Porlamar
26 de noviembre de 2020





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Rómulo Quijada: el autor de Memorial del tío muerto
Esta breve obra, recogida en 31 poemas de no más de cuatro o seis versos cada uno, nos deja con las ganas de saber qué más ha escrito este maestro de escuela.
Mary Sananes

Foto: CORTESÍA

De Rómulo Quijada se tienen referencias de unas 16 obras, de acuerdo con la investigación de la escritora. / Foto: CORTESÍA

18 Mar, 2020 | De Rómulo Quijada, Margarita (1944-2002) poco sabemos, salvo de esta obra titulada Memorial del tío muerto, publicada por Ediciones Salitre, Santa Ana del Norte, Isla de Margarita, 1982 y que se graduó de Maestro en la Escuela Normal “Pedro Arnal” Cumaná en 1973 y de Profesor de Castellano y Literatura en Ciudad Bolívar en 1983. Se sabe también que cursó dos años de Derecho en la Universidad Central de Venezuela, pero que los interrumpió para regresar a su pueblo, La Vecindad, para dedicarse a ser maestro de escuela. Y en esas labores se planteó realizar Concursos de Poesía, para maestros y niños. Y a escribir cuentos.

Un amigo, de esos que perduran para siempre, me lo hizo llegar. Y en verdad nos sorprendió su contenido. Su obra es enviada al certamen de cuentos “Vicente Fuentes” convocado en 1982, en Santa Ana del Norte, Isla de Margarita. El jurado le otorga Mención Honorífica y es publicada por Ediciones Salitre en ese mismo año. Lo que resulta curioso es que esta obra haya sido considerada en un certamen de narrativa, cuando al leerla lo que se encuentra es pura poesía.

Nota necesaria
Llegamos a conocer a Rómulo Quijada por vía de un amigo muy cercano que vive actualmente en Margarita. Tenía a mano unos papeles suyos que me hizo llegar. Y apenas comencé a leerlos me dije que estaba ante alguien con una voz poética que cautivaba. Indagué por su persona y me encontré con un enorme vacío. No lograba una imagen suya, a pesar de que había sido Cronista de su pueblo, La Vecindad. Tampoco portada de algunos de sus libros. No había información alguna que nos pudiera dar razón de este personaje de quien lo poco que sabíamos era que fue por mucho tiempo maestro de escuela.

El tiempo de consignar estas notas se aproximaba y decidí dirigirme al diario Sol de Margarita que acababa de publicar una entrevista con Andrés Quijada, su hermano. Hice un correo colectivo y lo envié a toda la plana de redacción. Y, en efecto, uno de ellos me respondió. Y al entrar en contacto con su hermano Andrés, lo primero que me soltó fue: Rómulo escribió 16 libros. Y aunque no me sorprendí por el número, sí por el silencio en torno al poeta, que se me hizo aún más abismal.

Y no hubiera podido cerrar este texto sin siquiera mencionar algunos de esos títulos, cuyos libros físicos no he podido alcanzar. Helos aquí: Primera Antología de Poesía Infantil del Maestro margariteño (1976), Relatos del Kilómetro Veinte (1977), Amén es la palabra que se escucha (1978), Amaneciendo Dios (1982), Camino de regreso desde esta madrugada (1983), Allá en el pueblo un día (1992), Entre el cielo y la tierra, una canción (1992), Cuando la noche es inocente (1992), Mi último sueño (1993), Esa tristeza de octubre que viene por las noches a la casa vieja (1993), Memorial del Tío muerto (1982), Eran pájaros raros (1992), Cenizas de pájaro (2000). Afortunadamente, con la invalorable colaboración de la familia de Rómulo Quijada y de Cledis Velásquez, Andrés Quijada y Amador Romero, hemos podido obtener su foto. Estamos completando su historia de vida. Quedo en deuda, por tanto, con Rómulo Quijada. Y espero, en alguna otra nota dar cuenta de un escritor de alto vuelo, hombre de mar, que habrá que dar a conocer en todas las orillas donde las aguas tomen la palabra en la dimensión en la que Rómulo Quijada las ha escuchado, para con ellas escribir sus poemas.

