Porlamar
20 de septiembre de 2018





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Las tablas salariales
Una cosa es la igualdad (que todos reciban lo mismo) y otra la equidad (que cada uno reciba lo que merece); sin embargo la mayoría de nosotros cree, equivocadamente, que se trata de sinónimos perfectos.
Manuel Narváez

12 Sep, 2018 | El gobierno ha blandido una filosa guadaña para igualar hacia abajo a todos los trabajadores del sector público. En el ámbito universitario y en las oficinas de los organismos gubernamentales, espacios donde transcurre mi vida profesional, el brutal achatamiento de las tablas salariales es tema de intensos debates. Frente a ello, la sensación que flota en el aire es esa mezcla desagradable de perplejidad, desamparo, rabia y frustración que se experimenta (solo unos pocos privilegiados en Venezuela no la conocen) luego de haber sido víctimas de un robo.
Dicen algunos sicólogos sociales que desde la Guerra Federal del siglo XIX, los venezolanos somos igualitaristas y parejeros. Todos somos capaces de entender y aplicar el concepto de igualdad, pero no tenemos la misma destreza cuando se trata de equidad. Por ejemplo, cuando hablamos de “soluciones salomónicas” generalmente estamos pensando en dividir y distribuir en partes iguales, sin percatarnos de que la decisión del sabio monarca fue entregar el niño entero a una de las mujeres: la verdadera madre. La “solución salomónica” fue equitativa, aunque la otra mujer, la impostora, quedó sin nada.
Una cosa es la igualdad (que todos reciban lo mismo) y otra la equidad (que cada uno reciba lo que merece); sin embargo la mayoría de nosotros cree, equivocadamente, que se trata de sinónimos perfectos. Es cierto que bajo ciertas circunstancias la igualdad es equitativa, pero en la mayoría de los casos, como en el de los salarios (o como en el que resolvió Salmón: imagínense, ¡medio niño para cada mujer!) la igualdad resulta terriblemente inequitativa.
Los seres humanos somos iguales en dignidad, por ello, desde que la Revolución Francesa abolió privilegios de clase, somos iguales ante la ley. Pero individualmente somos distintos, tenemos capacidades, pensamientos y sentimientos que son propios de cada cual, y que le dan a cada uno identidad personal. El valor sagrado de la vida humana radica en su singularidad, somos personas; cada ser humano es único, irrepetible e irreemplazable.
Los regímenes autoritarios desprecian a las personas; para ellos los seres humanos son una masa informe, una suerte de rebaño al que llaman pueblo, integrado por individuos anónimos, todos iguales y absolutamente prescindibles. Recuerdo que en el 2012 a pocos días de la explosión de Amuay, Chávez “consoló” a los familiares de las víctimas diciéndoles que la función debía continuar; en el fondo quería decir que los muertos no importaban, que lo importante era “la revolución”.
Para la dictadura bolivariana, como para Napoleón, el cínico cerdo “enchufao” (y tengo en mente a Jorge Rodríguez) de la Granja de Orwell: “Todos somos iguales, pero algunos somos más iguales”. Con estas tablas salariales nos igualan empobreciéndonos a todos; pero ellos, los “más iguales” siguen exhibiendo sin pudor (visualicen a Pedro Carreño trotandito con su costoso ajuar deportivo) los símbolos externos de la riqueza mal habida.




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