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Porlamar
23 de octubre de 2017





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Tercos e indolentes
El oposicionismo inauguraba una nueva forma de hacer política. En Venezuela la lucha política, a lo largo de su historia republicana, había estado guiada por la confrontación de ideas. A partir del año 2002, la lucha política adquirió una nueva dimensión: el oposicionismo sustituyó la polémica de altura por el odio.
Hugo Cabezas | @hugocabezas78

18 Abr, 2017 | No hay duda, el oposicionismo es terco, terco e indolente. Siempre lo ha sido. En el año 2002 impidieron que los venezolanos disfrutáramos de una Navidad en paz. Luego de haber sido derrotados el 13 de abril, con el retorno del presidente Hugo Chávez al poder, insistieron en sus planes desestabilizadores, golpistas e inconstitucionales con el paro petrolero.

Como se dice coloquialmente, "nos pusieron a parir": desabastecimiento, inflación inducida y especulación caracterizaron los largos meses de ese año. Inolvidables. Pero sobre todo, dolorosos e inhumanos.

El oposicionismo inauguraba una nueva forma de hacer política. En Venezuela la lucha política, a lo largo de su historia republicana, había estado guiada por la confrontación de ideas. A partir del año 2002, la lucha política adquirió una nueva dimensión: el oposicionismo sustituyó la polémica de altura por el odio.

El odio se apoderó de ellos. El odio es su enciclopedia. El odio es su "Biblia" y su "Corán". Su Biblia y su Corán entre comillas, ambos son libros sagrados, son textos que guían al ser humano hacia el Bien, con mayúscula. En el caso de ellos, del oposicionismo, a ambos han pateado como han pateado la Constitución Bolivariana.

Quince años después siguen haciendo del odio su guía, su mejor combustible. En aquel entonces quisieron quitarnos la alegría de la Navidad. Ahora, se propusieron quitarnos la tranquilidad espiritual que produce la fe cristiana. Creyeron que podían sabotear las misas y procesiones. Quisieron impedir la Bendición de Ramos, las plegarias al Santo Sepulcro y a la Resurrección del Señor.

De nuevo fracasaron. Y, fracasaron porque no conocen al pueblo venezolano. Siguen viéndolo con desdén. Siguen estigmatizándolo. No entienden su sincretismo étnico y cultural, ese carácter mestizo que lo identifica, cuyo estudio es imposible si no se hace a partir de una real comprensión de la manera como se produjo la unificación étnica, la conformación de los rasgos psicológicos que caracterizan a nuestros pueblos, los cuales le dieron el carácter nacional que como pueblo tenemos.

Están enceguecidos por el odio. El odio les impide ver al venezolano como sujeto social que ha labrado su propia historia; como un pueblo que actúa, padece y siente. No entienden que ese es el pueblo que se volcó a las calles el 27 y 28 de febrero de 1989, y derrotó a la partidocracia corrupta del Pacto de Puntofijo, ese es el mismo pueblo que el 13 de abril del 2002 rescató a Hugo Chávez, para que derrotara a la oligarquía criolla. Ese pueblo, al que tanto odian, es amante de la paz, tiene diecisiete años derrotándolos.

Este oposicionismo se cree superior. He allí su terquedad e indolencia. Por terco e indolente, se volvió golpista y hereje.




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