Hacer de la palabra un talismán y del verbo una esperanza de infinito

Esta breve obra, recogida en 31 poemas de no más de cuatro o seis versos cada uno, nos deja con las ganas de saber qué más ha escrito este maestro de escuela, que amaba hacer de la palabra un talismán. Y del verbo una esperanza de infinito.

Hay una voz poética que se despliega casi como quien no quiere. Como si hubiese decidido a volcar su pensamiento, su sentir, en versos fugaces que sin embargo se inscriben en un torrente marino, que nos los devuelve con fuerza oceánica.

¿Qué hace a un poeta? El mirar y el transformar lo mirado en un asombro que encuentra en la palabra un bajel para ponerlo a navegar. Rómulo viene del mar y por el mar siguen sus pasos. Y es quien encuentra en la gota de agua la inmensidad de los océanos y en éstos la transparencia de la gota salobre que se hace lágrima en sus azules recuerdos.

Un mirar que atrapa y procesa a la vez
Es un mirar que atrapa y a la vez procesa, sin juego intelectual alguno, hasta convertir lo visto en signo y señal del vivir. Lo que pudiera parecer una visión inocente en realidad es un devolvernos lo que no somos capaces de aprehender, convertido en un verso que se hace oleaje.

En su sencillez radica su complejidad. Lejos de llevar lo sentido y observado a una expresión cerrada y difícil, el poeta lo transmite con su equipaje marinero. Y con esas herramientas de qué manera nos describe un Memorial que no pertenece sólo a ese tío, sino a un hombre vulnerado incontable, que él traduce con una fuerza inédita.
Nos dice: El tío vivió / sus últimos años / en una casa de agua que construyó entre /el cielo y la tierra. El mismo que coleccionaba: en los / ojos gotas de agua salada / de esas que saltaban sobre / el mar cuando las olas / chocaban con el barco. El tío que: Cuando la luna se perdía en el mar / salía en su barco a buscarla.
Frente a qué personaje nos encontramos que le bastó el mar para dejar inscrita su historia sobre la navegación que crece en el asombro. Y esta es su palabra: Cuando no encontraba peces / en el mar, el Tío / para no llegar a casa / sin nada se paraba en / la cubierta y tiraba su / anzuelo para el cielo. / Después llamaba a Dios.

