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8 de agosto de 2022





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“Gritos en la oscuridad”, un cuento del escritor argentino Aitor García
Aitor García, además de buen amigo y buena gente, es un argentino amante de la narrativa de terror —lector de Poe, de Lovecraft— cuya manera de abordar la literatura del horror me gustó mucho, por la crudeza y el cuidado en los detalles.
Juan Ortiz

4 Ago, 2022 | Las redes sociales, si se usan debidamente, pueden traer consigo grandes beneficios. De entre las bondades que estos espacios ofrecen, yo rescato la posibilidad de conocer a gente grandiosa. Fue gracias a Facebook —y específicamente a un grupo llamado “Dross Rotzank Unidos por ti”, admiradores del trabajo del youtuber venezolano Ángel David Revilla— que conocí al autor cuya obra compartiré hoy.

Aitor García, además de buen amigo y buena gente, es un argentino amante de la narrativa de terror —lector de Poe, de Lovecraft— cuya manera de abordar la literatura del horror me gustó mucho, por la crudeza y el cuidado en los detalles. Sus ambientaciones envuelven en espacios sombríos y fríos, y su forma de hilar los eventos realmente sorprende. Luego de un par de conversas virtuales, logré que me permitiese compartir con ustedes uno de sus textos, y, bueno, aquí se los dejo para que lo disfruten. Que sigan las buenas letras, estimado Aitor, celebro tus ganas de crear y recrear, de escribir.

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“Gritos en la oscuridad”

(Por Aitor García)

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"La satisfacción crea una felicidad necia que alimenta el placer, pero no la autoestima”.

Foto: Cortesía

Aitor García / Foto: Cortesía

Frase inolvidable para Joseph Rynolds, frase que jamás podrá borrar de su mente, ya que su padre, Robert Rynolds, se acostumbró a mencionarla en reiteradas ocasiones desde su niñez.

Transcurría el año 1967, y ya en su adultez, Joseph, con 30 años, era todo un hombre. Provenía de Ottawa (Canadá). Desempeñaba su labor como sepulturero en el poblado de Richmond. Él reemplazaba a su padre, quien, desde hace ya 6 años, había caído en cama a causa de una embolia que imposibilitó su continuidad en el cementerio. El pobre hombre estaba totalmente postrado y dependía únicamente de su hijo.

Dos décadas atrás, por desgracia del destino, el señor Reynolds había quedado viudo —justo 5 años después de haber nacido Joseph—; esto le hizo entrar en una crisis depresiva. A medida que pasaba el tiempo, el viejo sepulturero drenaba su rabia con Joseph, lo sometió a rigurosos golpes y todo tipo de degradaciones tanto físicas como psicológicas. Tal situación sembró en el niño un rechazo y odio enormes, pues jamás entendió el porqué del accionar de su padre... Con el transcurso de los años, los maltratos hicieron del ya crecido joven un monstruo enmascarado, un ser vil con un perfil cínico como pocos que reprimía su verdadero yo delante del pequeño poblado de Richmond.

Joseph era de poca habla, serio y con una mirada fría e intimidante —que imponía un cierto respeto— que no pasaba desapercibida ante cualquier persona.

Cada semana, el joven sepulturero realizaba sus quehaceres sin descanso, sobrepasado por la agónica y desmesurada carga que le proporcionaba su padre. Aquella situación transformaba sus días en un verdadero infierno. Y sí, al margen de su sacrificio, el padre, aun en su deplorable estado, no dejaba de degradarle en demasía, insultándole ante cualquier inconveniente, por más minúsculo e insignificante que pareciera; Joseph permanecía en silencio, no objetaba absolutamente nada.

El joven sepulturero, simple y llanamente, cada noche dejaba solo en la casa al viejo inmóvil y se dirigía a su labor en el cementerio, el cual se encontraba a un kilómetro de su hogar.

Tras llegar al lugar y cruzar las rejas oxidadas, el viejo John —un funebrero por excelencia y de avanzada edad— le daba las directrices a Joseph, como ameritaba cada noche, dejándole así la responsabilidad de todo antes de su retiro.

Al quedar solo —justo antes de cavar las fosas y sepultar los cuerpos—, el perverso lado oscuro de Joseph afloraba: abría los féretros y descargaba en los cadáveres toda la rabia contenida por los años de maltrato… Luego de calmarse, como si nada, continuaba con el trabajo: iba, cavaba las fosas y depositaba los féretros en ellas, uno por uno. El tiempo de trabajo era equivalente a la cantidad de muertos en el condado, también dependía de cómo se presentara la noche —aunque para Joseph el laburo era sencillo, ya que se había convertido en todo un verdadero experto luego de tantos años en el oficio—.

