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15 de noviembre de 2019





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Aprender de Miguel de Unamuno
Los prólogos y cartas de Unamuno son muchos. En cada trazo deja un verbo perturbador que, así como ilumina, defiende su derecho a contradecirse.
Ramón Ordaz rordazq@hotmail.com

30 Oct, 2019 | Después de Cervantes, tal vez sea Unamuno el escritor español de más renombre en el mundo. Desde finales del siglo XIX hasta la hora de su muerte, en 1936, su presencia en la literatura siempre fue inquietante, renovadora como demoledora de los prejuicios de su época. Polémico, contradictorio, acucioso investigador de la intrahistoria, filósofo, dramaturgo, poeta, novelista y ensayista de apasionadas páginas, su obra en ningún momento puede pasar inadvertida para cualquier lector que se acerque a conocer las letras españolas. Como Andrés Bello, fue prolijo en hijos y en obras. Siendo vasco, se consideraba más español que muchos y no gratuitamente hizo de Salamanca la atalaya de su universo cultural. A pesar de eventuales destituciones y destierros, nunca dejó de lado sus objetivos salmantinos. Allí regresaría siempre para restituir el ejemplo de su misión de escritor. Llama la atención cómo barajaba la enormidad de su obra con los traviesos y esterilizantes asuntos de la política. Muy probable que de sus estudios sobre el Quijote el espíritu de aventura de Alonso Quijano haya impregnado el suyo. No podía contar tu vida, llegó a escribir, “sino quien esté tocado de tu misma locura de no morir”.

Su polifacetismo lo abarcó casi todo, pero es en la religión donde centra buena parte de sus libros. Sin que pueda decirse que era un dogmático, no lo fue, su angustia existencial rebrota en muchos de sus párrafos. Vivió casado con una búsqueda de Dios hasta sus últimos días. ¿Monologaba Unamuno? Es probable. Muchas de sus crónicas las denominó autodiálogos, cuidándose de que siempre acontece la interlocución, en presencia o ausencia del otro. Ese otro puede ser Dios.

Los prólogos y cartas de Unamuno son muchos. En cada trazo deja un verbo perturbador que, así como ilumina, defiende su derecho a contradecirse. Por cualquier página que entremos a su universo hallaremos una vela prendida como señal de que, a las primeras, hay luz, pero más allá está la oscuridad de la que también debemos aprender. “La soberbia, la refinada soberbia, -nos advierte en Vida de don Quijote y Sancho- es la de abstenerse de obrar por no exponerse a la crítica”. Vivir agazapado, hundido en la miseria del polvo que arrastran nuestros zapatos, es como la vida de los topos que obstruyen el cauce de las aguas; es acto de cobardía. Enfrentar la vida en todas sus aristas y posibilidades constituye el plan del filósofo, del intelectual.

Quienes trabajan para el eterno reconocimiento y el aplauso público transitan un camino estrecho, limitado, de propósitos unidimensionales en el pequeño círculo; porque un paso más allá están la incertidumbre, las almas de los desgaritados. Penetrar en la parte oscura, fomentar en lo “otro” las opciones de un mundo distinto, puede traernos el aguijón de la crítica, pero nos libera de la soberbia.




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