacular. Lo voluminoso desgasta, anula. La hidra del gigantismo es paralizante, castradora, inútil. Siempre tuve miedo a las alturas, nunca subí a una estrella, a un funicular, a un teleférico, y mi manera de vencerlas fue proveyéndome de alas, porque mi mundo es de tierra, de barro, de lodo.

Micoorganismo de subterráneas pasiones, en las grutas, en las cavernas, fluye la greda potencial de mis ancestros. Soy arcilla, losa, ánfora, múcura, tinajón. Tenaz, persistente, obstinado, constante, loco en la media luna, cuerdo en la otra.

Poco a poco vamos cayendo en el cenagoso territorio de Virgo. Nuestra fuente es el fuego, nuestro espíritu el aire, nuestro cristal el agua, nuestra madre la tierra. Vigor de virgo viril, sucesión que va dejando señales de lo habitado, de lo habitable desde esa tarde tormentosa de un 31 de agosto cuando nos brotaron alas para surcar los cielos, cuando el agua vertical inundaba la tierra, rayos y centellas de por medio, para que la nueva criatura volviera de su ascenso hasta el lecho materno donde esperaba el padre para imponer el nombre.

Venido del magma, fogoso, luz de la piedra volcánica, lentamente convertida en humus, como pájaro que abandona el nido, el vuelo es el más próximo destino, predestinado Ícaro, hasta que el tiempo derrita también nuestras alas y, planeando en la inmensidad, volvamos al origen, a los antros y arenas del mar.

"Lo macro me era hostil, inmanejable, espurio. Lo micro me redimía, reponía mi voluntad con más vigor que esas manoseadas hipérboles de lo grandioso, de lo espectacular".




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