Porlamar
19 de noviembre de 2018





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Vejez
¿Quién tocó las alas al viento? ¿Quién dibujó el final del tiempo? ¿Quién soñó con el otoño en la alegría de la primavera? ¿Quién besó la noche, abrazando el día? ¿Quién le puso fronteras a la vida, para dañar la sublimidad del ser?
Tarcisio Rodríguez │ tarcisior_rodriguez@hotmail.com

2 Nov, 2018 | Se fue la primavera. No se pudo detener. Dejó tantos vestigios imborrables en los rescoldos del tiempo, que se guardan en el baúl de la memoria. ¡Cuánta vida vivida! ¡Cuánta añoranza! ¡Cuánta nostalgia! ¡Cuántas ilusiones pensadas en ese mundo de sueños! Ella, océanos de experiencias. De sabiduría. Cielo de tantos días y noches, que brindó abrigo a aquellos fríos de inviernos.

Llegó el otoño. No avisó. Inesperada su llegada. Se teje otro mundo con los hilos de la tristeza y la soledad. Etapa final del ciclo vital del ser humano. Son las aguas viejas de la primavera que llegan al mar, para formar oleajes de amor, en la piel de los años que quedan. Es el eco del viento. Es el susurro de una nota musical que viaja en silencio, para despertar distancias y calmar dolores.

¿Quién tocó las alas al viento? ¿Quién dibujó el final del tiempo? ¿Quién soñó con el otoño en la alegría de la primavera? ¿Quién besó la noche, abrazando el día? ¿Quién le puso fronteras a la vida, para dañar la sublimidad del ser?

Cambios externos e internos se incrementan. La piel usa otro ropaje. La cabellera se hizo blanca, más blanca que la nieve, como por arte de magia. Aquel rostro pulcro y lozano se llenó de surcos. Los ojos ya no ven distancias, solo ven formas. La dentadura se desgastó con los años, de tanto masticar la vida. Los oídos son voces opacas que se las lleva el viento. La memoria va perdiendo lucidez, inexorablemente, de tanto sedentarismo. Las vísceras se atrofiaron de tanto repetir las funciones.

Edad de oro. Cátedra de sabiduría. Felicidad de la vida. Amor familiar. ¡Cuántos epítetos de alabanzas a tan espléndida etapa! ¡Cuántas decepciones! Unos, viven en carne propia la belleza y felicidad de esa etapa; otros, no gozan de tan honorable privilegio.

La edad no se ve. No se siente. La edad se vive. La vejez es un epítome de tantas cosas agradables y desagradables que depara la existencia. Son los sudores del alma, esparcidos con amor y tristeza en el rostro vetusto de una vida, que ya se va acercando a su inexorable final.




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