Porlamar
26 de enero de 2020





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La gracia del año nuevo
El año nuevo era como una ilusión de cansancio exquisito en el descanso embustero, un comenzar a sumar sin terminar de restar, abrir un portillo para tapar otro más grande, pegar truco sin haber hecho la primera.
Mélido Estaba Rojas | melidoestaba@gmail.com

12 Ene, 2020 | Mi pueblo entero transpiraba olores a una colonia de a real y medio llamada “Zarina”, que vendían en “El Gran Baratillo” de Carmita Rojas, y que competía con “Andujar” distribuido -a lomo de su habilidoso burro- por Eustacio Camejo, el contrabandista más legal que haya conocido la Isla.

El Niño Dios había llegado dejando chinchorros entusiasmados con muñecos de goma, bien gorditos pero desnuditos y sin definición sexual, seguramente como efecto del bloqueo de aquellos tiempos y la pichirres capitalista de las máquinas en su empeño por ahorrar plástico. Jesús se iba así como llegó, buscando aliviar los males inacabables del mundo, y nos dejaba nadando en aquel espacio tan estrecho que llamamos vida, dueños de la certeza de habitar seguros en una porción de tierra rodeada de agua por todas partes, según las lecciones cansonas de saber, impartidas por la maestra Fermina Cabrera, en la Escuela Estatal graduada número 58, asentada en la casa de Juan de La Cruz, en el último cruce hacia Bajo Negro.

La ociosidad muchachérica nos llevaba a añorar la proximidad de los carnavales, para embadurnarnos en agua y charco; y cambiar el perfume ambiental por las fragancias del polvo “Sonrisa”, que vendían a locha en la “Comercial San José”, de Venancio Quijada, y que los galanes usaban para revivir al Dios Momo, blanqueando los cabellos de las muchachas a fuerza de papeletas. Pronto “partirían” el año y había que sumar un número en su definición. Eso era lo más enredado en nuestros espacios de muchacho, porque tendrían que pasar muchos días para acostumbrarnos a que los tiempos se miden con fechas y si uno se equivoca lo regañan: “¿mijito, y tu no sabes ni los días en que vivimos?”

El año nuevo era como una ilusión de cansancio exquisito en el descanso embustero, un comenzar a sumar sin terminar de restar, abrir un portillo para tapar otro más grande, pegar truco sin haber hecho la primera. Pero la fuerza juvenil siempre será el meteorito que rompe los espacios de la eternidad para descubrir verdades que, muy a nuestro pesar, siempre estuvieron descubiertas. Y el devenir es como el accionar del tornillo que engaña con su paso enroscado e interminable.

La llegada del nuevo año comenzaba a ponerse anciana y se asomaba con la flojera de anunciarnos que ya estaba cansada de engañarnos. Pero cuánta felicidad arropa también el engaño, y lo asumimos con el conocimiento pleno de su falsedad que nos entretiene.
La noche del 31 era tan esperada que se iba dejando huellas sin pasos, recuerdos sin memoria, adiós sin despedida. Entonces vagábamos por las dos calles de Altagracia, levantando los sentidos para detectar el rumrum de la parranda amanecida, olorosa a sancocho, enredada en despechos expresados en polos, gaitas y sabana blanca, que se estiraban para llegar a sus destinos.

El paso apurado en busca de la bendición para los 365 días que comenzaban, era uno de los anunciadores efectivos del arrepentimiento y la enmienda, que nos hacía cristianos frente a los progenitores y allegados.

La vida daba una nueva vuelta que tampoco tenía mucho de novedosa, puesto que era una copia, solo que algo más borrosa que las anteriores, porque el troquel de los sueños también se desgasta, para dejarnos en la penumbra iluminada por nuestros buenos deseos. ¡Feliz año!




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