Porlamar
27 de noviembre de 2022





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"Signado"
Sigo, pues, sentado con los que perdieron todo,
los que hace rato dejaron el pecho expuesto a las flechas de los frustrados infelices de la web
Juan Ortiz

18 Nov, 2022 | Quisiera librarme de este pesimismo con el que percibo a diario la existencia,

dejar de ser el que se quedó en la frontera,

el escritor que no vende —pero conserva la sonrisa de no haberse vendido—,

el que murió en el Darién abandonado por todos,

el que intentó ser ilustre y decidió no cruzar la oscura puerta,

el devorado por tigres en la sedienta selva,

el que no llegó a graduarse y es el tema de conversa entre los elegidos,

el que fue sorprendido por las caracolas en el fondo del Mediterráneo,

la osamenta, el cráneo sin nombre en la morgue,

el que se esconde por no tener un pedigrí agraciado,

el que vive desquiciado por no entender tanta maldad visible,

el inaccesible ante la salamería previa a la crucifixión que acostumbran los elitescos malditos,

allá, en los banquetes inalcanzables;

el hombre, el niño, la mujer de agua de tapara y balde a quienes se llevó el río,

el que perdió el albedrío,

el norte y todos los puntos cardinales,

un fracaso tras otro,

bajo matorrales escondido de la migra, de los perros,

el que nació sin mirra ni incienso,

ni padrinos ni sombra alguna,

el libre de premios y sus trampas de altura,

el gentío que ha procurado avanzar,

mas,

paso tras paso frente al mar

permanecen allí, en el vacío...

quisiera, sí, dejar el hastío,

dejar de ser tanta nada,

no obstante,

abandono la almohada,

me levanto,

preparo café,

abro el computador y las noticias golpean con sus múltiples verdades,

con los tantos matices meretrices propios de las realidades impuestas por la imagen y semejanza.

Me he planteado tantas veces deshacerme de este derrotismo,

ya no vestir las ropas del mendigo,

del hombre que recibió la única bala pérdida lanzada al desierto,

del que jugó todos los números para enfrentar el desacierto de un sorteo que nunca fue...

deslastrarme del desatino y la desesperanza,

de la falsa fe,

sin embargo,

las naciones insisten en que las montañas de muertos de ayer son pocas,

así que abren sus bocas y escupen más y más metralla y cuanto invento nuevo sirva para derramarnos,

y entonces no puedo evitar caer en el mismo vestido;

juro que he procurado no ser el pequeño que pide a Dios que su madre voltee a verlo desde la fosa;

quiero que no me pertenezca esa triste rosa, este espejo roto,

este sueño estrellado a medianoche en Hiroshima,

no ver las estrellas de metal caer sobre Yemen,

Irak,

y cada pueblo marcado por las desgracias de los hombres.

Sigo, pues, sentado con los que perdieron todo,

los que hace rato dejaron el pecho expuesto a las flechas de los frustrados infelices de la web,

para así alimentar el placebo placer de creer que son leídos y hacen daño,

que de algo les vale el peldaño que alguna vez subieron,

triste destello de un pasado que no vuelve...

al lado estoy de los que duermen sin esperar justicia,

y lo único que ansían es la calma del olvido,

algún extraño descuido que les permita desvanecerse y volver donde no amanece,

ni una luciérnaga brinda su brillo,

sueño sin ser, sin nombres, apellidos,

sin nada que presuma un reverdecer.

Pesa este desasosiego,

en la yema,

en el labio que tiembla invadido por cientos de marchitos despertares,

no sabes cómo he buscado librarme de estos avatares y su gris plenilunio,

pero el camino dijo "poeta" y me ha signado:

casa y voz de los marginados

habitados por el infortunio.

Buenos Aires, 22/10/2022




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