El retorno a casa nunca era grato. Si bien había agarrado un extraño gusto por su tarea, el hombre terminaba exhausto, por lo que recorrer las largas trayectorias entre pastizales, matorrales y caminos dificultosos de tierra no era nada placentero. Si a eso se suman las friolentas y gélidas bajas temperaturas que presentaban las mañanas, todo se ponía peor.

Era costumbre que al llegar a su hogar el padre no dejara de hacerle saber su disconformidad por algo que —según él— no se había realizado satisfactoriamente; acto seguido: le gritaba y menospreciaba, echando por el piso su esfuerzo, haciéndole saber que lo rechazaba, y que no era él a quién deseaba como hijo. A sabiendas de esto, en cada retorno, Joseph suspiraba, molesto, a metros de la puerta de su hogar, tragaba hondo, y luego entraba.

Ese día, como ocurrió todos los días luego de la muerte de su madre, el dañino ciclo se repitió: el padre hizo lo suyo. Joseph, inmediatamente, se esfumó del lugar, fue a ducharse y se quedó tendido en la bañera llorando por horas, apoyando sus brazos en ambas rodillas, meneándose para adelante y para atrás bajo la lluvia artificial del baño frío. Luego de unas horas de estar allí, Joseph se secó, se vistió, se fue a su habitación, se recostó en la cama y se quedó dormido. Allí buscaba un concilio para alivianar lo que estaba padeciendo, quería dejar todo ese malestar que le ocasionaba su progenitor al hacerlo a un lado… el sueño le permitía reprimir aún más su dolor, así lo creía, para él era lo más saludable.

Al despertar después de pocas horas de dormitar, dirigió su mirada al espejo y se quedó sentado viéndose suspendido en la nada, oyendo cómo su padre gritaba exigiéndole de mala manera que rápidamente lo asistiera. En ese momento, Joseph frunció su ceño, se podía notar que había llegado el fin, ya no aguantaría más esos maltratos. Poco después, muy relajadamente, se dirigió al encuentro de Robert, para ver qué era lo que precisaba con sus acostumbradas malas maneras y su poca paciencia.

Aun en el estado en el que se encontraba, el viejo hombre no dejaba de desafiarle con sus burlas y con sus aires irónicos. Fue en ese preciso instante que Joseph se acercó a su padre, más exactamente al lado de su cama, necesitaba saber de una vez por todas el porqué lo despreciaba tanto, así que le preguntó:

—Dime, anda, ¿por qué me odias tanto? —A lo que su padre, muy sonriente, le contestó:

—Estaba esperando este momento. ¿¿Quieres saber el por qué??

—Sí... —le respondió Joseph.

—Porque no soy tu padre… tu verdadero padre es John, John Gibson, el funebrero, tu jefe. Y también tengo para decirte que ¡¡a tu madre yo mismo la asesiné!! ¡La asfixié y nadie sospechó nada! No pude soportar su asquerosa infidelidad después de tantos años y que con mera liviandad me lo confesara luego de percibir mis acertadas sospechas… mientras me ocupaba de que en la mesa no faltara el pan, ellos se encontraban cada noche en esta casa, justo cuando tú dormías. Ahora me pregunto: ¿¿qué es lo que vas a hacer, hijito??

Tras esas palabras, una terrible furia envolvió a Joseph. Aquella confesión fue como un cerillo que hizo combustionar todo lo que había padecido a manos de Robert Rynolds. La ira del hombre era incontrolable, lo sobrepasó al punto de que se abalanzó sobre el viejo a darle duros golpes en su rostro, sin piedad, para terminar, luego, estrangulándole hasta dejarle sin vida.

Tras el último aliento de Robert, Joseph sintió un gran alivio, como si hubiera apartado una enorme y pesada mochila… aquello le otorgó seguridad. Extrañamente, después de la atrocidad que había cometido se sintió pleno y orgulloso; seguidamente se recostó al lado del cadáver y empezó a reírse a carcajadas en un mórbido estado de regocijo… disfrutaba cada segundo, era el trueque perfecto por tantos años de sufrimiento.

