Porlamar
19 de noviembre de 2018





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Dolce far niente
No entiendo, 'non capisco', no digiero esa bonanza socialista que viene del petróleo, emparentada a una ficción llamada "petro". No entiendo cómo un pueblo arrebañado, sin trabajar, sin aportar el mínimo esfuerzo a la nación en cuanto a oficio productivo, la buena gente en una promiscua disolución con vagos y maleantes sean los receptores inconscientes de una cartera de bonos sin contraparte y sin retorno.
Ramón Ordaz | rordazq@hotmail.com

13 Sep, 2018 | Hay cosas que no entiendo y ante las cuales me siento bruto. Es duro reconocer que en este oscuro callejón de los setenta tus luces no sean tales, que no aprendiste nada, que tus engarces de neuronas amanezcan renegridos después de los malos humos de un cortocircuito; saber que nada sabes, y aquí Sócrates no te sirve para nada. Es vergonzoso reconocer que un eterno Alka-Seltzer ha estado haciendo burbujas en tu mente, mientras los implacables ácidos han ido demoliendo la base estomacal que se requiere para la buena mesa.

Ya ni comer sabemos ni podemos, y ejercitamos lo que nos queda de conciencia con lecturas y juegos de lenguaje, no vaya a ser que el alemán la coja con nosotros y empiece a desvanecer lo que nos va quedando de razón en un país del que ignoramos si queda algo de eso. Profundo no va quedando nada, tal vez la tumba. Y morirse en estos días es algo que ningún cristiano desea, a menos que sea del gobierno, ya que es una carga menos. Nuestra vida es opaca, vacía, sin sentido.

Como hojarasca el viento nos pone a rebotar aquí y allá contra esas quincallas donde expeditas urgencias declaran la subasta para la insaciable miseria de un pueblo de hormigas y bachacos, aquello que va quedando de lo que entra por los puertos. "Haga la cola", "haga la cola", se oye en la multitud, esa masa ingrávida, indolente, a la que solo importa el hueso que le ponen a roer, mientras la guardia del "pueblo" exhibe el garrote de la justicia y el amor.

No entiendo, non capisco, no digiero esa bonanza socialista que viene del petróleo, emparentada a una ficción llamada "petro". No entiendo cómo un pueblo arrebañado, sin trabajar, sin aportar el mínimo esfuerzo a la nación en cuanto a oficio productivo, la buena gente en una promiscua disolución con vagos y maleantes sean los receptores inconscientes de una cartera de bonos sin contraparte y sin retorno.

Un país donde los sueldos y salarios son insignificantes ante un ostentoso reparto de beneficios a una sociedad del ocio, a las huestes del hambre de un país improductivo, parásito de la oligarquía del poder, con el perdón de quienes puedan ser la excepción en este apartheid del reino de utopía. ¿Por cuál acto de magia se han llenado las arcas del estado para que esa promesa de felicidad y bienestar sature esas carencias nuestras y nos transporte a ese paraíso donde nadie trabaja y todos poseen el maná del cielo? Y hay quien se lo cree, que Dios viene trabajando en silencio para otorgar a cada uno la salud perdida, los bienes perdidos, las esperanzas perdidas. No es obra de los hombres, es la bondad del Supremo que viene por nosotros. El milagro es posible, dulce es no hacer nada, pronto viviremos todos en el jardín de las delicias. Es cuestión de esperar.




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