Porlamar
23 de febrero de 2019





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Día de Reyes
Todos habíamos ganado en felicidad y alegría incluyendo a los más serios y hormonales del grupo. Ojo, no era una fiesta de adolescentes sino de un grupo de adultos que aún no maduran.
Alfredo Calvarese

14 Ene, 2019 |El despelote es monumental, la única “jueza” no controla ante tanto ataque de risa y aupar tanta tramposería. Nos dividimos en varios grupos de a cuatro para completar un relevo que consistía en nadar hasta un peñero anclado como referencia a ciento cincuenta metros de la orilla, ida por vuelta.

El testigo a ser entregado era una cinta que debía llevarse como brazalete pero que se aflojaba y, a veces, era guardada en lugares ocultos detrás de los traje de baño y sacarla para ser entregada a los compañeros se convertía en un gesto descarado y burlas atrevidas.

Hubo jalones, salidas en falso, agarrones, desvíos forzados y hundimientos, o sea, todo lo que no se permite en condiciones técnicas normales lo llevamos al colmo y la diversión fue fenomenal.

Todos habíamos ganado en felicidad y alegría incluyendo a los más serios y hormonales del grupo. Ojo, no era una fiesta de adolescentes sino de un grupo de adultos que aún no maduran.

Una hora antes de todo ese desastre habíamos nadado una prueba de un kilómetro y medio, de la misma manera ubicamos un peñero a setecientos cincuenta metros de la orilla y debíamos darle la vuelta al mismo para regresar al lugar de partida.

Nadie nadaba para ganar sino para compartir un evento en grupo que nos permitiera disfrutar lo que todos amamos hacer y en la algarabía general sentir que no estás solo y demostrarnos que la vida vale la pena vivirla y sentirla, y que además no necesitas de mucho para ello.

Basta un poco de disposición y creatividad, algo de disciplina y constancia, mucha amistad y solidaridad y más que nada consciencia de quien eres y de todo lo que te rodea.

Eran las 6:30 a.m., en la bahía había una soledad tremenda y el sol apenas asomaba para iluminar el silencio de la playa, habíamos nadado dos amigazos discapacitados y dos acompañantes para realizar una primera prueba más corta que la anterior pero mucho más larga en bendiciones por ser recibidos en un mar perfecto, con el cielo dispuesto y abierto a convertirse en un poderoso abrazo azul tan limpio que los cerros de tierra firme se detallaban perfectamente con sus escalas de grises, el agua cristalina como de piscina y esa bendita sensación de nadar y sentir que todo eso es tan tuyo y donde es tan fácil perderse ante la impresión de no saber si tú eres parte de eso o todo eso eres tú.

Tres momentos, tres bendiciones, tres ofrendas al milagro de la existencia.




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