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Luciano "Lucho" Cirillo y el espíritu scout en Buenos Aires: vocación, servicio y comunidad
En la figura de Lucho convergen los valores fundacionales del movimiento scout y los desafíos contemporáneos: liderar sin imponer, acompañar sin dirigir, formar sin adoctrinar.
Juan Ortiz

Luciano Cirillo.

21 Ago, 2025 | Desde sus primeros pasos a principios del siglo XX, el escultismo encontró un terreno fértil en Argentina. En 1908, Arturo Federico Penny —descendiente de ingleses y residente en Capilla del Señor— recibió en su adolescencia las revistas de Scouting for Boys de Robert Baden‑Powell, y apenas un año después fundó en Banfield las patrullas “Águila” y “Foca” —la primera tropa scout de América— que más tarde se convertirían en el Grupo Scout Nº 1 “General Juan Galo de Lavalle”.

Fue en 1912 cuando, gracias al impulso del perito Francisco Moreno, se fundó oficialmente la Asociación de Boy Scouts Argentinos. Años más tarde, en 1917, esta institución obtuvo el reconocimiento formal del Estado. Su misión era clara: inculcar en niños y adolescentes valores como el honor, la lealtad y el amor a la patria a través del contacto con la naturaleza y la acción directa.

Durante las décadas subsiguientes, el movimiento experimentó un desarrollo sostenido y diversidad institucional. En 1917 se inició una vertiente vinculada a la Iglesia Católica, que en 1937 daría lugar a la Unión de Scouts Católicos Argentinos (USCA). Durante muchos años, dos corrientes scout coexistieron en el país hasta que, en 1996, se unificaron bajo el nombre de Scouts de Argentina Asociación Civil (SAAC). En la actualidad, SAAC reúne a personas de diversas creencias —católicas, evangélicas y laicas—, forma parte de la Organización Mundial del Movimiento Scout y cuenta con una presencia activa en todo el territorio argentino, con cerca de 70.000 integrantes entre jóvenes y adultos.

En la actualidad, el escultismo argentino mantiene vivas sus raíces con un programa educativo no formal centrado en “aprender haciendo”, la ley y promesa scout, el trabajo en patrullas y el compromiso social. Cada año, miles de jóvenes participan en campamentos y acciones solidarias, como donaciones o proyectos ambientales, que refuerzan el sentido de servicio y comunidad. Con más de un siglo de historia, los Scouts en Argentina siguen siendo un canal activo de formación ciudadana y participación comunitaria, adaptándose a los tiempos pero sin perder su esencia original.

Luciano Cirillo: el espíritu scout que florece en la ciudad

En ese amplio recorrido que traza la historia del escultismo argentino —desde sus raíces fundacionales hasta su proyección contemporánea— se inscribe la trayectoria de Luciano "Lucho" Cirillo, un joven comprometido con el presente y el porvenir del movimiento scout en Buenos Aires. Su labor en el Grupo Nuestra Señora de las Mercedes representa no solo la continuidad de los valores legados por los pioneros, sino también la adaptación del ideal scout a las realidades urbanas y sociales de hoy. Cirillo encarna una generación que, sin desligarse de la tradición, aporta una mirada fresca, inclusiva y profundamente humana al servicio comunitario.

Desde los ocho años, Luciano encontró en el movimiento scout algo más que un pasatiempo: un hogar, una escuela de valores y una forma de vida. Su historia comenzó en 2009, cuando se integró al Grupo Scout Nuestra Señora de las Mercedes, en Buenos Aires, y desde entonces su recorrido fue ininterrumpido hasta el 2024. Pasó por todas las ramas —lobato, unidad scout, caminante, rover— hasta convertirse en educador, rol que ejerce con pasión y compromiso.

Con una visión clara sobre el potencial transformador del escultismo, Lucho se ha destacado por su capacidad de liderazgo y por su vocación de servicio. Ya sea coordinando juegos en un campamento, soldando estructuras para mejorar la sede del grupo o acompañando a niños y adolescentes en situación de vulnerabilidad, su accionar ha estado guiado siempre por los principios del movimiento fundado por Baden-Powell: aprender haciendo, trabajar en equipo, mejorar cada día.

En un mundo cada vez más acelerado y digital, Luciano representa una generación de jóvenes que elige el compromiso comunitario, el contacto con la naturaleza y el crecimiento personal desde la acción directa. Para él, ser scout hoy es “ir a contracorriente”, y en esa elección encuentra sentido, propósito y pertenencia. Su historia es la de muchos jóvenes que, con el pañuelo al cuello y la buena acción en mente, siguen apostando por un mundo mejor.

