Porlamar
14 de diciembre de 2019





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La Gran Tercera (tercera parte)
Los destellos persistían en el horizonte, desde todas direcciones. No eran rayos, ojalá y lo hubiesen sido. Eran explosiones, inmensas explosiones con sus voces de trueno retumbando.
Juan Ortiz

31 Jul, 2019 | El rancho tenía canales en el techo, hechos con tuberías de PVC, que iban a dar a viejos tambores metálicos usados en otrora para llevar aceite. Sí, tal y como ocurría en todas esas antiguas construcciones en la Isla para aprovechar el agua de lluvia y tener provisiones por si el pozo se secaba, algo que era extraño, pero que ocurría cada cierto tiempo.

Ya dentro de la parcela, Jorge Luis los llevó —sin esperar ningún destello— directo al baño y les dijo que esperaran. Él estaba en sus dominios. Toda su infancia la pasó allí, conocía cada tramo, cada árbol, cada brote, cada espina y cada rama.

Fue al rancho, entró despacio por la puerta trasera y comenzó a revisar. Su madre y su hermano miraban hacia la construcción —desde las hendijas del baño— entre los destellos. Pasaron 10 minutos donde sólo se oían pequeños ruidos. De repente, un sonido como el que desprende un motor fuera de borda a cuerda retumbó por toda la propiedad y luego las luces del rancho se encendieron. Jorge Luis había conseguido la vieja planta a gasolina que su padre les regaló a los viejos un tiempo atrás. Fue por su madre y su hermano y los ubicó dentro de la construcción.

Había allí dos catres y dos hamacas; dos platos, dos vasos y dos tazas de peltre, con sus típicos desconches negros; también dos tenedores, dos cucharas y un viejo fogón a dos hornillas. Todo en parejas de dos, porque sus abuelos —luego de 60 años de convivencia— entendieron a los golpes que el secreto de la buena convivencia era tener cada quien sus propias cosas y estar pendiente de ellas por separado. Juntos, pero no revueltos.

Todos estaban sedientos, Jorge Luis fue al cuarto de los viejos a ver si las cosas seguían igual y, en efecto, allí estaban los dos tinajones, con su tapa de barro, cada uno a un lado de la cama. El muchacho los revisó y lo imposible se hizo posible: a pesar de que sus abuelos tenían 7 años de muertos, el agua que dejaron allí aún estaba, hasta el tope, más fresca que el primer día por la acción depuradora del barro en el vital líquido. Tomó una de las dos charaguas —envases a manera de jarras hechas de totuma—, la enjugó levemente, la llenó y logró saciar junto a los suyos la inclemente sed valiéndose de las tazas y vasos de peltre.

No habían terminado de acomodar la poca comida que tenían, que alcanzaba sólo para esa cena, cuando un gran quejido vino desde el portón del terreno. Jorge Luis apagó todo, les indicó con ademanes a su familia que guardaran silencio, además de que esperaran, tomó uno de los dos machetes de los abuelos y salió renqueando de la casa.

Los destellos persistían en el horizonte, desde todas direcciones. No eran rayos, ojalá y lo hubiesen sido. Eran explosiones, inmensas explosiones con sus voces de trueno retumbando.

Jorge Luis salió renqueando del rancho, pero esta vez no avanzaba con los destellos, sino que se detenía y se agachaba cada vez que uno alumbraba, y caminaba con el retumbe para que no se sintiera su peculiar paso arrastrado.

El quejido se acrecentaba mientras se acercaba a la puerta. “¡Quién demonios hizo esto!”, se escuchaba con insistencia. Jorge Luis llegó a la puerta, pero no la abrió, se deslizó hábilmente por un costado moviendo los alambres, aprovechando el retumbe de las explosiones y justo cuando el destello se iba.

Los gritos maledicentes persistían. Dos kilómetros más allá, ayudado por los destellos, pudo divisar a un hombre atrapado en la trampa que había dejado hace mucho. Sí, la misma trampa de la cuerda tensa por donde pasó anteriormente con su madre y su hermano. El muchacho sabía que lo seguían.




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