Porlamar
26 de mayo de 2019





EL TIEMPO EN MARGARITA 25°C






Tan sólo quería llegar temprano a la oficina
(¿Hasta cuando, Corpoelec?)
No dejaba de pensar en Eliana, una querida amiga de infancia que llevaba dos semanas en la terapia intensiva del hospital Monte Sinaí, en New York, a causa de un cáncer terminal de páncreas.
JUAN ORTIZ

12 Mar, 2019 | Iba tarde al trabajo, eran las doce y cuarenta p. m., debía estar a las dos en punto en la oficina para atender a Adolfo, quien vería su personalizado a esa hora. Todo estaría bien si el día anterior Corpoelec no hubiese cortado la luz en el sector de la Aldonza Manrique, donde queda Mosaico —el lugar en el que toqué la noche anterior—, alargando mi jornada laboral de dos a cuatro horas. Menos mal amo lo que hago. Salí del local a las 12:30 a.m., llegué a la casa reventado, sin poder dormir por tener que terminar un encargo de esculturas en alambre. Me vine acostando a las 4:30 a.m., pero logré culminar la orquesta de alambre para mi cliente. Era en ese momento que podría hacerlo o nunca. Obviamente la pea de sueño me tumbó tan fuerte que no le paré a la alarma que sonó estrepitosa cada diez minutos desde las 6:00 a.m., ni al sol que quemaba colándose por la ventana; no, no le paré a nada de eso, lo único que pudo levantarme a las 12:40 p. m. fue: las ganas de hacer pipí, de la mano con una pesadilla que me recordó un trauma vivido cuando niño en la escuela —conjuntamente con las burlas de mis compañeros— y el darle peso a que vivía alquilado, no había agua suficiente y no iba yo a mearme la única sábana limpia que me quedaba. Lo cierto es que en una hora me bañé, me arreglé, preparé suficiente comida como para desalmorzar y llevarme un poco al trabajo, y a la una y cuarenta estaba frente al ascensor en el piso nueve esperando a que éste viniera por mí.

No dejaba de pensar en Eliana, una querida amiga de infancia que llevaba dos semanas en la terapia intensiva del hospital Monte Sinaí, en New York, a causa de un cáncer terminal de páncreas. La tenía en mente día y noche, compartimos momentos hermosos, nos ayudamos mutuamente a superar muchos baches de la vida y el destino había decidido separarnos diez años atrás. Yo ya tenía mis propios compromisos, mi familia, mis alumnos, mis negocios, ¿cómo podía ir a verla?, y menos en esta situación país. A pesar de eso —con muchas fuerzas— no dejaba de pensarla, y ella menos a mí. Nuestra amistad era distinta, diferente. Ella tenía ya tres días sin escribirme, eso me tenía preocupado porque sabía que faltaba poco.

A la 1:45 p.m., por fin apareció el ascensor, con su sonido tosco me sacó del transe de mis recuerdos. Me subí, marqué planta baja, las puertas se cerraron y todo hubiese estado bien si, a pesar de que los números indicadores de piso decían que estaba bajando, el ascensor no hubiese empezado a subir, o por lo menos así sentía yo. Confieso haberme asustado mucho. Empezó a hacer frío en la cabina. Cuando por fin el aparatejo indicó haber llegado a planta baja y las puertas se abrieron, sentí un poco de alivio que se vio luego desbaratado al ver que lo que debería ser la pared marrón del acostumbrado pasillo de salida de la torre central del edificio Perla Mar de Jorge Coll, era un pabellón ancho invadido de equipos y puertas, recorrido por infinidad de enfermeras, médicos y camillas. "¡Qué carrizo pasa aquí?", me dije, en voz alta.

—¡Una emergencia, una emergencia! ¡Desalojen el ascensor! —gritó una enfermera llevando a un anciano en una silla de ruedas. El hombre convulsionaba mientras sangre espesa salía de su nariz. Debí salirme del ascensor, cosa que obviamente no quería. —¿Disculpe, profesor Ortiz? —me dijo un enfermero en un español muy malo, con extraño acento indio (sí, de la India) mezclado con ingles. —Sí, con el habla, ¿qué sucede?, ¿dónde estoy? —le increpé, calmando mis nervios. —Llegó justo a tiempo, tal y como ella nos dijo. Por aquí, por favor —me dijo aquel hombre (con su cómico acento) con una certeza y convicción tal que no dudé en seguirlo, a pesar de no entender un cipote de lo que ocurría. Nos detuvimos frente a una habitación que decía claramente "Piso 18, Habitación N. 12", mis huesos se helaron. —Pase, lo están esperando, debo ir a atender una emergencia —me dijo el pequeño hombre, para luego retirarse.

Sí, allí estaba yo, en un lugar que no debería existir, hablando con gente que no debería estar allí y pensando en que llegaría tarde a mi clase con Adolfo. Toqué la puerta tres veces.

—Pasa, Juan —escuché, levemente, era una voz casi sin fuerzas que reconocí en seguida y que hace mucho no escuchaba sino a través de una bocina. Fue imposible no quebrarme y llorar. Giré la perilla, empujé la puerta despacio, queriendo que fuera ella y al mismo tiempo que no, porque aquello no podía ser cierto. Al fondo de la habitación, en una cama, conectada a tantos cables y tubos como fuera posible, estaba ella, mi Eliana, lánguida, hecha huesos, pero conservando esa mirada angelical y esa aura mágica. Corrí hacia ella, la abracé con fuerza, sentí sus lágrimas en mi hombro y el calor de su aliento en mi cuello como una fogata a punto de apagarse.

—Necesitaba verte para irme tranquila —me dijo. Hablamos de todo un poco por media hora, recordamos nuestra infancia. —Tómate una foto conmigo, agarra mi celular allí en la mesa —me dijo y lo hice, la abracé fuerte y expiró en mis brazos. Me quedé allí llorando por dos horas, sin entender nada pero apreciando el momento. Un sueño profundo me invadió, no quería dormir pero no pude evitar quedarme rendido. Al cerrar los ojos fue como que los abriera por dentro y me encontraba en el ascensor del Perla Mar, con las puertas a punto de abrirse, y todo hubiese estado normal si en vez de aparecer en la planta baja de mi edificio no hubiese aparecido en el estacionamiento del Esparta Suites, a la 1:50 p. m., de aquel día de ese extraño eclipse, a tan sólo diez minutos de dar mi clase, con los ojos aguados, el perfume de Eliana en toda mi piel y una melancolía que aún hoy, una semana después, no se me pasa.

No hubiese escrito esto, que considero una locura, si luego de atreverme a ver su muro en Facebook no estuviera, publicado por ella, el selfi que nos tomamos justo el día de su muerte. Descansa en paz, amiga.




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