Porlamar
22 de septiembre de 2020





EL TIEMPO EN MARGARITA 25°C






Cuentos para leer en cuarentena
Feliciano, tenía pliegues inmensos de gordura en su barriga y brazos, a tal extremo que a su padre se le ocurrió acurrucarle entre ellos una docena de huevos, y en 18 días el piar de los animalitos recién sacados, alborotó la casa.
Mélido Estaba Rojas /melidoestaba@gmail.com

12 Ago, 2020 | Ligero caminan los pies del tiempo y muy despacio pasan por la pantalla del destino los cuadros del devenir, cuando tratamos de anudar la historia que nos mantiene respirando. Recuerdos, les decimos, apartando diferencias de cualquier tipo, porque cada quien tiene su película particular con fecha de vencimiento (como los cartones de leche, aquellos) y sin derecho a devolverla. Después –bien allá- la soledad de los años, que es necia y camina eternamente en el mismo sentido y rumbo, nos regala la posibilidad de repetir escenas tantas veces como queramos, pero… regreso no hay¡
Nacen y florecen generosamente las historias, regadas con creatividad e ingenio y apoyadas por temperamentos ocurrentes, que derivan en “cachos” y chanzas para hacer honor al humor margariteño. Los pueblos injertan su existencia a realidades muy parecidas a los inventos novelescos, pretendiendo ser humildes y recatados con cuentos extravagantes y exagerados, difíciles de creer pero fáciles de asumir, que terminan siendo aceptados como parte de la vida misma. Mi abuelo Nicolás Marín, un gigantón rústico extremo con semblante de vikingo, nos hablaba de lo que le contaba su abuelo. En sus historias sobraba material para editar, como la referida a Feliciano “loro”, quien desde muy joven empezó a dar muestras de un feroz apetito que lo mantenía buscando “qué tragar”, por lo que en el amplio patio de su casa permanecían día y noche cuatro fogones cocinando implacablemente para suministrarle comida a su insaciable estómago. El apodo familiar de “loro” se debía a que Él y sus seis hermanos tenían un raro color verdoso en el cabello, y los ojos azules; herencia del progenitor, Leonardo “loro”, el más renombrado gallero de Margarita. Feliciano, llegó a estar tan gordo que debía permanecer acostado en un catre enorme de lona, reforzado con varas de Tucupita, de donde lo levantaban con una “señorita” para que hiciera sus necesidades cuatro veces diarias, y bañarlo en un pozo en el patio. Se necesitaba una docena de sacos de harina para que las ocho mujeres traídas desde Los Caños, para atender los fogones, pudieran hacerle un pantaloncillo, que utilizaba como protector. Se bebía 32 taparos de agua cada día y merendaba con cinco papelones melcochosos.
Feliciano, tenía pliegues inmensos de gordura en su barriga y brazos, a tal extremo que a su padre se le ocurrió acurrucarle entre ellos una docena de huevos, y en 18 días el piar de los animalitos recién sacados, alborotó la casa, con el curioso detalle de que todos los pollitos que se procrearon por esa vía tenían ojos azules y plumas verdes en el pescuezo. Desde entonces el pueblo se convirtió en el primer productor de pollos finos en el Oriente del País, con las enormes camadas mensuales que dieron más fama a Leonardo “loro” como careador de gallos. Según mi abuelo, cuando el joven falleció en tiempos de la epidemia conocida como “vómito negro”, fue preciso que una cuadrilla derrumbara el frente de la casa para poder sacar su cadáver y trasladarlo hasta las sabanas del Cerro Grande, donde cincuenta jornaleros contratados en Pedregales, abrieron un zanjón de dimensiones considerables para depositar sus restos. Contaban los allegados que fueron empatadas ocho sábanas del tipo matrimonial para cubrir el cuerpo. Son muchas las historias del abuelo.




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