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6 de julio de 2020





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"Si toses, estás despedida (o)", la cruda realidad de los inmigrantes venezolanos en el exterior y el coronavirus
Esa frase que parece sensacionalista, y que hoy encabeza este artículo, es totalmente cierta, y pasó aquí en la Argentina. El nombre de la afectada, me lo reservo, al igual que el de la empresa. ¿Por qué?, simple, puede ser Ana, Pedro o Jesefina, cualquiera de los miles que emigraron, tu amigo cercano, o un familiar.
Juan Ortiz

18 Mar, 2020 | Como si emigrar no fuese ya algo difícil, se ha asomado en el panorama mundial la pandemia del coronavirus. Esta peste que aqueja a la humanidad adereza de una mayor complejidad la situación de un considerable número de inmigrantes venezolanos en el exterior.

Sí, la situación afecta a todos, y yo pudiera hablar de las personas de todas las nacionalidades a las cuales les ha tocado partir de su país, pero hoy quiero dedicar esto a mis compatriotas.

Esa frase que parece sensacionalista, y que hoy encabeza este artículo, es totalmente cierta, y pasó aquí en la Argentina. El nombre de la afectada, me lo reservo, al igual que el de la empresa. ¿Por qué?, simple, puede ser Ana, Pedro o Jesefina, cualquiera de los miles que emigraron, tu amigo cercano, o un familiar.

Sí, hay que velar por el bien colectivo, la salud general. Eso es entendible. Ahora, imagina que te enfermas, que te dicen eso en el trabajo, y que si te echan, no tendrás para el alquiler, ni para el pasaje, ni para comer. Bien, debes ser sanado, y proteger al resto, pero luego, ¿qué?

Posteriormente, si sanas, lo más seguro es que quedes en la calle. Después deberás ir a un albergue (si consigues lugar), o dormir arrimado en casa de un amigo -que dudo que se exponga a vivir con un sobreviviente del virus, por mera prevención-, o acomodarte en algún banco de cualquier parque, hasta que logres un trabajo que te permita pagar otro alquiler. Si para alguien soltero, es muy fuerte, para el que tiene hijos, esa situación sería una especie de mini infierno, y más aún en estas tierras, pues se acerca el invierno.

Escuchar esta historia de esta chica me heló la sangre. La realidad es más dura que la ficción. Cuando sales de tu zona de confort, lo entiendes mejor. Y sí, uno quiere ayudar, pero cada centavo, aquí afuera, cuenta. Y la niña necesita comer, y las cuentas no se pagan solas.

Salir, así, como tocó, incluía entre sus condiciones este tipo de situaciones, es solo que no piensas vivirlas, nadie quiere eso.

Para los que creen que esto de emigrar es llegar a hacer millones en el país que te recibe, para aquellos que creen que ya tenemos casa y carro, y nos la pasamos en restaurantes y parques, y no trabajamos (de lo que salga y como sea para garantizar la comida de nuestros hijos), es bueno darles un poco de realidad. Lo menos que hacemos es jugar o distraernos, créanlo. Cada minuto cuenta.

Escribo esto para pedirles que, por favor, hoy más que nunca oren por la diáspora venezolana. Son momentos fuertes para el mundo, sí, para todos, pero son todavía peores para aquellos hermanos que salen día a día a laburar por el pan y se exponen a esta peste. Enfermarse no es opción, pero dejar de trabajar tampoco. Es una encrucijada bien ruda.

A orar por todos. Dios tome el control.




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