Porlamar
14 de julio de 2024





EL TIEMPO EN MARGARITA 28°C






«Naufragio»
Te libero, para que recibas la lluvia de los comunes,
para que te cubra el beneplácito, la mansedumbre,
porque mi noche no descansa ni al llegar el día.
Juan Ortiz

9 Jul, 2024 | “La sal que tengo para las heridas”

Sentémonos un rato, aquí, en la vida; medianamente alegres, lo justo,
atravesados por los alcatraces del sueño,
roídos por la mordida que no termina de acabar nunca.
Elevemos los olvidos, los silencios y distancias; hagámoslo:
nácar de este barco que aguarda, escape de agua de sol en mi sombra,
sal que tengo para las heridas, escama que me guarda el pecho,
raíz de cúrcuma que escojo siempre para dormir
dentro. Parece que anduvimos —solo parece—, ojalá, ojalá, insh´Allah…
Labio dulce, siempre, donde te toque abrirá una flor la primavera.

///

“Once”

Once pasos de distancia entre los llantos primordiales.
Once y once, una y once, once y una, y así,
esas horas propiciaban los encuentros, como por embrujo,
por designio divino, no lo sé, sé que tú tampoco.
Hoy es el día once del mes once y escribo esto sin percatarme de eso;
no me asombra para nada, me quiebra, sí, me invade de ti
y esa facilidad que tienes para volver a mis espacios
a recordar que hay una ausencia presente,
una tristeza que no se marcha, una mujer que fue gaviota en mi boca,
sal imborrable en mi pluma, el mejor y más volátil amor que he tenido.
Tengo una hipótesis que nunca te dije: puede ser que fuimos destinados
a la suerte de esas horas, a la soledad perenne de sus números; fíjate bien,
están juntos sin tocarse, parecieran formar algo por instantes,
pero siempre están solitarios.

Quizá leas esto hoy a las once y once, te asombres y llores,
caigan once lágrimas,
tal vez una, no sé ni sabré, tú sabrás, lo que sí tengo claro es que esas horas
han de perseguirnos hasta partir trayendo consigo lo que nunca muere
y a lo que fuimos destinados: encontrarnos para ser memoria.

///

“Era de lluvia”

Era de lluvia —continuo—, no de día, ni de tarde, ni de noche;
cuando me preguntaban “¿Qué momento era?” en esos recuerdos,
así respondía: "Era de lluvia".

Ese era mi tiempo en ella, para ese entonces había conocido su diluvio.
Yo amanecía, andaba y pernoctaba siempre en la hora de las aguas.
Su rocío era mi estación habitual,
así lo quiso al partirme con su silueta indetenible
aquella noche de cántaros bajo el aguacero.

Todo era líquido, desde el sol de sus muslos hasta el pensamiento.
Nunca había nacido así de todas las veces en que he venido:
tanta tormenta, tanta gota, tanto río, tanto ímpetu,
y de corona sublime esa voz de llovizna.

Era de lluvia, lo recuerdo bien. Cuando por fin la humedad dejó el peñero,
las piedras y las caracolas, supe por una lágrima que era madrugada,
que eso era todo: su cálido invierno se había ido.

///

“Quédate el nombre”

Quédate el nombre, el árbol de oriente, la especia, los caminos.
De volver, te llamaría azafrán, muérdago lúcido, acacia temprana.
También fui colibrí de danza furibunda, epitafio de sal en la barcaza,
cuerpo lustrado en la voz de las tórtolas,
arcano encumbrado en los números santos.

Quédate los potros muertos en la puerta, el Canaima, sus hombres azules,
las hamacas colgadas para escapar del mundo, que yo me fui a un extravío
necesario en una cima de espectros consagrados al arte del olvido.

///

“Te libero”

Te libero, para que recibas la lluvia de los comunes,
para que te cubra el beneplácito, la mansedumbre,
porque mi noche no descansa ni al llegar el día.
Toma el camino ancho y suave de las piedras lisas,
porque la paz vale más que una caricia, que la visita repentina de una sonrisa
en estos tiempos amargos de vida y respiro.
Déjame simple —de orilla—, descalzo —sin pretensiones—, tú,
lucero blando de mano astral, vuelo rasante en el aguacero. Te libero.




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