Porlamar
17 de agosto de 2019





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“Chemané”, y el cine Popular
En ese rincón mágico que ha sido por siempre “Los Hatos” ( o Altagracia, para los que lo prefieren) caen – en los ratos más lúcidos- desde el cielo estos personajes que dibujan una historia tan preñada de realidad, que nos hacen más verdaderos en el embuste diario, intrigante y jodedor.
Mélido Estaba Rojas

10 Ago, 2019 | Es imposible hablar del mundo y sus loqueras, sin recordar aquella cara inocente y amigable, concentrada en la magia de la imagen larguirucha de “Chemané” trepado en su bicicleta “Ruddge” sin guardafangos, ni luces, ni dinamo… ni placa, transitando por las calles de Altagracia, como el héroe que movía nuestras vidas a su antojo desde la pantalla milagrosa del cine Popular, instalado por el emprendedor Félix Rojas Tovar en las cercanías de las casas de las señoras Graciela y Carmen Nona; y el banco de Domitila, el único que jamás tuvo dinero. Con la bomba de alimentar las tripas, asegurada entre la pretina del pantalón Ruxton (pataquebrá) y la correa que alguien le trajo como regalo de El Tigre, “Chemané” se daba gusto pedaleando desde la calle de allá arriba a la de acá abajo, como el verdadero muchacho de la película, celebrado por el falsete de Miguel Aceves Mejías, el enamoramiento de Flor Silvestre, la tersura de María Antonieta Pons, la tremendura de Arturo de Córdova, o los plomazos certeros de Juan Orol.

En ese rincón mágico que ha sido por siempre “Los Hatos” ( o Altagracia, para los que lo prefieren) caen – en los ratos más lúcidos- desde el cielo estos personajes que dibujan una historia tan preñada de realidad, que nos hacen más verdaderos en el embuste diario, intrigante y jodedor. “Chemané” nunca supo de su liderazgo, porque no tenía tiempo sino para organizar a las cintas necias y rayadas que llegaban hasta el Cine Popular Altagracia, en aquellas latas oxidadas y hediondas a diablo pichón, después de haber andado medio mundo llevando los mensajes de la ilusión por tantos pueblos. ¡Cuadro…cuadro!, pedían desde las silletas, personajes como “Momota” o “Tito” el de “Macha” cuando se reventaba la cinta y dejaba suspendido en el ambiente de la negrura, el beso que se daban los protagonistas del amor imposible, por diferencias sociales. Las primeras lecciones de enamoramientos, igualdad, despecho o traición, nos las enseñó “Chemané” con sus proyecciones, en aquel mundo inimaginable del cine, que tenía el don de resolver nuestros problemas diarios y hacernos entender que la querencia del alma es un invento antojoso de cada cual. Pero “Chemané” – me recuerda “Nato” el de Pastor- contaba con un grupo de gigantes que lo acompañaban en su entrañable misión. Trataré de mencionarlos y ojalá no deje a nadie fuera del perol: “Choro loco”, como portero con ojo de águila, al que todos acudíamos “Choro…déjame pasar…choroo”. “Chimón” el de María La Negra, encargado de llevar y traer los cartelones a las esquinas más transitadas del pueblo, anunciando la misma película de una semana; Martín, el de allá arriba; y Diego.

Todos ellos, y los que se perdieron en las arenas de mi vejez, son forjadores del tiempo que lleva y trae con la diligencia de los aguaceros y la tranquilidad de los pozos, esas películas en vivo que llamamos recuerdos. Nada podrá igualarse con la sensación de vivir las aventuras de “Los peligros de Nioka” o “Los Aguiluchos”, unas series con película vaquera incluida, desde las salas del cine popular Altagracia, donde había entradas de a real (con un enganche) maní y chiclets de a centavo la cajetica. Adentro estaba Virgilio “El Borrego” que hacía Toddy –a medio real el vaso de cartón- en una vaina llamada batidora. Raquel, Luisa la de Toribia, Dilia la de la ñeca, y Pichonga la de chucho, se volvían locas por esta bebida, y eran las primeras en las filas de entrada, con sus tabureques en mano, para amanecer contando las hazañas de los atrevidos mexicanos. Con el Toddy “enyelao” comenzamos a conocer el hielo, por lo que éste es otro de los agradecimientos para “Chemané”, que seguramente estará con su sonrisa de muchacho bueno, repasando las películas y empatando cintas, para ver qué nos cuenta esta noche. ¡Ah Chemaneooo…déjame pasar, mijoo! Ah y perdona la tardanza.




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