Porlamar
20 de enero de 2020





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Amanecer nadando - Parte 1
El Farallón se asoma a la izquierda, verlo y dejarlo atrás nos demuestra nuestro avance. Desde que salimos el oleaje ha sido fuerte, su vaivén no permite mantener un ritmo, a veces al dar una brazada no agarras agua sino un vacío y eso es bien extraño, otras veces no logras dar la brazada completa porque una ola mantiene hundido tu brazo.
Alfredo Calvarese

23 Nov, 2018 | 5:30 a.m. Ladran unos perros entre las sombras y el romper de tenues y oscuras olas en la arena apenas perceptible. Dice alguien desde la orilla: “En nombre de Dios y la Virgen, nos vemos en un rato”. “Ahí se van, ocho kilómetros hasta Valdez”, para el registro en video. Las luces de La Caranta se reflejan y difuminan en la superficie del mar ennegrecido, pinceladas de fucsias y morados rayan el azul violáceo del horizonte por donde aun no se asoma el sol. Llevamos un guía montado en un kayak con linterna en su frente y otra de mano. Lleva agua y papelón para hidratarnos en el recorrido.

Es una travesía para despedir a un compañero que emprende sueños y oportunidades en otras latitudes. Nuestro destino es aun invisible pero en el morro al final de La Caracola hay un pequeño faro y por los momentos esa será nuestra referencia. Aun así, en la ausencia de luz no logras percibir los horizontes ni tu entorno, te recoges en ti mismo y el momento invita a la oración, al silencio. Siempre pedimos permiso al mar y le recordamos que solo deseamos compartirlo y no conquistarlo.

Nos alejamos de la orilla y la oscuridad nos rodea. Las manos barren el negro profundo brazada tras brazada. Nadando respiro por el lado izquierdo y voy monitoreando la salida del sol. Un chispazo ocurre de pronto como si desde el océano emergiera el esplendor de la vida. Nace un nuevo día y nosotros en medio de aquel momento sagrado, mágica fiesta de luces y colores. Paramos por breves instantes, contenemos la respiración, sorprendidos, oramos en silencio. La luz nos motiva, nos aleja de las tinieblas, es una inyección de fuerza espiritual y va trayendo de a poco los azules que tanto amamos, mientras se definen las distancias y sus escalas.

El Farallón se asoma a la izquierda, verlo y dejarlo atrás nos demuestra nuestro avance. Desde que salimos el oleaje ha sido fuerte, su vaivén no permite mantener un ritmo, a veces al dar una brazada no agarras agua sino un vacío y eso es bien extraño, otras veces no logras dar la brazada completa porque una ola mantiene hundido tu brazo. Paras y buscas al guía que por breves instantes no lo ubicas. Está volteado, quien debe sacarnos de aprietos está cabeza abajo, nuestro guía ya no guía, lo buscamos, nos burlamos, estallamos en carcajadas, drenando la tensión del trabajo acumulado. ¿Quién es el que debería más bien salvarnos a la hora de un problema?




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