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Con 'The Odyssey' Christopher Nolan firma su película más ambiciosa, pero no su mejor obra Despeja muchas reservas al ser un logro técnico monumental. Es lo que cabía esperar de un director tan meticuloso y de su director de fotografía por cuarta vez, Hoyte van Hoytema, sin olvidar al gran Ludwig Göransson, que firma una partitura tremenda y palpitante. Esperado, sí, pero nunca banal. Redacción
16 Jul, 2026 | Madrid. La mayoría de los directores se echarían atrás ante la idea de adaptar 'The Odyssey' de Homero a la gran pantalla. Puede que, en esencia, el épico relato de la mitología griega se reduzca a un guerrero desdichado que intenta regresar a casa, pero el poema de 24 cantos del siglo VIII a. C., en el que los hombres chocan con dioses y monstruos a lo largo de una peligrosa aventura que se prolonga durante décadas, es una narración perdurable cuya escala y alcance han servido de modelo para toda la ficción literaria, señala Euronews. No es el caso de Christopher Nolan. Recién salido de su biopic de tres horas sobre el nacimiento de la bomba atómica, ganadora del Oscar, el cineasta se embarca en el que es probablemente su proyecto más ambicioso hasta la fecha. Y lo hace como hizo con Batman, apostando por el realismo y centrándose menos en el mito y más en el hombre. Esta versión más anclada en la realidad se refleja también en el trabajo artesanal. Rodada en seis países, filmada íntegramente en IMAX – la primera película que lo hace, con unos 2,1 millones de pies de película registrados – y apoyada en efectos prácticos en lugar de una avalancha de CGI (se utilizaron unos 2.000 figurantes para rodar el asedio de Troya), The Odyssey muestra a Nolan entregado por completo y dispuesto a llegar hasta el límite. Sin embargo, dar prioridad a las tribulaciones de los hombres también tiene sus riesgos. Ambientada en un "tiempo de aparente magia", como indica la cartela inicial, el espectador se sumerge de lleno en una historia cargada de trama y personajes. Tras su victoria en la guerra de Troya, Odiseo (Matt Damon) ha desaparecido. Eso deja a su esposa Penélope (Anne Hathaway) sola para defenderse de las atenciones de los pretendientes, encabezados por el viscoso Antínoo (Robert Pattinson), que aspira a la mano de la abandonada reina de Ítaca. Su hijo Telémaco (Tom Holland) está decidido a expulsar a los pretendientes y parte hacia Esparta con la esperanza de que el rey Menelao (Jon Bernthal) sepa dónde está su padre. Mientras tanto, en la isla de Ogigia, la ninfa Calipso (Charlize Theron) ha estado cuidando a un Odiseo amnésico hasta devolverlo a la salud. A medida que recupera los recuerdos, vamos descubriendo qué llevó al guerrero náufrago a la isla sin sus hombres. Un cíclope sediento de sangre, lestrigones caníbales, el peligroso canto de las sirenas y los sugerentes guisos de Calipso... Es mucho para condensar en 173 minutos. Nolan lo consigue gracias a un ritmo ágil, pero a un precio. La primera mitad de The Odyssey presenta líneas temporales paralelas que coexisten, algo esperable en el Nolan poco amigo de la linealidad. La película salta con rapidez entre los recuerdos de Odiseo y la lucha de Telémaco por mantener Ítaca bajo el gobierno de su padre. Como resultado, las aventuras del guerrero se sienten apresuradas y extrañamente recortadas. Muchos sostendrán que la naturaleza episódica de los encuentros de Odiseo con toda clase de amenazas tiene sentido, dado que el poema de Homero es, por definición, episódico, y que se trata de destellos de recuerdos fragmentados que poco a poco se recomponen. Pero aunque el ritmo evita que haya momentos muertos, el montaje de Jennifer Lame distrae, hasta el punto de resultar casi perjudicial para la narración. Apenas tenemos tiempo de ver al cíclope o de toparnos con las sirenas cuando la historia ya ha pasado página, dejando poco margen para preparar el terreno o encajar la sensación de amenaza, y aún menos para calibrar lo que está en juego o sentir la inquietud de unos hombres que afrontan peligros que ponen a prueba no solo su voluntad, sino también su lugar en un universo supuestamente sometido al capricho de deidades volátiles. Esta parte de The Odyssey se siente como un montaje apresurado, con poca fluidez satisfactoria, sobre todo cuando las batallas de montaje vertiginoso y las aventuras cortadas en seco (por muy inherentes que sean a los cambios de estructura) dedican escaso tiempo a los detalles más emocionantes, tensos o sangrientos de unas escenas extraordinarias. Incluso el momento más destacado de la película, el encuentro con la Circe de Samantha Morton, sufre algunas decisiones de montaje desconcertantes. Es lo más cerca que Nolan ha estado del terror físico, y Morton ofrece una interpretación hipnótica que, una vez más, termina demasiado pronto. ¿Por qué no permanecer en un entorno profundamente perturbador para asegurar la implicación emocional y que nos importe de verdad la supervivencia de los protagonistas, en lugar de salir disparados hacia la siguiente escena espectacular? Solo en el tercer acto, cuando la narración entra en presente, la película termina de encajar. Odiseo regresa por fin a Ítaca, se reúne con su esposa y su hijo y se enfrenta a los burdos pretendientes. En este tramo, The Odyssey gana en claridad. Damon brilla como un hombre traumatizado, roto no solo por cómo los frágiles lazos entre hombres han sido destruidos por el absurdo de la guerra, sino también por su propio papel en esa caída. Hathaway, Pattinson y el criado ciego Eumeo de John Leguizamo también tienen ocasión de lucirse en la última hora, a diferencia de las incomprensiblemente desaprovechadas Zendaya y Lupita Nyong'o. La primera queda reducida a un cameo en forma de Atenea surgida del trauma, mientras que la segunda apenas goza de tiempo en pantalla interpretando a Helena de Troya y a su hermana Clitemnestra. Hay mucho que admirar en la empresa gigantesca de Nolan y en cómo se aleja del mundo homérico, prefiriendo un relato en el que los ámbitos sobrenaturales quedan relegados para abrir paso a una lectura modernista de la psique de Odiseo. | |