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Porlamar
21 de agosto de 2017





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La acusación y lo demás
A los Estados Unidos y a la gran prensa no le importan los narcotraficantes acusados por gobiernos progresistas. Ellos prefieren crear sus propios bandidos. Lanzar todo el estiércol del mundo contra alguien que les estorbe políticamente. El tema de la droga queda al lado.
Pedro Salima | psalima36@gmail.com

17 Feb, 2017 | No sé si mis desocupados lectores recordarán el sonado caso del General Arnaldo Ochoa en Cuba, en 1989; cuando fue acusado de tráfico de drogas, lo que implicaba traición a los principios, la moral, las leyes y el prestigio de la revolución. No era para menos, pues desde que el consumo de drogas se había convertido en un grave problema para la sociedad norteamericana, tanto el Estado gringo como el gran capital convertían la lucha contra el narcotráfico en un arma contra sus adversarios políticos y en un anzuelo para usar políticos a su favor (ver a Noriega en Panamá y a Uribe en Colombia). En varias oportunidades, poderosos medios fueron usados para lanzar acusaciones contra la Revolución Cubana y sus dirigentes de estar metidos en el negocio de la droga. Fueron amagos, nada concreto. No encontraron un resquicio mínimo que les diese un nombre importante.

La propia revolución les dio el nombre: Arnaldo Ochoa. Un hombre fuerte dentro del ejército cubano, héroe en sus luchas en Angola, cercano a Fidel. Como la acusación era válida y venía de parte del propio gobierno cubano, a los gringos no les sirvió. De inmediato los grandes medios convirtieron al general Ochoa en un líder popular de Cuba. Un tipo que arrastraba al pueblo y le disputaba el liderazgo a Fidel. El General Ochoa fue acusado, enjuiciado y condenado por las instituciones del Estado cubano. En todo el juicio y hasta en el momento de cumplirse con la pena aplicada, Ochoa se mostró sereno, respetuoso de Fidel y de la Revolución. Reconoció sus errores.

A los Estados Unidos y a la gran prensa no le importan los narcotraficantes acusados por gobiernos progresistas. Ellos prefieren crear sus propios bandidos. Lanzar todo el estiércol del mundo contra alguien que les estorbe políticamente. El tema de la droga queda al lado.

No vamos a meter las manos en el fuego por el camarada Tareck El Aissami, vicepresidente de la República y acusado precisamente cuando empieza a destacar en este cargo. Tampoco lo hicimos por Diosdado en su momento. En ambos casos las acusaciones han sido sospechosas. La primera duda se centra en el momento de la acusación, ¿por qué en este momento? De inmediato la otra, más contundente, ¿por qué se señalan como cómplices, socios o coyuntas del camarada, a los mismos capos que él deportó en sus tiempos de ministro del Interior entre 2008 y 2013? Los expulsó del país luego de perseguirlos, acorralarlos y detenerlos, en acciones ajustadas a las leyes. Una de las bandas, que los acusadores gringos colocan como cómplices del camarada, es la Banda de Los Zetas, a la que el Cicpc, por órdenes de Tareck, acorraló y desmanteló.

De ser ciertas las acusaciones contra el vicepresidente de Venezuela, tendremos que admitir que es muy mal negociador, pues uno de los señalados como su socio es un capo llamado Daniel Barrera Barrera, alias El Loco Barrera; a quien el camarada Tareck detuvo cuando era considerado como el más grande capo del narcotráfico de Colombia y se estimaba que había logrado transportar hasta los EUA unas 720 toneladas de cocaína.

No es necesario ahondar mucho para entender que estas acusaciones son sospechosas.




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