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12 de junio de 2021





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Libertad sin sangre
Algunos gobernantes tienen un poder saturado de pobreza mental que evita el surgimiento de nuevos liderazgos para una saludable alternabilidad, sosteniendo una revolución sobre la base de una economía que no es auditable, no rinde cuentas y la información se manipula para ocultar la corrupción.
Noel Álvarez /Noelalvarez10@gmail.com

31 May, 2021 | Ricardo Flores Magón, ideólogo de la Revolución Mexicana escribió: “lo que el pueblo necesita para gozar de libertades es su emancipación económica, base inconmovible de la verdadera libertad”. La voluntad libertaria, naciente del siglo XVIII y triunfante en el XIX, a duras penas sobrevive en los tiempos que corren, pero ahora, lo que nos ciega es el temor a la subversión de los fanáticos, aunado al deseo de seguridad, ante el peligro que supone la concentración del poder político.
La libertad es un atributo indispensable, pero insuficiente, para lograr la integración política de los individuos, ya que la verdadera manifestación de su ejercicio se cifra en el desarrollo, transformación e independencia económica, lo cual se traduce en un poder colectivo que debe ser administrado de manera racional y apegado a un ideal de retribución, utilidad y justicia.

De esta manera, la libertad se convierte en el motor de arranque para facilitar la transformación del individuo, en ciudadano. Esto es, para colocar al género humano no sólo como el centro de su propia reflexión, sino también para transitar hacia un entendimiento de las acciones humanas, mediante la proposición de principios rectores que hagan posible un conocimiento esencial de los comportamientos y actos políticos.

Joseph Alois Schumpeter sostuvo que: “El método democrático es la ordenación institucional establecida para llegar a la adopción de decisiones políticas en la que los individuos adquieren el poder de decidir por medio de una lucha competitiva por el voto del pueblo”. En esta teoría, las democracias son concebidas como sistemas competitivos de acceso al poder y en ese ecosistema, los partidos políticos juegan un papel de primer orden.
El tema concreto que más interesa a estas teorías es el de las elecciones como mecanismo de acceso al poder. Para mí, y respeto a quienes piensen diferente, el meollo de la cuestión se encuentra en: ¿Cómo llegar al poder en un país sin respeto a la Constitución? ¿Cómo hacer para que respeten tu triunfo, sin ser víctima de un protectorado? Si llegaras al poder ¿Te permitirán hacer algo constructivo que fortalezca tu organización política, pero también al país? O es que acaso la solución a todo este entramado perverso es participar en procesos “medianamente transparentes” pasando por las horcas caudinas para que te desparezcan una ilegitima inhabilitación. Me parece que estamos en presencia de uno de los mayores procesos de chantaje político que se haya conocido en nuestro país.
Un amigo, analista político, dice que: “Los regímenes inconstitucionales son una especie de sociedades secretas lideradas por un grupo de esclavos mentales que conspiran contra los cambios culturales…y económicos con la complicidad de una sociedad débil e indiferente que ha perdido la ética, la solidaridad y se ha alejado de Dios”, e inmediatamente agrega: “las mentiras; las verdades a medias; el sectarismo; la corrupción; inseguridad; desempleo y desmemoria del pueblo, son los alcahuetes de los gobernantes para que la gente obedezca y les tema. En esto se basan para convertirse en aprendices de monarcas de los socialismos del siglo que corre”. Un interés central de estos sistemas es la perpetuación de la clase política dedicada profesionalmente al manejo del poder. La democracia termina por concebirse como un sistema que se controla desde arriba, más que como un sistema cuya clave debería centrarse en identificar e implementar las demandas de la sociedad.
Es cada vez más evidente que las constituciones socialistas no bastan para corregir la deriva hacia la centralización paternalista. Es urgente preguntarse si es posible reforzar las flacas reglas constitucionales de limitación del poder político, con nuevas reglas de buen comportamiento democrático, y si quedan en nuestra sociedad frenos y contrapesos espontáneos capaces de reforzar las defensas institucionales de las libertades individuales.
Karl Popper explica en su libro La sociedad abierta y sus enemigos, que para que la democracia funcione sus principales actores deben exigir que “los poderes de los gobernantes deben ser limitados de tal forma que puedan, entre otras cosas, ser removidos por los gobernados sin que corra sangre”.
Algunos gobernantes tienen un poder saturado de pobreza mental que evita el surgimiento de nuevos liderazgos para una saludable alternabilidad, sosteniendo una revolución sobre la base de una economía que no es auditable, no rinde cuentas y la información se manipula para ocultar la corrupción. En la teoría de Popper, el problema no es quién gobierna, sino cuánto poder, el pueblo está dispuesto a darle y cómo le permite que lo ejerza. En Venezuela estamos reprobados en esta materia, la experiencia indica que hemos sido peligrosamente generosos y permisivos con la delegación de poder.




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