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17 de agosto de 2019





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Lesa Humanidad
Aplicarles la pena que en Derecho traduce la Lesa Humanidad es el castigo mayor, y condenarlos, por ejemplo, a cadena perpetua, es el modo en que los pueblos puedan cobrarse, valga la palabra, los males que los tiranos les han infringido.
Ángel Ciro Guerrero / angelcirog@hotmail.com

12 Abr, 2019 | Para cualquier dictador, sea civil o militar, los tribunales internacionales son, desde luego, su mayor amenaza. No los deja dormir tranquilos. Tanto le temen que buscan de algún modo quitarse de encima el peso que les significa figurar en la lista de posibles sentenciados. Lo peor es que no encuentran cómo hacerlo, porque el peso de sus crimines es inmenso. Por eso el creciente desespero en el que viven..

Allí los hay de todo tamaño y particular historia, que los investigadores han ido documentando, paso a paso, silenciosa pero eficazmente alrededor de los cinco continentes. Algunos expedientes están tan gordos como sus protagonistas y, dicen los conocedores del asunto, que a la hora de un juicio los encausados no tendrán otra salida que su entrada a cualquier prisión en el mundo.

Aplicarles la pena que en Derecho traduce la Lesa Humanidad es el castigo mayor, y condenarlos, por ejemplo, a cadena perpetua, es el modo en que los pueblos puedan cobrarse, valga la palabra, los males que los tiranos les han infringido. Si tal sanción hubiese existido para Hitler, con seguridad el loco asesino, de no haberse suicidado, habría muerto ahorcado, salvo que su colega en latrocinios, Hermann Goring, le hubiese regalado una de sus cápsulas repletas de cianuro.

Y para reflexión de algunos: en Ruanda, África, en 1994 y a machetazos, murieron alrededor de un millón de integrantes de la etnia hutu, a manos de miles de asesinos, de la etnia tutsi, en el poder, instigados entre otros por un locutor y un ministro de información y propaganda, afiebrados de odio tribal, ideológico y hasta religioso que terminaron protagonizando, como el de los nazis, uno de los más horrorosos genocidios que en el plantea se hayan cometido.

Ahora, los dictadores tienen marcado su destino: primero el juicio y luego prisión de por vida. No como antes que, al ser derrocados se iban, millonarios, a otra nación que les brindaba un exilio al que llamaban dorado, y allí morían casi olvidados.

Yo entrevisté a uno de ellos, en Madrid, hace ya largos cuarenta años: a Marcos Evangelista Pérez Jiménez y, en París, a su segundo, el tenebroso Pedro Estrada. Sin embargo, el general de Michelena purgó cárcel, en San Juan de Los Morros, de allí salió electo senador pero no se dirigió al Congreso sino a Maiquetía para irse definitivamente a Madrid, donde murió. El otro, al que llegaron a llamar “el chacal de Guiria”, nunca estuvo preso, salió mucho antes del 23 de enero y se fue a vivir en la capital francesa, donde siendo mozo había estudiado para policía en la famosa Sureté.

Citar otros casos, no es el tema. Recordar, sí, que la justicia de Dios tarda pero llega, y la de los hombres igualmente, permite agregar que los pueblos aguantan, claro, pero llega un día en que explotan y, en la calle la protesta se hace fuerte, constante y firme, terminando con el martirio que sufren a consecuencia de una dictadura. Y los derrocados, por las buenas o por las malas, ya saben que el banquillo les aguarda inexorablemente.




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