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Confusión, Asombro y Claridad El texto narra una experiencia personal en Covadonga (Asturias), donde la autora sube a los lagos de los Picos de Europa con la expectativa de contemplar el paisaje, pero se encuentra con una niebla espesa que lo cubre todo. A partir de esta vivencia, reflexiona sobre las distintas maneras de relacionarnos con lo desconocido. Arianna Martínez Fico
19 Oct, 2026 | Hace unos días estuve en Asturias. Hacía mucho tiempo que quería ir a ver la Virgen de Covadonga y subir hasta los lagos, en los Picos de Europa. Finalmente, tuve la oportunidad de hacerlo. Solo había un pequeño problema: no se veía absolutamente nada. A medida que ascendíamos, la niebla se hacía cada vez más espesa. Nemesio, nuestro guía, no parecía muy optimista. Decía que no valía la pena continuar, que no tenía sentido subir hasta el mirador si no íbamos a poder ver nada. Yo insistí en seguir. Al llegar, comprobamos que tenía razón. La niebla lo cubría todo. Apenas se distinguían las formas y el paisaje parecía haberse disuelto detrás de una inmensa pared blanca. Y, aun así, elegí quedarme. No estaba esperando que la niebla se levantara. No tenía ninguna garantía de que eso ocurriera y tampoco era esa mi expectativa. Simplemente quería estar allí, observar, descubrir qué podía ofrecerme el paisaje incluso en esas condiciones. Había algo asombroso en aquel lugar, aun sin poder verlo con claridad. Un “no sé qué” despertaba mi curiosidad y me invitaba a permanecer, a mirar con más atención, a dejarme sorprender por lo que pudiera aparecer entre la niebla. Misma niebla, dos miradas Lo que ocurrió aquel día me hizo pensar en las distintas maneras de relacionarnos con lo que no comprendemos. Ante una misma situación, podemos cerrarnos o abrirnos a descubrir. Y esa diferencia cambia por completo nuestra experiencia. Gloria Flores, en su libro Aprender a aprender y la navegación de estados de ánimo, explora cómo nuestras disposiciones emocionales pueden facilitar o dificultar el aprendizaje. Entre otras, ella propone una distinción muy reveladora entre la confusión y el asombro. La confusión y el asombro pueden surgir ante una misma realidad: “No entiendo nada de lo que está pasando”. Lo que cambia es la percepción y el juicio que hacemos sobre ella. Desde la confusión podemos concluir “No entiendo lo que está pasando y aquí no hay nada para mí”. Nos incomodamos, nos cerramos, queremos salir de allí. Desde el asombro, en cambio, aparece otra interpretación: “No entiendo nada y quizá aquí haya algo para mí. Quiero descubrirlo”. La realidad no ha cambiado. Tampoco tenemos más información ni mayores certezas. Lo que cambia es nuestra interpretación y, con ella, nuestra disposición frente a lo desconocido. Esa diferencia puede determinar si abandonamos una experiencia o nos permitimos aprender de ella. Dejar de pelear con la niebla La aceptación puede ser un puente en ese tránsito de la confusión al asombro. Aceptar no significa resignarnos ni renunciar a lo que deseamos, sino dejar de pelearnos con lo que es. Reconocer la realidad tal como se presenta, aunque no nos guste ni coincida con nuestras expectativas. Desde esa aceptación podemos comenzar a preguntarnos qué hacer con ella y abrirnos a otros futuros posibles. En Covadonga había niebla. Mucha. No podía hacerla desaparecer ni exigirle al paisaje que se mostrara como yo lo había imaginado y, a pesar de ello, podía elegir cómo relacionarme con lo que tenía delante de mí. Aceptar que, inicialmente, no veía nada no significaba aceptar que no hubiera nada que ver. Justo allí comienza a abrirse un espacio para el asombro, ese estado de ánimo que, en lugar de cerrarnos ante lo desconocido, despierta nuestra curiosidad y nos abre a posibilidades que todavía no alcanzamos a ver. Eso fue, precisamente, lo que me ocurrió en Covadonga. Decidí quedarme en la belleza de lo que había. Dejé de preocuparme por aquello que no podía ver y empecé a prestar atención a lo que tenía delante. La niebla seguía allí, pero ya no era un obstáculo. Era parte del paisaje. Comencé a descubrir, con curiosidad casi infantil, las pequeñas cosas que tenía a mi alrededor. Las plantas que crecían junto al camino, las flores diminutas que antes me habían pasado inadvertidas. Me senté sobre una piedra, sentí su textura y me dejé envolver por aquel paisaje que, aun oculto entre la niebla, tenía tanto que ofrecerme. Y empecé a deleitarme en él, a disfrutar incluso de no saber qué había más allá, de esa sensación de estar frente a algo que todavía no podía comprender del todo. No necesitaba que la niebla desapareciera para encontrar algo valioso en aquella experiencia. Pasó aproximadamente media hora. Yo ya estaba satisfecha con lo que había vivido, sin esperar nada más, cuando la niebla comenzó a levantarse. Poco a poco, lo que antes parecía una pared blanca fue revelando un paisaje extraordinario. Los lagos, las montañas, la inmensidad de aquel lugar aparecieron esplendorosos ante nosotros. La claridad había llegado. El asombro había comenzado mucho antes. Lo que aparece cuando nos quedamos Pienso en cuántas veces nos encontramos ante situaciones en las que no entendemos lo que está ocurriendo. Cambios inesperados, pérdidas, transiciones, relaciones que se transforman, muertes de seres que amamos, proyectos que dejan de tener sentido. Momentos en los que aquello que creíamos conocer se vuelve incierto y nos cuesta encontrar el camino. Está también el mundo en que nos está tocando vivir. Hay mañanas en las que basta con leer las noticias para sentir desconcierto, tristeza o impotencia frente a tantas cosas que ocurren y que desearíamos que fueran diferentes. Aceptar esas realidades no significa que nos gusten, que estemos de acuerdo con ellas o que renunciemos a transformarlas. Significa reconocer que están ahí y dejar de exigir que sean distintas como condición para comenzar a actuar. Quizá entonces podamos hacernos otras preguntas. ¿Qué puedo ver que antes no estaba viendo? ¿Qué puedo aprender de esto? ¿Qué posibilidades tengo, incluso aquí? ¿Qué puedo hacer diferente yo para influir en lo que está pasando? No siempre será posible quedarnos. Tampoco podemos confiar en que toda niebla terminará disipándose. Hay situaciones de las que necesitamos salir y realidades que debemos intentar cambiar. En medio de tanta incertidumbre, quizás podamos permitirnos algo más que la urgencia por encontrar respuestas. Detenernos cuando sea posible, observar, sentir curiosidad por aquello que todavía no comprendemos y descubrir posibilidades que nuestra primera mirada no alcanzaba a reconocer. Quizás la claridad no consista siempre en que desaparezca la niebla, sino en descubrir algo que podemos ver incluso dentro de ella.
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