Una grata conversa con Lucho Cirillo

Como es costumbre en este espacio transeúnte, tuve la dicha de charlar con Lucho, un joven argentino cuya vida está profundamente marcada por el escultismo. En esta charla, recorrimos su historia personal dentro del movimiento scout, su compromiso como educador y su visión sobre el rol que cumplen hoy los scouts en una ciudad como Buenos Aires. Entre anécdotas, reflexiones y principios compartidos, emerge una mirada honesta y apasionada sobre lo que significa ser scout en el presente.

¿Cuándo y cómo comenzaste tu camino dentro del movimiento scout?

Comencé en el movimiento scout en 2009, cuando tenía ocho años. Todavía recuerdo que el primer juego que jugué fue el "Cigarrillo 43". Desde entonces participé de forma ininterrumpida hasta 2024. Pasé por todas las ramas: fui lobato, scout, caminante, rover, y luego me formé como educador. Como tal, trabajé con la unidad —que incluye a chicos de entre 11 y 14 años— y con la manada, que va de los 7 a los 11.

A lo largo de todos esos años viví muchas experiencias. En la manada me pusieron mi nombre de caza; en la unidad fui guía de patrulla; en la etapa caminante refundamos la comunidad, le dimos un nuevo nombre, e incluso bautizamos el distrito con el nombre de un scout de nuestro grupo. Como rover, también llevé adelante distintos proyectos. La verdad es que el movimiento me dio muchísimo.

¿Qué te motivó a seguir formando parte activa del grupo Nuestra Señora de las Mercedes?

Siempre sentí que el grupo scout era mi segunda casa. Desde chico me hicieron sentir aceptado, libre de juicios. Era un espacio donde podía ser yo mismo. A lo largo de los años he contribuido con mucho trabajo voluntario: levantar pisos, pintar paredes, hacer murales, soldar, cortar el pasto, entre otras tareas. Lo hice por convicción, por amor al grupo. Las personas que lo integran también lo sienten como un hogar, y eso crea un vínculo muy fuerte.

¿Qué cambios notas en el movimiento scout desde que comenzaste hasta hoy?

Los cambios reflejan los de la sociedad en general. Cuando era más chico, el enfoque estaba más centrado en la vida al aire libre y el campismo. Hoy se promueve la formación de líderes comprometidos y personas de valor. El objetivo sigue siendo formar buenos ciudadanos, como lo expresó Baden-Powell en su mensaje final.

¿Cómo definirías la cultura del movimiento scout? ¿Qué lo distingue de otras experiencias comunitarias o formativas?

El movimiento se basa en la hermandad y el trabajo en equipo. Uno de los pilares del método scout es la pertenencia al pequeño grupo: manadas, patrullas, equipos de caminantes, o rovers que, aunque actúan de manera más individual, también se asocian entre sí. Lo que distingue al escultismo es el “aprender haciendo”. No se trata de recibir información pasivamente, sino de experimentar, equivocarse y mejorar. Por eso nuestros lemas son “Siempre Mejor” o “Siempre Listos”.

Las leyes scouts marcan un parámetro ético de vida. ¿Cómo las resumirías y cómo se traducen en acciones concretas?

La ley scout se puede resumir en “ser cada día mejor”. A diferencia de leyes prohibitivas, esta se expresa en afirmaciones: amar a Dios, cuidar la naturaleza, respetar lo propio y lo ajeno, vivir con fe. La buena acción diaria es otro principio clave: se hace por el simple hecho de hacer el bien, sin esperar nada a cambio. Por tradición, se ata una punta del pañuelo scout como recordatorio de esa acción, y se desata cuando se cumple, volviendo a atar la otra. Es una filosofía activa, nacida de la visión de Baden-Powell para formar ciudadanos responsables.

¿Qué significa hoy ser scout en un mundo tan marcado por lo digital y lo inmediato?

Hoy ser scout implica ir a contracorriente. Vivimos en una era de inmediatez y distracción constante. Aunque lo digital tiene beneficios, también aleja de la experiencia directa. Ser scout es salir al mundo real, actuar, comprometerse con los demás. En un entorno tan individualista, el scout busca el bien común como parte fundamental de su identidad.

¿Cuál es la visión que sostiene su grupo scout actualmente? ¿Cómo se conecta con la realidad social del país?

Vivimos en un contexto económico y social complejo, y eso se refleja en quienes llegan al grupo. Los scouts cumplen una función social: son espacios de contención, de escucha, de acompañamiento. En mi experiencia como educador, muchas veces debimos ofrecer ayuda más allá del programa formal. Incluso Scouts Argentina, durante la pandemia, organizó comedores y campañas de donación. Son proyectos liderados por jóvenes que buscan generar un cambio positivo en su comunidad.

