Porlamar
12 de agosto de 2020





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"Alma vieja, te recuerdo"
Raúl era un caso único de verdades azules en planos cartesianos sobre lomos de ángeles de guerra,/ su San Miguel lo grita con su lanza inquebrantable...
JUAN ORTIZ

29 Jul, 2020 | (A mi amigo Raúl Mendoza)

Con el arte de Blanca dando luz a las cosas en el patio,

comenzó el reencuentro.

Veníamos de la Europa Medieval;

tú, antiguo maestro de obra,

apenas llegabas de cumplir con Yusuf I y su Puerta de la Justicia,

y te lamentabas,

aún siglos después,

por los ciegos de la ciudad.

Yo,

cansado,

acababa de desembarcar de la muerte quinta,

venía de ver a Dante culminar todo,

cada llama azul en su sitio,

cada peldaño exacto según Yahwhe,

y fue Virgilio quien me abrió la puerta.

Nos reconocimos al instante,

la mujer de la fragua de los cristales lo supo,

sonrió,

bajó sus ojos de Mediterráneo tan viejos como nosotros,

y siguió su oficio.

Ron para los dos

y las leguas de camino irrumpieron los aires.

La guitarra llamó al bongó,

ella se fue al viejo piano,

y una caravana de beduinos con sus camellos pasaron por la sala a sumarse a la fiesta.

No pasó nada,

y ya eras un hombre de alambre,

como las tantas querencias que me han brincado en la vena;

engalanabas la madera con un cuerpo invencible

y cada encuentro era una vida

entre tragos,

camaradería,

un navegar en las voces dirigidas por Lucena.

¡Coño!

¡Yo también lo extraño, Gonzalo!

Raúl era un caso único de verdades azules en planos cartesianos sobre lomos de ángeles de guerra,

su San Miguel lo grita con su lanza inquebrantable,

allá,

en la pared del taller;

cada ladrillo que le conoció el ojo que admiró el alzamiento de los tres grandes nombres de Giza lo sabe,

cada estructura por él levantada.

Piedra fundacional de las ausencias,

te sembraste en los cueros,

enlutaste las noches de farra en La Asunción,

diste voz a los sapos tristes en el pozo que da al puente viejo de la casa.

CORTESÍA

Juan Ortiz autor de la columna. / CORTESÍA

Cierro los ojos y veo a lo lejos,

en un camino entre dos espejos que se miran,

a un visionario irguiendo edificios indescifrables sobre dunas al borde de un naufragio,

ha levantado la catedral más magnánima que se haya hecho a Elohim,

con los vitrales que tomó del patio de la casa de Blanca.

Aún allí,

en la labor eterna,

su corazón de agua del Ávila no deja de ser el mismo,

y en un recuerdo lúcido del ayer repite como balada

lo que me dijo en aquel reencuentro

siglos después:

"Dale limosna, mujer,

que no hay en la vida nada,

como la pena de ser,

ciego en Granada".

Buenos Aires, 22 de Julio de 2020




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