Porlamar
20 de octubre de 2019





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El biólogo y las huevas de lisas
De la UDO egresó (entre tanto diablo) como biólogo, Mauricio Pagavino, un joven de descendencia española, que –a falta de empleo- se aventuró a trabajar en un barco atunero, sin tener mucho conocimiento de la vida marina. En una de sus guardias nocturnas al lado del maquinista.
Mélido Estaba Rojas | Melidoestaba@gmail.com

21 Sep, 2019 | No había una muchachada tan especial: anecdótica con sus “cachos” oportunos, solidaria entre aquellos ratos de hambre y limpieza borsillal, parrandera e improvisadora frente al cuatro en los amaneceres cumaneses, jugadora de truco y solucionadora con el nosepreocupecompay, como la que se levantaba en “La Casa Más Alta” por aquellos lados de Cerro Colorado, en la Primogénita.

Allá se reunió una valiosa muestra juvenil del oriente venezolano, para hacer efectiva la propuesta que le hiciera el doctor Luis Manuel Peñalver, especialista en medicina tropical, al presidente Rómulo Betancourt, para crear la institución de educación superior que fortalecería y daría vida al desarrollo de la región. ¡Palabra cierta!. Por decreto ley 459, siendo ministro de educación, Rafael Pizani, fue creada la Universidad de Oriente el 21 de noviembre de 1958, bajo el lema “Del pueblo venimos, hacia el pueblo vamos” empezando a funcionar el 12 de febrero del 60 en una vieja casa de Caigüire, alimentada por 113 estudiantes y doce profesores.

De la UDO egresó (entre tanto diablo) como biólogo, Mauricio Pagavino, un joven de descendencia española, que –a falta de empleo- se aventuró a trabajar en un barco atunero, sin tener mucho conocimiento de la vida marina. En una de sus guardias nocturnas al lado del maquinista, lograron capturar un racimo de lisas enormes, con huevas que daban envidia. ¡Compay!, le dijo el novel profesional al trabajador, regáleme esa belleza para llevársela a mi esposa, mañana en cuanto desembarquemos. ¡Como no, chico!... pero échales sal, guárdalas bien y procura que les pegue el sol. El biólogo, después de tanto pensar en un buen escondite para su tesoro, decidió ocultarlo en “la cofa”, como llaman los marineros a un lugar que queda como a veinte metros de altura desde cubierta, más allá de donde el vigía observa con atención el cardumen. En el desayuno del día para desembarcar, le sirvieron a Mauricio un guiso exquisito con bastantes aliños. Al enterarse que se trataba de huevas, el joven se llenó de alegría y orgullo al considerar el manjar que regalaría a su compañera de vida. No resistió la tentación de observar las huevas y escaló rápidamente las escalerillas para contemplar con tristeza y frustración que en “la cofa” no había ni el menor rastro de huevas. Así lo cuentan sus amigos Hebel Domingo Salazar, buen echador de cachos; y Arsenio González, cuatrista, cantor y hombre adelantado en la disciplina del control mental, quienes recuerdan hoy los excelentes días como estudiantes de la UDO.




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