Porlamar
11 de agosto de 2020





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Un cacho de Jesús Castillo
Antes de empezar es necesario acotar que en la cultura oriental venezolana la palabra "cacho" hace alusión a un cuento jocoso, normalmente vivencial. El que se presenta a continuación ocurrió en realidad, solo que los nombres de los personajes fueron cambiados.
JUAN ORTIZ

9 Dic, 2019 | Todo el pueblo sabía que Pedro tenía dos novias, menos, por supuesto, sus dos novias, quienes no se conocían. Eso es algo normal en los pueblos. Pasa en este, en aquel, y en el de más allá. Todos suelen saber las cosas, menos aquellos a los que les atañe realmente.

Lo cierto es que un día Pedro fue con María, una de sus novias, a casa de Jesús, su amigo. Allí estaba Marina, la esposa de Jesús. Y sí, Marina también sabía que Pedro tenía dos novias, y ella era amiga de las dos. ¿Por qué nunca contó nada? Esas son cosas que pasan en los pueblos, se debe haber vivido en un pueblo para entenderlo.

La estaban pasando muy bien los cuatro, entre unas cervezas y buena música, todos disfrutaban.

A las 9:42 p. m. de ese martes 13 de febrero de 1968 sonó la puerta de la casa de Jesús. "Toc, toc, toc", escucharon los cuatro jóvenes. Marina se levantó y fue a atender. Al abrir la puerta, su cara de asombro y susto no resultó nada normal. Allí estaba Josefina, la otra novia de Pedro, y gran amiga de Marina. Ella pasaba por la casa, y al ver el carro de su novio, decidió pasar a saludar.

—¿Quién es, Marina! —gritó Jesús, desde la sala.

—¡Es, es, es Josefina! Ya vamos.

—¡Ah, ah, okey!

Pedro estaba inmutable, como un buda llegando al nirvana. Apenas llegó Josefina, su novio se levantó, tomó de la mano izquierda a María con su derecha y alcanzó la mano derecha de Josefina con su izquierda, las haló a ambas, las puso frente a frente y dijo, sin pensarlo y en seco:

—Te presento a mi novia.

Ambas mujeres se emocionaron mucho, y ellas mismas se presentaron.

—¡Hola, soy Josefina!

—¡Yo me llamo María! ¡Encantada!

—¡Igual!

—Josefina, mujer; Pedro, Marina, amigos; María tiene mucho tiempo aquí y debo llevarla a su casa. ¡Ya vengo!

—Está bien —dijo Pedro, sin creer lo que acababan de presenciar sus ojos.

—Vale, Pedro —dijo Marina.

—Está bien, hombre —dijo Josefina.

María se despidió muy amorosamente de todos, y Pedro salió apurado, sin despedir a nadie.

—¡Debo calentar el carro que anda echando broma! —dijo el pícaro caballero, desde el porche de la casa.

Hay gente con mucha suerte o con mucha labia o muy inteligentes, yo, particularmente, no sé cómo catalogar este caso.

(In memoriam. Este cuento era narrado comúnmente por Jesús Castillo en sus reuniones con los amigos).




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