La sed del pescador y el silencio de los peces
Cómo logra en la brevedad de estos versos mostrarnos la sed del pescador y el silencio de los peces. Y la magnitud de un canto que no sabe de orillas: El canto / de más allá de Cubagua / decía el Tío se perdía del mar / cuando la luna alumbraba / desde la otra orilla de Macanao.
Un tío y un sobrino que se encuentran ante una misma realidad y un solo anhelo. Desafiar lo que existe e irse por los caminos silenciados para alcanzar una voz que sigue sin que nadie la escuche. El poeta es esa voz. ¿No es acaso la búsqueda de toda poesía?
Y así asume ese reto que nadie le ha impuesto ni al tío ni al sobrino: Cuando el mar / estaba triste / el Tío le daba palmaditas / en los hombros y le cantaba / canciones. Si el mar seguía / triste entonces el Tío le / quitaba con sus manos toda / la tristeza de encima y se / la llevaba hasta la orilla / más cercana y allá la dejaba / para que se muriera.
El poeta es aquel que quiere borrar la tristeza del mundo sabiendo que no podrá lograrlo
El poeta es ese hombre que quisiera borrar la tristeza del mundo, aun sabiendo que no podrá lograrlo. Pero sigue insistiendo porque la poesía nadie la termina: No había / una noche una sola noche / sin que el Tío dejara / de soñar con el mar.
Y observemos lo que es capaz de hacer la poesía ante las causas del hombre, siempre vencidas por aquellos que sin saber mirar aspiran imponerle el signo de la muerte a todo lo que existe: El Tío en / el mar hacía / cosas extrañas. Por ejemplo, / cuando el sol se ocultaba / el Tío abría bien la boca /y se tragaba la noche.
¿Y qué poeta no se ha tragado la noche para entregarle al día un amanecer luminoso?
¿Pero qué poeta no se ha tragado la noche para entregarle al día un amanecer luminoso? ¿Y cuantos no hemos sido tragados por una nocturnidad inventada para volvernos ciegos? El poeta todo lo trastoca, a sabiendas de que todo seguirá donde lo puso el viento.
Por eso agrega: Cuando el Tío / no tenía motivos / para permanecer / en el mar, / se arrancaba del cuerpo / todos los huesos y los tiraba al agua. / Después, esperaba que / flotaran y los recogía uno por uno. Ay del hombre que es capaz de deshacerse tan sólo para hacerse de nuevo agua para la sed, sal para la vida, canto para el silencio.
“En la ciudad / del Tío, las olas / no salían del mar / sino de los ojos del Tío.” Y se puede preguntar uno: ¿entonces el mar es la suma de las lágrimas derramadas de un hombre solitario y lacerado? El mismo que: A las seis / de la tarde / derramaba en el mar / toda su soledad y se / quedaba solo. Después / le daba miedo y la recogía.”
¿Es entonces el mar quien recoge toda la soledad de un hombre a quien le han robado los ojos? El tío es aquel que: cuando se echaba a navegar / tiraba al agua su nombre de / pila. Entonces, se formaba un / hueco en el mar que se llenaba / de agua días después cuando el / Tío regresaba y recogía su nombre. ¿Y quién acaso tiene un nombre que, lanzado al mar, el mar lo devuelve a quien le pertenece?
La grandeza / más grande del Tío / consistía en sentarse / en la playa cuando el / mar estaba bravo y contentarlo. Ay si el hombre pudiera sentarse a orilla de las batallas para contentar a las partes que no se reconocen y entregarles un poco de ilusiones de vida y amor.
Este era el tío: Por las noches / siempre por las noches / el Tío recogía de cubierta / pedacitos de sol iluminados. ¿Y no es acaso la función del poeta, del hombre común cuya voz hace suya, para espantar las sombras e iluminar la vida con pedacitos de sol?
El Tío se sentía / hombre solamente una vez / en el día cuando el agua del / mar se le metía en los ojos. Y del mar se hicieron sus lágrimas, sus tristezas, sus soledades. Y las combatió con lo único que tenía a su alcance, que, siendo tan aparentemente pequeño, nada ni nadie se lo podía arrancar. El ser del agua y para el agua, un cántaro para saciar la sed de una humanidad a la que han robado hasta sus lágrimas.

Buscar el arco que a cada uno le pertenezca para recoger lo humano rescatado
Valdría la pena aprender a beber de ella. Y viene al recuerdo un hombre del mar: Saint John Perse, quien nos dejó dicho: “A veces, el corazón del hombre a lo lejos se extravía, / y bajo el arco de su ojo hay, como en los grandes arcos solitarios, / ese muy grande lienzo de mar de pie en las puertas del Desierto”…

Porque en el Tío no hay extravío sino alianza. Hallazgo no desvarío. Y una siembra de mar en sus ojos por los que navega buscando esa hora única en la cual el agua se le metía en los ojos, para sentirse hombre al fin. Y su poema nos invoca a alcanzar lo mismo, buscando en el vivir el arco que a cada uno le pertenezca, para recoger y multiplicar lo humano rescatado en este tiempo de tanta, desmedida y perversa muerte.

De la autora

Mery Sananes (Caracas, 1942) Lic. en Letras, Doctorado en Ciencias Sociales, Profesora Titular de la UCV. Docente-Investigadora desde 1966. Entre sus libros: Tiempo de guerra (1968-1974), Walt Whitman, poeta de los tiempos que vendrán (1973), La trampa-engaño de la cultura. Aproximación a Luis Mariano Rivera (2006) y Palabras conjugadas (2016)




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