Porlamar
15 de noviembre de 2019





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Una décima pende en el viento
La décima y el galerón lloran su ausencia. Hay un dolor en el alma que no se calma. Su conuco quedó triste y solo.
Tarcisio Rodríguez│ tarcisior_rodriguez@hotmail.com

5 Nov, 2019 |Ataron sus manos. Ataron sus pies. Amordazaron su boca. Golpearon su rostro. Vejaron su dignidad. El sol se ocultó temprano y el atardecer bañó de silencio el conuco. El escenario era propicio para la maldad. Ese pedazo de tierra, donde sembró su vejez, para cosechar el fruto sublime de la paz.

Era su retiro del aula de clase, para la búsqueda de ese contacto con la naturaleza. Como dijera el poeta, "Vivir apartado del mundanal ruido". Gritos de terror, que solo sintió el silencio, fueron su despedida.

Aquellas manos, que escribieron múltiples fórmulas en la pizarra de la vida ... y del tiempo; y resolvieron tantos problemas con la tiza del amor ... y del alma. Aquellas manos, que se posaron en hombros de amistad para orientar y construir sueños. Aquellas manos que escribieron poemas al alma, en décimas de canto, con "Palito de Romero".

Aquellos pies, que recorrieron aulas de clases a pasos lentos, en tantas primaveras, entre filas de adolescentes, que soñaban construir sus propios mundos. Aquellos pies, que pisaron la noche en tarimas de cantos de galerón, cuando el verso sudaba su frágil aliento.

Aquella boca, que expresó con claras palabras mensajes de amor a sus discípulos. Aquella boca, que habló en lenguaje tacarigüero, esencia misma de su gentilicio. Aquella boca se quedó en silencio para siempre.

Manos asesinas callaron su voz, pero se enterraron en sus propias tumbas. Aquel rostro, que el tiempo dibujó con blanca palidez, se guarda en la mente como fotografía eterna, para que el olvido no se lo lleve.

La décima y el galerón lloran su ausencia. Hay un dolor en el alma que no se calma. Su conuco quedó triste y solo. Las tertulias y el sancocho dominical se quedaron enterrados en el aire.

La cosecha ya no es un festín, son gotas de lágrimas que se derraman por los surcos del viento. Aquellos dos horcones, donde colgó su chinchorro, para mecer su vida y arroparse con la brisa, para sentir respirar a la naturaleza.

Hoy, después de su trágica muerte, su nombre retoñará en la piel de un niño, en las entrañas de una tierra fértil y en la cama del verso, para dormirse en poesía.




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