Porlamar
25 de octubre de 2021





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¿Quién encontró a quién?*
Todo es por algo. Más círculos. Retrocedo algunas páginas de mi cuaderno y me detengo en algunas citas de Thoreau (mientras las releo, lo imagino solo, en su cabaña, que él mismo construyó).
Dalal El Laden ladendalal@hotmail.com / http://dalalelladen.blogspot.com / YouTube: Dalal El Laden

20 Sep, 2021 | Estoy en Pampatar, en una recurrida panadería. Me gusta sentarme aquí, al aire libre, a esta hora de la tarde. Pido un hojaldre de queso y un marrón claro bien caliente.

“Todo es por algo”. Con estas palabras, una muchacha -con acento cubano- parece reconfortar a su joven acompañante, quien le afirma -con acento venezolano- que no podrá salir de vacaciones, debido a que, en su negocio, se le presentó un imprevisto.

Abro mi libreta para escribir esa frase -que, cada uno de nosotros, en algún momento, hemos hecho nuestra-, y trazo círculos desesperados alrededor de ella. Todo es por algo, leo y releo. Irreflexivamente, llega a mi mente el día en que, para mi sorpresa (ya que su obra no resulta fácil de conseguir fuera de México), estando aquí, en Margarita, encontré Las hojas muertas, de Bárbara Jacobs.

Gracias a esta novela de Jacobs y, en particular, al personaje de Mama Salima -con la que, en algunos aspectos de su personalidad, me sentí muy identificada-, conocí Walden -crónica publicada, en 1854, por Henry David Thoreau, en la que narra su experiencia en el bosque, a orillas de la laguna de Walden (en Concord, Massachusetts), donde vivió dos años y dos meses.

Cortesía: Dalal El Laden

"Hasta donde me permita la vida" (2017), de Dalal El Laden / Cortesía: Dalal El Laden

En el instante en que leí y anoté -en mi libreta- el nombre del autor y de su obra, y deseé conocer más de ellos, dejaron de ser totalmente ajenos para mí.

De nuevo, mis ojos se dirigen a la muchacha; sus labios se mueven, pero mis pensamientos no me permiten escuchar lo que ella expresa con tanto entusiasmo. Un pequeño gato se echa en mis pies; le doy lo poco que queda del hojaldre; luego obedece al llamado de una niña, quien le arrima un pedazo de galleta.

Todo es por algo. Más círculos. Retrocedo algunas páginas de mi cuaderno y me detengo en algunas citas de Thoreau (mientras las releo, lo imagino solo, en su cabaña, que él mismo construyó).

En Walden, el autor plantea que debemos renunciar a nuestros prejuicios; que hay que ser humildes y reconocer que ignoramos muchas cosas; que ser un filósofo consiste en amar la sabiduría, en resolver -tanto en la teoría como en la práctica- los problemas de la vida; recomienda desprenderse de la sobrecarga de actividades diarias: “¡Sencillez, sencillez, sencillez! Que tus asuntos sean dos o tres y no cien o mil”; sobre nuestra dieta, aconseja: “¡Simplificar, simplificar! En lugar de tres comidas por día, no comas más que una si es preciso”.

Thoreau se pregunta “¿por qué hemos de tener una prisa tan grande en triunfar, y en empresas tan desesperadas? Si un hombre no marcha a igual paso que sus compañeros, puede que eso se deba a que oye un tambor diferente. Que camine al ritmo de la música que oye, aunque sea lenta y remota. No importa que madure con la rapidez del manzano o del roble”. Afirma que no hay que interesarse mucho en conseguir vestidos o amigos, “vende tus ropas y conserva tus pensamientos. Dios verá que no te haga falta la sociedad (…) Con riqueza superflua no se puede comprar sino cosas superfluas. No hace falta dinero para cosa alguna necesaria para el alma”.

Sigo buscando -sin saber exactamente qué- entre mis páginas: el pasado 20 de febrero, en una entrevista -publicada en un diario mexicano-, Félix García Moriyón declaró que “el libro es de quien lo lee, no de quien lo escribe”. Enderezo mi espalda. Hay mucha gente, sin embargo, el tumulto no me detiene.

¿Quién encontró a quién? ¿Las hojas muertas a mí, o viceversa? ¿Por qué al leer la novela de Jacobs me sentí atraída justamente por ese libro predilecto de Mama Salima? Si Walden era un título desconocido, ¿por qué no lo dejé ir? Valiéndome de las palabras del filósofo español, y sin pretender que esto suene descabellado, me permito afirmar que mucho antes de leer esta obra, ya me pertenecía; las reflexiones de Thoreau, desde mucho, mucho antes de llegar a mí, ya vivían tanto en mi mente como en mi cuaderno.

“El sol no es sino una estrella de la mañana”: Thoreau sigue aquí mientras descanso con el atardecer. La joven pareja se ha marchado. Muevo mi asiento, y el gato -que había vuelto a mis pies-, asustado por el movimiento de mi cuerpo, huye hacia la silla vecina, en la que ya no encuentra a la niña de la galleta.

Regreso a la frase y remarco el último círculo, antes de cerrar mi libreta y alejarme de la mesa.

Pampatar, 18 de abril de 2012.

*Del libro "Hasta donde me permita la vida" (2017).




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