Cuando todo parecía haber acabado, las cosas tomaron un rumbo y una determinación propios de la mente perversa de un sociópata sin precedentes. Joseph —ni lerdo ni perezoso y a pocos minutos antes del anochecer— se dirigió a una gasolinera cercana y puso varios litros de gasoil en un bidón. Estaba tan fuera de sí que, muy sonriente, saludaba a todos sus conocidos y a los que jamás había dicho ni un simple hola.

Le fue tan sencillo y fácil volver y rociar con gasoil toda la casa por dentro y por fuera hasta que no quedara una simple gota de la misma en el bidón. Con una sutil y delicada chispa de fósforo hizo arder la propiedad; y se quedó allí, a un costado, deleitándose de un magnífico espectáculo. Para él, el fuego le ayudó a matar las iniquidades de aquél que durante tantos años le atormentó recitándole una vez más y en voz alta su tan fastidiosa frase: "La satisfacción crea una felicidad necia que alimenta el placer, pero no la autoestima". Acabado el incendio, Joseph escupió las ruinas y se marchó.

"Ay de aquél que se encontraba en las penurias del cementerio... ay de aquél que desconocía lo que le esperaba”.

John se hallaba sentado en la caseta del cementerio tomando un vaso de whisky añejo. La radio sonaba de fondo y su sonido se entremezclaba con los ruidos propios de la lluvia; la entrada se iluminaba con su candelabro de mano. De repente, un pequeño ruido enfrente llamó la atención del viejo, por lo que acercó la luz de la lámpara para ver y pudo percatarse de que allí se encontraba Joseph, posicionado en la puerta que estaba abierta. Sorprendido, el sepulturero le dijo: —¡En buena hora has llegado, Joseph!

El joven guardó silencio, se adentró a la casa —empapando el suelo de madera con el agua que caía de su ropa mojada— y se acercó al viejo, lo miró fijamente por un minuto y luego le preguntó:

—Y... ¿a qué se debe tan alegre espera?

—A que hoy tendremos descanso, mi querido. ¡Embriaguémonos! ¡Sírvete, vamos!

Luego de un buen rato de haber compartido ese desagradable momento junto a "su padre", John cayó sobre la mesa en un estado de embriaguez y se dormitó temporalmente.

Al rato, el joven se despertó, encendió un cigarrillo y se puso a mirar con desprecio a John, quien yacía profundamente dormido. Joseph aprovechó el momento y salió bajo la lluvia a cavar una fosa; al terminar, se dirigió de inmediato a un depósito de féretros cerca de la caseta y allí tomó un ataúd y lo arrastró afuera.

—¡Hey, John!, ¡despierta! —gritó Joseph.

John, tras percibir el estruendoso sonido, comenzó a abrir sus ojos y a incorporarse, no obstante, recibió un golpe seco y fuerte con una pala en su rostro que le hizo volver al suelo. Allí yacía ensangrentado y quejándose agónicamente del dolor.

Sin explicaciones, Joseph arrastró el cuerpo pesado del sepulturero, quien, entre el balbuceo de embriaguez, trataba de entender lo que estaba sucediendo. Dentro de sí el hombre se preguntaba: “¡Por qué?”. Como podía, John se movía tratando de escapar de los brazos que lo arrastraban al cajón fúnebre… pero tras el último intento de forcejeo, Joseph lo remató con un golpe de puño en el rostro. Al tenerlo inconsciente, el joven cargó al viejo y lo puso en el féretro y lo encerró logrando así su siniestro cometido, sin piedad ni misericordia alguna. Luego de unos segundos, y como era de esperarse, el desquiciado hombre empujó el féretro a la fosa profunda rebosante de lodo. Los gritos desgarradores y desesperantes de John se ahogaban en la incesante lluvia mientras era enterrado vivo con cada porción de tierra que Joseph dejaba caer con la pala.

Acabando con su cometido, una mueca de plena satisfacción inundó el rostro de Joseph, quien, sin ningún remordimiento, dijo sobre la tumba fresca: “Maldito seas, papá. Adiós”. Luego de eso, miró por última vez la fosa cubierta de lodo y pasto y comenzó a alejarse del lugar perdiéndose en la noche, abandonando aquel cementerio para darse a la fuga.

"Nadie supo más de él, no dejó rastro alguno. Mas aquél que lo vio por última vez se lamentó de pena y gritó despavoridamente en una terrible soledad, quedando atrapado para siempre en los gritos de la oscuridad".




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