Porlamar
18 de octubre de 2018





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Asesinos
No estaba en Venezuela cuando asesinaron a Jorge Rodríguez, pero mis amigos me describieron, una y otra vez, el imponente homenaje en el Aula Magna de la UCV y el emotivo discurso del joven huérfano.
Manuel Narváez

10 Oct, 2018 | Y Soledad Bravo vino a La Asunción, a cantar en la Casa de la Cultura. Y yo era un adolescente sin heridas ni reveses, con la sensibilidad intacta de la edad de la inocencia. Y Soledad cantó “Te Recuerdo Amanda”; y luego habló de Víctor Jara, de su martirio, de los dedos triturados, de las manos arrancadas, del canto vibrante en el campo de fútbol que no se apagó a pesar de la brutal paliza.

Y mi hermano Carlos la incorporó a su repertorio y cantaba: “Te recuerdo Amanda / la calle mojada / corriendo a la fábrica donde trabajaba Manuel / La sonrisa ancha, la lluvia en el pelo…”. En cada ocasión, invariablemente, el repudio ante el militarismo asesino, la indignación ante al trato inhumano y cruel, secaban mi garganta, sacudían todas mis fibras, hacían bullir mi sangre.

Por aquella época, con Alí, también cantaba “Tu grito se escucha siempre Alberto Lovera, hermano”. Y me enteré de que Lovera había nacido juangrieguero, y entonces la solidaridad isleña hacía que la indignación subiera de nivel y alcanzara registros entrañables.

No estaba en Venezuela cuando asesinaron a Jorge Rodríguez, pero mis amigos me describieron, una y otra vez, el imponente homenaje en el Aula Magna de la UCV y el emotivo discurso del joven huérfano. Con esos amigos comparto infinito horror y desprecio hacia el gorilato militar y policíaco. Con ellos, alguna vez, evoqué fantasiosamente el “cañón de futuro” de Silvio.

El lunes asesinaron a Fernando Albán. Lo arrojaron al vacío desde el décimo piso de la sede del Sebin. Muchos, al igual que yo, han debido recordar las historias de los vuelos de helicóptero para arrojar cuerpos martirizados por la tortura sobre Cocollar y El Bachiller. Son los mismos hechos: primero el secuestro de la víctima, luego la tortura y finalmente la muerte ocasionada por caída desde gran altura; la única diferencia entre este asesinato y aquellos, es el ruido del motor.

Sin embargo el fiscal de rostro andrógino, cual personaje escapado de alguna película distópica, sin mediar investigación alguna, inmediatamente dictaminó que se trató de un suicidio. De acuerdo “señor” fiscal, a Fernando Albán no lo asesinaron; a Fernando Albán lo suicidaron.

El gobierno de Nicolás Maduro es un gobierno asesino. Asesina a quienes mueren de hambre. Asesina a quienes mueren por falta de medicinas y de atención hospitalaria. Asesina a quienes mata la delincuencia a la que alcahuetea (¿recuerdan a Iris yaciendo con El Conejo?). Asesina a quienes caen en las garras del Sebin. Asesinó a Fernando Albán.




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