¿Qué tipo de compromiso se busca inculcar en los jóvenes que se suman al movimiento?

Desde temprana edad, se alienta a los jóvenes a desarrollar proyectos, tanto solidarios como de crecimiento personal. Se promueven valores como el respeto, la responsabilidad, el trabajo en equipo y una mirada comunitaria que complementa su desarrollo individual.

¿Cómo trabaja el grupo con valores como la solidaridad, el servicio o el cuidado del ambiente?

Estos valores están presentes en todas las ramas y se reflejan en cada actividad. Como educador, trabajamos con programas que se renuevan pero conservan el mismo objetivo: formar personas solidarias y comprometidas. En la rama rover, el servicio es fundamental. Su lema incluso lo destaca. Además, tienen a San José como patrono, por ser ejemplo de entrega. Todo esto fortalece la dimensión ética del escultismo.

¿Cómo se adapta el escultismo a los contextos urbanos, con menos contacto con la naturaleza, y qué desafíos y actividades permiten mantener vivos sus principios en la ciudad?

Los desafíos son muchos: desde encontrar espacios físicos —ya que la mayoría de los grupos no son propietarios de sus lugares— hasta organizar actividades campamentiles en medio del entorno urbano. A pesar de las limitaciones, buscamos mantener tres salidas al año, como mínimo. Además, se promueven actividades urbanas como el “rally”, donde los jóvenes recorren e investigan su barrio, detectan necesidades y generan proyectos. Así, el movimiento se adapta sin perder su esencia, fomentando el compromiso y la conexión con el entorno, incluso en la jungla de cemento.

¿Qué objetivos pedagógicos se trazan para cada etapa del proceso scout?

Los objetivos pedagógicos varían según la etapa madurativa del niño, niña o joven. En las edades más tempranas, se trabaja principalmente la sociabilidad y el liderazgo. A medida que crecen, el enfoque sigue incluyendo el liderazgo —que atraviesa todo el proceso— pero también se orienta hacia el desarrollo de la individualidad y la capacidad de concretar proyectos personales. Todo esto está enmarcado en el método scout y en su ley, y se adapta a las necesidades y características propias de cada edad.

¿Qué habilidades o herramientas crees que un niño o joven puede llevarse de esta experiencia para su vida adulta?

Desde mi experiencia personal, el escultismo me marcó profundamente. Siempre digo que no sería la persona que soy hoy sin haber pasado por el movimiento, para bien o para mal. Siento que me aportó liderazgo, confianza y la capacidad de hablar en público sin vergüenza. También me enseñó a no tener miedo al ridículo, algo que depende en parte de la personalidad, pero que el escultismo ayuda a fortalecer. Creo que esta experiencia da herramientas clave: trabajo en equipo, pensamiento crítico y lateral, capacidad de análisis, y sobre todo, iniciativa para tomar las riendas de la propia vida o de cualquier proyecto que se emprenda.

¿Cómo se trabaja la toma de decisiones, el liderazgo y la responsabilidad dentro del grupo?

Estos valores se trabajan principalmente a través de pequeños grupos de pertenencia, donde se les da a los jóvenes responsabilidades concretas y se les brinda confianza para que se organicen y lleven adelante sus ideas. Por ejemplo, si una unidad tiene que organizar un campamento, se les encomienda armar el menú, dividir las tareas y coordinar la logística. Si alguien no cumple su parte, la consecuencia no será un reto o un castigo, sino la experiencia directa de tener que resolverlo: tal vez no comerán lo planeado y tendrán que arreglarse con unas galletitas. La idea es que comprendan que toda decisión tiene una consecuencia, y que asumir responsabilidades es parte del crecimiento.

¿Qué lugar tiene la espiritualidad o la fe en el grupo Nuestra Señora de las Mercedes? ¿Es un valor transversal?

En nuestro grupo, la espiritualidad y la fe están muy presentes, aunque no se imponen. Son elementos que se transmiten y se viven, más que enseñarse de forma directa. Tenemos una tradición muy significativa: la “bananita del grupo”. En un momento crítico, cuando el grupo estuvo cerca de cerrar, se le encomendó su destino a la Virgen de las Mercedes, dejándole a sus pies esa cinta que es parte del uniforme scout y símbolo de nuestro origen. La bananita sigue estando ahí hasta el día de hoy. Eso demuestra que la fe, aunque pueda ser difícil de sostener en un mundo que muchas veces se aleja de lo espiritual, es un valor que intentamos cultivar. El escultismo contempla distintas formas de fe, no solo la religiosa, aunque esta sea la más visible.

