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5 de diciembre de 2020





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Bolivia y Chile
En Chile el proceso de conquistas ha sido mucho más lento. Tras el fin de la dictadura, la clase política chilena dio la espalda al pueblo humilde, excluido y encapsulado para que no se sintiese su voz.
Pedro Salima / psalima36@gmail.com

29 Oct, 2020 | Dos países hermanos cuyos pueblos han vivido terribles pesadillas, en las que fueron sumergidos por aquellos que apertrechados tras su dinero pretenden ser dueños del mundo, del destino de los más pobres y mantener un moderno esclavismo. En el caso de Bolivia, el racismo ha prevalecido para volver a echar a los pueblos originarios a la calle, para usar a la iglesia y sus utensilios a fin de despreciar y marginal a los indígenas. En Chile, en 1973, la clase dominante hizo uso del ejército para acabar con la primera experiencia en el mundo de un gobierno socialista que llega por la vía electoral. En ambos casos, el poder guerrerista de los Estados Unidos ha actuado para fomentar Golpes de Estado. En Bolivia, el año pasado, Donald Trump, mandatario republicano, usó su poderío y a su títere Luis Almagro, a fin de acabar con la experiencia del gobierno popular de Evo Morales. En 1973, el también republicano Richard Nixon, bloqueó económicamente a Chile y a la final utilizó a un genocida, Augusto Pinochet, para dar un criminal Golpe de Estado contra Salvador Allende.

Tras un año de terror, el pueblo de Bolivia retorna a la esperanza, gracias a que desde el silencio y la apacible rebeldía del voto se abraza al camino trazado por Evo Morales y que hoy un nuevo liderazgo asume sostenerlo, superando los errores cometidos. Para ello, por supuesto, está obligado a lograr que el ejército se sume a la tarea de ese pueblo.

En Chile el proceso de conquistas ha sido mucho más lento. Tras el fin de la dictadura, la clase política chilena dio la espalda al pueblo humilde, excluido y encapsulado para que no se sintiese su voz. La clase política chilena por años se encerró en pactos, acuerdos, negociaciones, reparto de cuotas de espaldas a la mayoría. Construyó un «milagro económico» donde el trabajador puso el sudor, las manos callosas, las madrugadas metidas en los huesos, a cambio de retornar a su casa a ver el progreso en pantalla plana.

Hace un año, a raíz de decisiones arbitrarias de un gobierno neoliberal con el aumento del pasaje del metro, ese pueblo se hastío del «milagro económico», del Chile bonito de los almanaques y folletos, y se fue a la calle. El reclamo contra un incremento de pasaje se transformó en algo más profundo. Pronto se impuso una consigna: «No son treinta pesos, sino treinta años». Ese pueblo sencillo, sin liderazgo, exigió cambiar la Constitución pinochetista, lo que la clase política no se había atrevido hacer en más de 30 años. Y esa misma clase política intentó maquillar la propuesta popular, pero el Chile trabajador y estudiantil impuso su decisión con un instrumento sencillo, nada bélico: el voto. Le queda a ese pueblo allendista no dejarse embaucar por la clase política, la cual pretende –tanto desde la derecha, como desde la izquierda enclaustrada en el parlamento– que el proceso se finiquita con el voto y cada quien debe retornar a casa en sana paz. El chileno debe asumir que no puede entregar su destino a esa clase política, como lo hizo en 1988.

Es la hora de Bolivia y Chile.




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