Porlamar
16 de septiembre de 2019





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Una Señora de gracia infinita faro perpetuo de Margarita
La fiesta del Valle sintetiza en acentuados trazos un momento estelar en las creencias marianas, cuando la sencillez del gentilicio neoespartano aparta inconveniente y amontona agradecimientos y virtudes, para otorgar tributos emanados del sentimiento alimentado por la fe.
Mélido Estaba Rojas | melidoestaba@gmail.com

8 Sep, 2019 | Los pliegues borrascosos de la mar inmensa e intransigente, que dibujan riscos de soledad profunda, donde el destino busca su rumbo en la tremendura del espacio azul, constituyen el altar de suplicio y oración para el pescador que riega su fe en la dura faena de doblegar al oleaje y ordeñarle el sustento diario. Su aventura es el Ave María de una penitencia que la Madre de Dios le impuso como premio a su humildad y arrojo frente al agua bravía y sus amenazas. Y el hombre entiende el mensaje que trasciende todo límite terrenal y viene a conjugarse con su voluntad de isleño creyente, que siente con empeño a Margarita, e invoca la gracia infinita de su patrona, como invalorable recurso de fe cristiana.

Curiara y canalete, trenes o filetes, oraciones y promesas, décimas y polos van juntos en la misión de reconocer y enaltecer la misericordia de Nuestra Señora del Valle del Espíritu Santo, que ilumina con su bondad los rumbos y tapiza con amor las verdades. El tiempo se ha deslizado con premura desde que abnegados españoles la trajeron hasta Nueva Cádiz, a la vieja Cubagua, reconociéndola como La Purísima. En aquellos tiempos de reacomodo terrenal, los huracanes sacudieron la región ante la resistencia de los cayuqueros y dueños de balandras, hasta que en agosto de 1542 el clamor católico hizo que la imagen fuera llevada a El Valle de La Margarita. Fue el Papa Pío X quien autorizó su coronación canónica al Obispo Antonio Durán, el 8 de septiembre de 1811. El 16 de marzo de 1981 fue reconocida como Patrona de la Armada Nacional de Venezuela. Lógicamente que el día de La Natividad de la Virgen y aparición de María bajo la advocación de nuestra Señora de Coromoto, Patrona de Venezuela, queda señalado en la historia como espacio simbólico para adorarla y sentirnos más cercanos a ella.

La fiesta del Valle sintetiza en acentuados trazos un momento estelar en las creencias marianas, cuando la sencillez del gentilicio neoespartano aparta inconveniente y amontona agradecimientos y virtudes, para otorgar tributos emanados del sentimiento alimentado por la fe. Allá palpita el corazón de la Isla y se motoriza el músculo de la alegría, porque se siente la proximidad de lo celestial y se respiran los aires de una tradición histórica, que es esencia de la existencia. Las vertientes del convencimiento cristiano avanzan hacia el faro de la grandeza, representado en el credo verdadero, para celebrar el gran encuentro con la Señora que guía y protege, alivia y perdona. La filosofía que envuelve el desarrollo humano, va dejando sus enseñanzas dignas de análisis y consideraciones, a la hora de explicar este sentimiento inagotable y esplendoroso del pueblo margariteño, oriental, venezolano. Entonces queda en evidencia, sin cupo para la duda, el santísimo amor de La Patrona por sus hijos.

Alrededor de las festividades, como centro vital de la creencia, van naciendo enseñanzas populares que se recogen en pueblos y veredas que caminan hasta El Valle, en busca de la celebración. El panorama refleja a pecadores y buenos cristianos consolados por el mismo fervor del arrepentimiento frente a la madre de Dios. La fiesta es un caudal de leyendas donde la oración es primera virtud, y después vienen los agregados que reflejan la alegría del momento. Los tiempos nos hablaron de roscas cubiertas, saboyanos, cocorrones, barrigas de vieja, algodón de azúcar; los muchachos de antaño se montaron en carruseles de caballitos de madera, se retrataron frente a la antigua iglesia, aceleraron carros chocones. Los bailadores, buscando la moda, echaron pie en bares como “La Gloria” “El Bienvenido” o “El baile de los viejos”, donde se pagaba un cuartillo por pieza, con derecho a ñapa. En otros tiempos el avance modernista enseñó la tecnología para asar pollos y servirlos con yuca sancochada y eso que llamaron ensalada, en los tarantines levantados en derredor de la plaza, mientras dos policías revisaban a los que entraban a El Valle, para impedir el pase de armas o cigarrillos de contrabando.


Una gran audiencia, después de conversar largo rato con la Virgen, se retiraba a los bailes a disfrutar de las interpretaciones de orquestas como “Rafito Lara” “Ismael Cova”, la gente de “Burro Tapao”, o los morochos de La Asunción, dos adolescentes idénticos, que tocaban sendas trompetas, con enorme habilidad, haciendo los mismos gestos.
Comprar medallitas y santicos, era parte de la despedida, cuando se asomaba la tarde y el cansancio buscaba acomodo. A los que no pudieron venir había que llevarles “su parte de Valle”. Tan obligatorio como ver a la Virgen, era internarse en un patio cercano a la iglesia, donde había un cuartico fortificado con cabillas, que resguardaban un hombre de pelo, barbas y uñas largas, conocido como “el loco del Valle”, al que una mujer “le echó un daño” por burlarse de su amor. Que nuestra Señora del Valle nos perdone y bendiga…¡Amén!




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