Porlamar
21 de marzo de 2019





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Yo y mi bendita envidia
Envidia me daba con Jesús, el de “Chico”, que atendía en la bodega de La competidora, y destapaba “oranches” para aplacar “la calor.
Mélido Estaba Rojas | melidoestaba@gmail.com

18 Feb, 2019 | La mañana, esa en la que conocimos el queso amarillo, nació deshilachando un rocío impropio del pueblo, que mojaba la leña y alejaba las aspiraciones de asar la media carachana para desayunarnos. Había llovido de madrugada. Mamá mandó a Tomás y a mí –los más pendejos- a la bodega de Carlos Wettel, en la calle de allá arriba a comprar medio real de aquel tesoro desconocido, del que alguna vez le había comentado “Toña” la de Domitila.

Con el pañuelito desgastado de hacer mandados, amarrado en la muñeca para preservar la moneda, cruzamos por la barranca del pozo frente a la casa del ahorcado y llegamos a la esquina donde se alzaba el próspero negocio.

Ante el rectangulito disfrazado con un amarillo rojizo que traspasaba con su sudor grasiento el papel de envolver, nació la admiración y curiosidad. Mi hermano sobrepuso la imprudencia infantil y descubrió que actuando con fundamento podía disfrutar del sabor sin que mermara el tamaño de la comprita. Así que empezó a lamerse el pedazo de queso con tal dedicación y tino que al rato lo dejó blanquito, luego de librarlo del colorante amarillento que le daba (y da) su categoría.

Viéndolo –en aquel amanecer histórico- baboseando el queso con asombrosa habilidad, nació la bendita envidia que me persigue hasta el sol de hoy, y que se iría endureciendo con los años. A Tomás nunca lo descubrieron en su trampa de blanquear el producto a fuerza de su operación chupadora, a pesar de que se convirtió inexplicablemente en un muchacho voluntarioso para ir a comprar, mientras todas las bocas de mi casa disfrutaban de aquel queso desteñido y maltrecho que no era “ni chicha ni limonada”; y yo fortalecía mi mal frente a tantos hechos cotidianos de mi pueblo: Envidiaba, por ejemplo, a “Chucho” el de “Chón” cuando pasaba a llevarle la comida a su papá que trabajaba como albañil, y se sentaba con él a compartir arepa, pescado y guarapo.

En cambio papá trabajaba de zapatero en casa y yo no tenía posibilidades de llevarle la comida a ninguna parte. Envidiaba a Santos, porque se daba el lujo de acompañar a su papá, Dimas, en su embarcación comercializando por Los Caños, y mi viejo no tenía ni un cayuco.

Dígame usted mi envidia por Luis “Cuchero”, Apolinar el de Marta, o Hirám el de Graciela, que vendían empanadas y podían comerse las brositas que quedaban entre la pana al final de la jornada, mientras que mamá solo hacía (a veces) empanadas de mantequilla. Sentía un rencor envidioso cuando veía a Rafael el de “Chucho”, agarrando las bananas maduritas del racimo en la bodega de su padre, sin pedirle permiso a nadie.

Envidia me daba con Jesús, el de “Chico”, que atendía en la bodega de La competidora, y destapaba “oranches” para aplacar “la calor”, mientras yo bebía agua del pozo de Emiliano. Ver a Vidal el de Tomasita, comiendo tajadas de plátano frito con arepas “raspás”, o a Faustino el de Tío Colás entrándole a un pecoro de chicharrones, del puerco que mataba y vendía su papá, me acercaba más al barranco envidioso de la existencia. En mi carrera por este camino no podía dejar de envidiar a Pablo “el ciego” y “Chuíto Guasarapa”, los mejores maraqueros de Altagracia…




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