Porlamar
8 de diciembre de 2019





EL TIEMPO EN MARGARITA 25°C






“Picon"
El segundo verano que estuve aquí, en Líbano, yo aún no tenía once años. Una de sus tardes-noches, al frente de la casa de sittó, vi a uno de sus gatitos: qué haces aquí, te pueden atropellar, no seas tremendo, ven, entra
Dalal El Laden / ladendalal @hotmail.com / http://dalalelladen.blogspot.com

5 Ago, 2019 |

A la memoria de mi sittó (abuelita) Foadi Mardini Ghazaoui.

“De un gato se recibe lo que uno le ha dado -mejor dicho, lo devuelve cien veces-, en lo que se refiere a atención y observación, sobre todo observación, de manera que es fácil saber lo que piensa y siente. Son cosas que se le escapan a la gente que cree que todos los gatos son iguales, que son ‘independientes’, que ‘no les importa la gente’ y que ‘solo se interesan por la persona porque les da de comer’.

Muchas veces presenciamos un triste espectáculo: un gato inteligente en un casa de ignorantes tratando de convencer a aquellas moles insensibles que tienen ante sí a un ser encantador dispuesto a ser un buen amigo, pero le desairan una y otra vez y le echan bruscamente del regazo o incluso le pegan, y él se aleja resentido, pero paciente, cautivo de la estupidez” (Doris Lessing, en “Un paseo por la sombra”, página 245).

Llegar a casa de mi abuelita (“sittó”, en árabe) Foadi: el portón azul –siempre abierto– avisaba que ella estaría friendo papas, berenjenas y calabacines, preparando pan (en el “saj”, un disco convexo de hierro), atenta a la telenovela –a todo volumen– mexicana doblada al árabe (inolvidable el “¡Pa’ su mecha!”, intacto, del perrito de Marimar) o comiendo al frente de su jardín, seguramente alternando cada bocado con sus queridos gatos.

Gracias a sittó Foadi, mi abuelita materna, aprendí a amar a estos increíbles animales. Con los años comprendí que ella cocinaba en abundancia (estando sola –era viuda: mi “yiddó”, abuelito, Adi falleció trabajando en el campo, por una bala perdida, cuando mi mamá casi cumplía dieciocho años– o acompañada) con el fin de que le sobrara lo suficiente para alimentar a sus inseparables compañeros. A veces se quejaba porque la gata –alistándose para su próxima cría– se metía en su cuarto, desarreglaba el clóset buscando el centímetro ideal para sus pequeños, sin embargo, más que lamentar el desorden, estaba pendiente de ellos, de que estuvieran bien, de que no les faltara nada.

El segundo verano que estuve aquí, en Líbano, yo aún no tenía once años. Una de sus tardes-noches, al frente de la casa de sittó, vi a uno de sus gatitos: qué haces aquí, te pueden atropellar, no seas tremendo, ven, entra. En ese minuto pasó un vecino, de mi edad, estallando en carcajada y más: ¡estás loca, le hablas a los gatos! Me quedé sin palabras, no por timidez, sino porque en ese segundo recién me había detenido a pensar en que no todas las personas se comunicaban con ellos; ¡pero si entienden todo!, me quedé con bastantes ganas de responderle al simpático y nada metiche niño.

Aún río: liberándome de las cholas, entraba a la cocina, poco a poco abría la nevera, tomaba el paquete de queso “Picon”, y me dirigía, contenta, con una de sus porciones, al jardín, igual, descalza, paso a paso, sin hacer ruido, apenas escuchándose la envoltura –mientras se la quitaba– del manjar.

¡Compro y compro picón y rápido se acaba! ¡Quién lo estará comiendo! Cada vez que sittó, entre sus interminables monólogos, mencionaba esto, me vencía el remordimiento que pronto desaparecía, ya que en breve la veía echándoles la mejor comida, la de su mismo plato: sittó los ama, si le digo que soy quien se adueña del picón, no creo que se enoje conmigo.

En Margarita, de niña y adolescente, más de una vez quise tener un gato: en el primer año de primaria, en un paseo a Playa Bella Vista, no me despegué de uno, sin embargo, mi mamá no me permitió llevármelo porque “vivimos en departamento”. Rememoro el nombre del amable compañerito –nunca más supe de él– de clases que lo adoptó, aliviando mi tristeza: Miguel Ángel. “Lo cuidaré, Dalal”. Lo escucho como si hubiera sido ayer.

Ya adulta, dejándome llevar por comentarios sinsentido sobre los gatos, poco intenté darles hogar, hasta que María Luisa, mi amiga desde la infancia, al notar mi titubeo segundos antes de decidirme, me afirmó: hazlo, son bellos. De todos los que he tenido, con frecuencia, sin exagerar, sueño con Manchita; era más que especial, muy dependiente (no se me despegaba), me hacía reír como ningún otro, y a la vez era el más nostálgico: concentrándose en mi mirada, me hablaba con la suya y, al igual que Chiquita hermosa, la primera, la consentida (que hoy está feliz, en Tacarigua; mil gracias, querida Elimar), lamía mis lágrimas. Donde estés, Manchita, muchas gracias. Creo que jamás podremos compensarles a los animales tanta entrega, tanto amor.

Los gatos fueron la vida de sittó y para los gatos sittó fue su vida: cuando murió, cada vecino fue testigo de que, más de una vez, visitaron su tumba… esto siempre me hace llorar. Al pasar por el cementerio (ubicado a poca distancia de su casa) revivo el día en que, entre que le confesaba o no mi gran travesura, me agarró, como dicen, con las manos en la masa: ajá, te vi, sabía que eras tú, pensaste que no me daría cuenta, ¡y escoges el queso más caro!, ¡dime qué voy a hacer contigo! El corazón se me iba a salir. Deseé desaparecer. Y no supe cómo, en qué segundo, ella fue quien se esfumó, lo que entendí como “no te preocupes, ve a dárselos, y otra vez sabré que se lo comieron porque sobre el cemento –que no se cansarán de lamer– veré la huella, la forma triangular del queso”. Haciéndole caso a su voz en mi imaginación, fui y, para mi asombro, a un lado de donde les dejé el picón, encontré la misma huella: esta vez sittó se me había adelantado.

Ghaza, El Valle del Bekaa (Líbano), 2 de agosto de 2019.




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