¿Cómo se construye comunidad dentro del grupo, y qué rol tienen las familias en ese proceso?

La comunidad se construye desde el vínculo con el entorno. Yo conocí gente del barrio donde está el grupo —que ni siquiera es mi barrio— justamente por ser scout. Salíamos a hacer rifas, vendíamos locro, hacíamos actividades solidarias. Participar del entorno es fundamental. Y en cuanto a las familias, también son parte del grupo: compartimos mates, risas, comidas. Nos gusta que se acerquen, que se involucren, que formen parte de esta labor voluntaria. Invitamos siempre, proponemos actividades para integrarlas, pero nunca obligamos. Cada familia decide cómo y cuánto quiere participar. Lo importante es generar un vínculo genuino, donde todos se sientan parte.

¿Qué importancia tienen los rituales, los símbolos y las tradiciones en la formación de la identidad scout?

Todo eso que mencionás —rituales, símbolos, tradiciones— lo llamamos mística, y es esencial en la vida scout. Es parte del juego, del aprendizaje, del crecimiento. Cuando son chicos, los atrae; cuando son más grandes, los invita a reflexionar. Desde la ceremonia de la promesa hasta los pequeños gestos cotidianos, la mística forma parte de nuestra identidad y se impregna en nuestra forma de ser. Personalmente, me siento muy conectado con esa dimensión, incluso en mi manera de expresarme. Es algo que se vive con intensidad y que marca profundamente.

¿Cómo imaginas el futuro del escultismo en Argentina?

Creo que el futuro del escultismo en Argentina está garantizado. Se trabaja constantemente para sostenerlo y adaptarlo a los nuevos tiempos. El movimiento va a seguir formando jóvenes con herramientas para llevar adelante sus proyectos, con visión de liderazgo y compromiso social. Si bien hoy se orienta quizás menos al campismo y más a la formación ciudadana, sigue cumpliendo su rol esencial: preparar personas comprometidas con su entorno y con el país.

¿Qué mensaje le darías a quienes creen que ser scout es algo del pasado?

Ser scout no es algo del pasado. Es una experiencia transformadora que atraviesa generaciones. Te forma como persona, te da amistades para toda la vida, te cambia. Siempre lo digo: el escultismo te marca. Para quienes piensan que es algo antiguo, les diría que entiendan que el movimiento evoluciona con la sociedad. Se adapta, pero sin perder su esencia. Sigue siendo una gran oportunidad para vivir experiencias y adquirir habilidades útiles para toda la vida.

¿Qué legado te gustaría dejar dentro del movimiento?

Me gustaría que el día de mañana, algún joven a quien acompañé en su proceso scout me invite a su ceremonia de partida y me diga algo parecido a lo que yo les dije a mis dirigentes, algo que le haya marcado. Tal vez una tarde en la que le enseñé a soldar o a cocinar, algo que parezca simple, pero que haya tenido un impacto en su vida. Me gustaría saber que gracias al tiempo y dedicación que le brindé, hoy esa persona es quien es. Ese sería, sin duda, el mejor legado.

Luciano Cirillo y los Scouts de Argentina: un legado vivo en pañuelo y acción

El testimonio de Luciano Cirillo es el de un joven que abrazó el escultismo como un modo de vida, y al mismo tiempo es reflejo de una generación que resiste desde lo comunitario, lo ético y lo humano. La visión de este «pibe» rescata la vigencia de un movimiento centenario que, lejos de quedar anclado en la nostalgia, se reinventa con cada proyecto, cada fogón, cada gesto de servicio en una ciudad atravesada por la prisa, la fragmentación y la desigualdad.

En la figura de Lucho convergen los valores fundacionales del movimiento scout y los desafíos contemporáneos: liderar sin imponer, acompañar sin dirigir, formar sin adoctrinar. Su vocación pedagógica, su sensibilidad ante la realidad social y su compromiso cotidiano con los niños y jóvenes de su grupo demuestran que ser scout no es una etiqueta relegada al pasado, no, que se trata de una elección presente de transformación.

Hoy por hoy, en contraposición del avasallante mundo digital y la fugacidad de los vínculos, el escultismo urbano que representa Cirillo planta bandera desde lo concreto: juegos, campamentos, meriendas compartidas, proyectos solidarios y un pañuelo al cuello que, más que un uniforme, es símbolo de pertenencia y promesa de futuro. Porque como él mismo expresa: el verdadero legado no se mide en títulos, sino en huellas, y las suyas, en quienes acompañó, ya comenzaron a marcar camino.




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